El perdón de los pecados

¡Qué bendición poder leer en la Palabra de Dios: “Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado” (Salmo 32:1)! Sin duda, esto es una gran bendición; y fuera de ello no existe ninguna. Tener la plena seguridad de que todos mis pecados han sido perdonados es el único fundamento de la verdadera felicidad. Ser feliz sin tener esta seguridad, es como serlo al borde de un precipicio en el cual, de un momento a otro, puedo ser echado para siempre. Es absolutamente imposible que una persona pueda gozar de una verdadera y sólida felicidad mientras no tenga la divina seguridad de que toda su culpa ha sido borrada por la sangre vertida en la cruz.

Cualquier incertidumbre a este respecto será seguramente una fecunda causa de angustia moral para todos aquellos que han sido conducidos a sentir el peso del pecado. Si dudo entre si todos mis pecados han sido llevados por Jesús o si ellos están aún sobre mi conciencia, sólo puedo sentirme miserable.

Y, antes de desarrollar el tema del perdón, quisiera plantearle al lector una pregunta clara y categórica: «¿Cree Ud., querido lector, que puede tener la clara y firme seguridad de que sus pecados han sido perdonados?». De entrada planteo esta cuestión porque hoy en día muchos de aquellos que profesan predicar el Evangelio de Cristo dicen sin reparos que nadie puede tener tal seguridad. Afirman que hay presunción, orgullo, en aquel que cree en el perdón de sus pecados, y consideran como una gran prueba de humildad la duda habitual sobre tan importante asunto.

En otras palabras, según ellos, es presunción creer lo que Dios dice y es humildad dudar de ello. Sin embargo, esto es extraño en presencia de pasajes tales como éstos: “Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Lucas 24:46-47). “En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia” (Efesios 1:7; Colosenses 1:14).

Aquí tenemos la remisión o perdón de pecados (la palabra es la misma en los tres pasajes), predicado en el nombre de Jesús y poseído por aquellos que creen esta predicación. Los efesios y los colosenses, incluidos entre los “gentiles”, recibieron un mensaje que les anunciaba el perdón de pecados en el nombre de Jesús. Creyeron este mensaje y entraron en posesión del perdón de sus pecados. ¿Era esto presunción, o consideraron que era piadoso y humilde dudar de ese perdón?

En verdad habían sido grandes pecadores “muertos en sus delitos y pecados”, “hijos de ira”, “alejados y extranjeros”, “enemigos por sus malas obras”. Algunos de ellos, sin duda, habían doblado sus rodillas ante la diosa Diana. Habían practicado una grosera idolatría y tenido costumbres corrompidas. Pero luego el “perdón de pecados” les había sido anunciado en el nombre de Jesús. Esta predicación ¿fue veraz o no? ¿Era para ellos o no? ¿Era un sueño, una sombra, un mito? ¿No significaba nada? ¿Acaso no había en ella nada seguro, nada cierto, nada concreto?

Estas preguntas claras exigen respuestas claras de parte de aquellos que opinan que nadie puede saber con certeza si sus pecados han sido perdonados o no. Si nadie puede saberlo ahora, ¿cómo habría podido saberlo alguien en los tiempos apostólicos? Y si en el primer siglo se podía tener este conocimiento, ¿por qué no se podría tenerlo en la actualidad? “Como también David habla de la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye justicia sin obras, diciendo: Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos. Bienaventurado el varón a quien el Señor no inculpa de pecado” (Romanos 4:6-8). Ezequías podía decir: “Echaste tras tus espaldas todos mis pecados” (Isaías 38:17). Y Jesús dijo al paralítico: “Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados” (Mateo 9:2).

Así, en todas las épocas, el perdón de pecados fue conocido con toda la certidumbre que puede dar la Palabra de Dios. Uno solo de los casos mencionados anteriormente basta para refutar la enseñanza de aquellos que afirman que nadie puede saber si sus pecados son perdonados. Si encuentro en la Escritura una sola persona que haya conocido esta preciosa bendición, ello es suficiente para mí. Y cuando abro mi Biblia, hallo hombres que fueron culpables de toda clase de pecados y que conocieron lo que es el perdón; por consecuencia, concluyo que al más vil de los pecadores hoy día le es posible saber, con divina certeza, que sus pecados son perdonados.

¿Era presunción de parte de Abraham, de David, de Ezequías, del paralítico —y de tantos otros— creer en el perdón de pecados? ¿Habría sido señal de humildad y de verdadera piedad si ellos hubieran dudado de ese poder? Tal vez se diga que todos esos casos eran extraordinarios y especiales; pero poco importa, en el asunto que examinamos, que esos casos fueran ordinarios o extraordinarios. Una cosa es clara: ellos desmienten por completo la afirmación de que nadie puede saber si sus pecados son perdonados. La Palabra de Dios me enseña que un gran número de hombres, sujetos a las mismas pasiones, a las mismas debilidades, a las mismas caídas y a los mismos pecados que quien esto escribe y que el lector, conocieron el perdón de sus pecados y se gozaron de ello; por consiguiente, aquellos que sostienen que no se puede tener ninguna certeza acerca de tan importante asunto, no cuentan con ningún fundamento bíblico para apoyar su opinión.

Pero, ¿es cierto que los casos mencionados en la Escritura son tan especiales, tan extraordinarios que no podamos extraer de ellos ninguna consecuencia legítima para nosotros? Por cierto que no. Si un caso pudiera ser considerado como extraordinario, sería ciertamente el de Abraham; y sin embargo leemos al respecto: “Su fe le fue contada por justicia. Y no solamente con respecto a él se escribió que le fue contada, sino también con respecto a nosotros a quienes ha de ser contada, esto es, a los que creemos en el que levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro, el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación” (Romanos 4:23-25).

Y Abraham “creyó a Jehová, y le fue contado por justicia” (Génesis 15:6). Y el Espíritu Santo declara que la justicia también nos será atribuida a nosotros, si creemos. “Sabed, pues, esto, varones hermanos: que por medio de él (Jesús) se os anuncia perdón de pecados, y que de todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo aquel que cree” (Hechos 13:38-39). “De éste (Jesús) dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre” (Hechos 10:43).

Ahora bien, pregunto: Los apóstoles Pedro y Pablo, ¿qué quisieron decir cuando, sin restricción alguna, predicaron el perdón de pecados a aquellos que los estaban oyendo? ¿Realmente querían comunicar a sus oyentes la idea de que nadie puede estar seguro de poseer el perdón de sus pecados? Cuando Pablo decía a sus oyentes, en la sinagoga de Antioquía: “Os anunciamos la buena nueva” (Hechos 13:32; V.M), ¿abrigaba el pensamiento de que nadie puede estar seguro del perdón de pecados?

El Evangelio, ¿cómo podría ser llamado las «buenas nuevas» si sólo tuviese por efecto dejar al alma en la duda y la ansiedad? Si fuese verdad que nadie puede gozar de la seguridad del perdón, entonces resulta que la predicación apostólica significa precisamente lo opuesto de lo que ello expresa. ¿Acaso los apóstoles dijeron alguna vez: «Sabed, pues, esto, varones hermanos: nadie en esta vida puede saber si sus pecados son perdonados o no»? ¿Acaso hay algo parecido en la predicación y la enseñanza apostólica? Al contrario, ¿acaso los apóstoles no pregonaron por todas partes, de la manera más enfática e inequívoca, el perdón de pecados como resultado necesario de la fe en un Salvador crucificado y resucitado?

¿Acaso hay en su enseñanza la más remota alusión a tal pensamiento, en el cual algunos maestros modernos insisten tanto, a saber, que es una peligrosa presunción creer en el completo perdón de todos nuestros pecados y que toda alma humilde y piadosa debe vivir en una perpetua duda a este respecto? ¿No tenemos, pues, ninguna posibilidad de gozar en este mundo de la consoladora certeza de nuestra eterna seguridad en Cristo? ¿No podemos confiar en la Palabra de Dios o dar descanso a nuestras almas merced al sacrificio de Cristo? ¿Sería posible que el único efecto del Evangelio de Dios fuese dejar al alma en una perplejidad sin esperanza? Cristo quitó el pecado, pero… ¡yo no puedo saberlo! Dios habló, pero… ¡yo no puedo estar seguro! El Espíritu Santo descendió, pero… ¡no puedo confiar en su testimonio!

¿Es algo piadoso y humilde dudar de la Palabra de Dios, deshonrar el sacrificio expiatorio de Cristo y rehusarse a creer de corazón en el testimonio del Espíritu Santo? ¡Ayayay!, si eso es el Evangelio, entonces ¡adiós al gozo y a la paz que se obtienen al creer! Si eso es el cristianismo, entonces en vano nos visitó desde lo alto la Aurora “para dar conocimiento de salvación a su pueblo, para perdón de sus pecados” (Lucas 1:77). Si nadie puede tener este “conocimiento de salvación”, entonces ¿con qué fin fue dado? Ruego al lector que no pierda de vista el asunto que examinamos: no se trata en absoluto de saber si una persona puede engañarse a sí misma o a los demás.

Esto sería inmediatamente reconocido. Sí, lamentablemente, miles se engañan a sí mismos y a los demás. Pero ¿es ésta una razón para que yo no pueda tener la absoluta certidumbre de que lo que Dios dijo es cierto, y que la obra de Cristo ha quitado todos mis pecados? Los hombres se engañan a sí mismos, ¡y por ello temeré confiar en Cristo! Los hombres se engañan unos a otros y, por consiguiente, ¡temeré que la Palabra de Dios me engañe! Realmente a esto se reduce todo cuando sencillamente se llama a las cosas por su nombre. Y en nuestros días ¿no es bueno que las cosas sean puestas así, en un lenguaje claro? ¿No es menester que ciertas proposiciones sean despojadas de los adornos con que las reviste una religiosidad legalista y carnal, a fin de que podamos ver lo que son realmente esas proposiciones?

Y cuando se presentan hombres como exponentes declarados y autorizados de un cristianismo sano e ilustrado, ¿no nos conviene examinar si lo que enseñan está de acuerdo con las Sagradas Escrituras, la única norma infalible? Sí, ello nos conviene; y si aquéllos nos dicen que nunca podemos estar seguros de la salvación, que es presunción creerlo y que todo lo que podemos lograr en esta vida es una débil y vaga esperanza de que, por la misericordia de Dios, iremos al cielo cuando muramos, debemos rechazar de plano tal enseñanza como algo abiertamente opuesto a la Palabra de Dios.

La falsa Teología me dice que nunca puedo estar seguro de mi salvación; la Palabra de Dios, en cambio, me dice que sí. ¿A cuál de las dos debo creer? La primera me llena de tristes dudas y de temores; la última me da una certidumbre divina. Aquélla me remite a mis propios esfuerzos; ésta, a una obra cumplida. ¿A cuál escucharé? La idea de que nadie puede estar seguro de su salvación ¿tiene algún fundamento en la Escritura? Afirmo sin ningún temor que, al contrario, por doquier la Biblia nos hace ver, de la manera más clara, el privilegio que tiene el creyente de gozar de la más perfecta seguridad de su perdón y de su aceptación en Cristo.

Y pregunto: ¿No es legítimo que un alma, que confía en la fiel Palabra de Dios y en la obra cumplida por Cristo, goce de la más plena seguridad?

Es cierto que sólo por la fe se puede tener tal seguridad, y que esta fe es producida en el corazón por el Espíritu Santo. Pero esto no afecta en absoluto la cuestión. Lo que deseo es que el lector termine la lectura de estas páginas con una clara y firme convicción de que es posible poseer desde ahora la certeza de una seguridad tal como la que Cristo mismo le puede dar. Si cualquier pecador ha podido gozar de esta seguridad, ¿por qué el lector no gozaría de ella actualmente? La obra de Cristo ¿no fue completa, acabada? La Palabra de Dios ¿no es veraz? Sí, por cierto.

Entonces, si sencillamente me apoyo en ello, estoy perdonado, justificado y aceptado. Todos mis pecados fueron puestos sobre Jesús cuando fue clavado en la cruz. Dios los había colocado sobre él. Él los llevó sobre sí y los expió; y ahora Cristo está en lo alto, en los cielos, sin esos pecados. Eso es suficiente para mí. Si Aquel que cargó con todas mis culpas está ahora a la diestra de la Majestad en los cielos, entonces, evidentemente, no hay ningún cargo en mi contra. Todo lo que la justicia divina tenía contra mí fue puesto sobre Aquel que llevó el pecado, quien sufrió la ira de un Dios que aborrece el pecado, a fin de que yo pueda estar gratuita y eternamente perdonado y aceptado en un Salvador resucitado y glorificado.

Ésas son buenas nuevas; ¿las cree el lector? Dígame, querido lector, ¿cree de corazón en un Cristo muerto y resucitado? ¿Ha acudido a él como un pecador perdido y ha puesto toda su confianza en Él? ¿Cree Ud. que “Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras”? (1.ª Corintios 15:3-4). Si lo cree, está Ud. salvado, justificado, aceptado y cumplido en Cristo. Es cierto que por naturaleza es Ud. una pobre y débil criatura, ya que posee una mala naturaleza contra la cual necesita luchar incesantemente; pero Cristo es su vida, su sabiduría, su justicia, su santificación, su redención, su todo. Él vive para siempre en los cielos por Ud.

Murió para purificarlo y vive para guardarlo en la pureza. Ud. ha sido limpiado por cuanto la muerte de él puede limpiar, y Ud. es mantenido limpio por cuanto la vida de él puede conservarle así. Él se ha hecho responsable por Ud. A los ojos de Dios, Ud. es lo que Cristo lo hizo ser. Dios lo ve a Ud. en Cristo y como Cristo. Por eso le ruego que no permanezca más en los helados y sombríos atrios del legalismo, de la religiosidad y de la falsa Teología, en los cuales, durante siglos, han resonado los suspiros y los gemidos de pobres almas angustiadas acerca del pecado y mal enseñadas. Vea la perfección de su porción y de su posición en un Cristo resucitado y victorioso, gócese en él a todo lo largo de sus días y viva con la esperanza de estar con él siempre en las moradas de la gloria celestial.

Habiendo de esta manera procurado establecer el hecho de que podemos saber que nuestros pecados son perdonados y que este conocimiento se apoya en la autoridad divina, consideraremos ahora, dirigidos por la enseñanza del Espíritu Santo, el tema del perdón de los pecados tal como nos lo revela la Palabra de Dios. Lo presentaremos bajo los tres siguientes aspectos:

· Primero: El fundamento sobre el cual Dios perdona los pecados.

· Segundo: La extensión del perdón que Dios da.

· Tercero: La manera en que Dios perdona.

La consideración del tema desde estos tres puntos de vista, espero que sirva para darnos claridad, amplitud y precisión en la comprensión global del mismo. Cuanto más claramente comprendamos cuál es el fundamento del perdón divino, tanto mejor apreciaremos su extensión y admiraremos la manera en que Dios perdona. Quiera Dios el Espíritu Santo ser ahora nuestro guía mientras consideramos unos momentos el primer punto.

1. El fundamento del perdón divino

Es de la mayor importancia que un alma inquieta acerca del pecado comprenda bien este punto cardinal, pues es imposible que una conciencia divinamente despertada pueda hallar reposo si no ve claramente cuál es el fundamento del perdón. Se puede tener ciertos pensamientos vagos en cuanto a la misericordia y la bondad de Dios, en cuanto a su disposición a recibir a los pecadores y a perdonar sus pecados; se puede saber que él es tardo para la ira y rico en misericordia.

Un alma convencida de pecado puede saber todo esto, pero, a menos que sea llevada a comprender cómo Dios puede ser justo y, sin embargo, justificar al pecador; cómo puede ser a la vez un Dios justo y Salvador; cómo él ha sido glorificado con respecto al pecado; cómo todos los atributos divinos han sido armonizados; a menos que —decía— un alma haya comprendido estas cosas, ella se ve obligada a permanecer ajena a la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento.

Una conciencia, en la cual ha resplandecido la poderosa luz de la verdad divina para convencerla de pecado, siente y reconoce que el pecado jamás puede entrar en la presencia de Dios y que no puede enfrentarse más que con el justo juicio de un Dios que aborrece al pecado. Por eso ella sólo puede sentir angustia hasta que conozca y crea la manera en que Dios ha obrado respecto del pecado. Así como el pecado es una realidad, la santidad de Dios es una realidad, la conciencia es una realidad, el juicio venidero es una realidad. Todas estas cosas merecen ser formalmente consideradas: la justicia debe ser satisfecha, la conciencia debe ser purificada y Satanás debe ser reducido a silencio. ¿Cómo puede ser hecho todo ello? ¡Únicamente por medio de la cruz de Jesús!

Aquí tenemos, pues, el verdadero fundamento del perdón divino. La preciosa expiación hecha por Cristo constituye la base del único terreno en el cual un Dios justo y un pecador justificado pueden establecer una dulce comunión. En la expiación veo el pecado condenado, la justicia satisfecha, la ley glorificada, el pecador salvado, el adversario confundido. La Creación jamás produjo algo semejante. La Creación exhibe el poder, la sabiduría y la bondad de Dios, pero aun lo más hermoso de ella no es comparable a la “gracia que reina por la justicia” (Romanos 5:21), no tiene parangón con la gloriosa alianza de la “justicia y la paz; la misericordia y la verdad” (Salmo 85:10).

Le estaba reservada al Calvario la manifestación de esta maravilla. En el Calvario, en la cruz, la tan importante y fundamental pregunta «¿Cómo Dios puede ser justo y, al mismo tiempo, justificar al pecador?» encuentra su gloriosa respuesta. La muerte de Cristo resuelve la cuestión. Un Dios justo tuvo que tratar la cuestión del pecado en la cruz a fin de que un Dios justificador pudiese tener trato con el pecador sobre el nuevo y eterno fundamento de la resurrección. Dios no podía tolerar el pecado o pasar por alto una simple jota o tilde de pecado, pero sí podía quitarlo. Condenó el pecado. Derramó su justa ira sobre el pecado, a fin de poder derramar todo su favor sobre el pecador creyente.

En la cruz de Jesús, este gran hecho está grabado: «Ha sido el pecado juzgado, y el pecador salvado.»

¡Precioso testimonio! ¡Ojalá que todo pecador inquieto lo lea con los ojos de la fe! Es un testimonio que da al corazón una paz sólida. Dios fue satisfecho en cuanto al pecado. Eso es suficiente para mí. Aquí, mi turbada y culpable conciencia halla dulce descanso. Vi cómo mis pecados se alzaban ante mí como sombría montaña, amenazándome con la ira eterna; pero la sangre de Jesús los borró todos y Dios no los ve más; han sido quitados, quitados para siempre, cayeron como plomo en las profundas aguas del olvido divino, y fui librado de ellos por Aquel que fue clavado en la cruz por mis pecados, Aquel que ahora está sentado en el trono sin ellos.

Tal es, pues, el fundamento del perdón divino. ¡Qué sólido fundamento! ¿Quién podría afectarlo? ¿Qué podría conmoverlo? La justicia lo estableció, y la conciencia turbada puede descansar sobre este fundamento. Es preciso que Satanás lo reconozca. Dios se reveló a sí mismo como el Justificador, y la fe anda a la luz y el poder de esta revelación. Nada puede ser más simple, más claro ni más satisfactorio. Si Dios se revela a sí mismo como Justificador, entonces soy justificado por la fe en la revelación. Cuando las glorias morales de la cruz han iluminado al pecador, éste ve y sabe, cree y reconoce que Aquel que juzgó sus pecados en la muerte le ha justificado en la resurrección.

Lector inquieto: empéñese, se lo suplico, en captar el verdadero fundamento en el que se apoya el perdón de los pecados. No habría ningún provecho para Ud. en considerar la extensión de ese perdón y la manera en que Dios lo da, mientras su conciencia turbada no haya sido conducida a descansar en ese fundamento inquebrantable. Razonemos juntos. ¿Qué es lo que le impide a Ud. descansar, desde este mismo instante, en el fundamento de una redención cumplida? ¿Su conciencia tiene necesidad, para verse satisfecha, de algo más que lo que satisfizo la inflexible justicia de Dios? Dios se revela a sí mismo como Aquel que justifica con justicia al pecador que cree en su Hijo.

Este fundamento ¿no es lo suficientemente fuerte para Ud., de modo que no puede mantenerse firme en él como pecador justificado? ¿Qué dice Ud.? ¿Está satisfecho? ¿Cristo le basta? ¿Busca aún algo en Ud. mismo, en sus caminos, en sus obras, en sus pensamientos, en sus sentimientos? Si es así, abandone toda búsqueda semejante como algo absolutamente vano, pues nunca hallará nada, o si encontrara algo no sería más que un obstáculo, una pérdida, un estorbo. Cristo es suficiente para Dios, y ojalá que lo sea para Ud. también. Entonces, y sólo entonces, será Ud. verdaderamente dichoso.

Quiera Dios que desde este instante Ud. descanse en el perfecto sacrificio de Cristo, único fundamento del perdón divino, y que con interés y claridad pueda comprender lo que vamos a decir sobre el segundo punto de nuestro tema.

2. La extensión del perdón divino

Muchos están perplejos acerca de este punto. No ven la plenitud de la expiación y no captan la aplicación de ella a todos sus pecados. No captan toda la fuerza de estas palabras que, quizás, entonan a menudo: «Quien todas tus iniquidades, con gracia abundante perdona.» Parecen estar bajo la impresión de que Cristo llevó solamente algunos de sus pecados (los que precedieron a su conversión) y viven angustiados acerca de los pecados de cada día, como si esos pecados debieran ser quitados según otro principio que el aplicado a sus pecados de otrora. De modo que se sienten muy abatidos y seriamente preocupados.

Y no puede ser de otra manera mientras no comprendan que, en la muerte de Cristo, tienen todo lo que les hace falta para obtener el completo perdón de todos sus pecados. Es cierto que si un hijo de Dios comete un pecado debe acercarse a su Padre y confesárselo. Pero ¿qué dice el apóstol acerca de aquellos que confiesan así sus pecados? Dios “es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1.ª Juan 1:9). ¡Fiel y justo! ¿Por qué no dice más bien: “lleno de gracia y de bondad”? Porque el apóstol razona conforme a esta verdad: toda la cuestión del pecado fue tratada a fondo y completamente resuelta por la muerte de Cristo, quien actualmente está en el cielo como un Abogado justo.

Bajo ningún otro fundamento Dios podría ser “fiel y justo” en relación con el perdón de pecados. Todos los pecados del creyente fueron expiados en la cruz. Si uno solo de mis pecados no hubiese sido expiado, yo estaría eternamente perdido, pues es imposible que un solo pecado, por pequeño que parezca, pueda entrar en el santuario de Dios. Además, si todos los pecados del creyente no hubieran sido expiados por la muerte de Cristo, ni confesión, ni ruegos, ni ayunos, ni ningún otro medio valdría para obtener el perdón; pues la muerte de Cristo constituye el único fundamento sobre el cual Dios, con fidelidad y justicia, puede perdonar el pecado; y sabemos que él puede perdonar los pecados únicamente con fidelidad y justicia, de lo contrario, no puede hacerlo en absoluto, lo que es motivo de alabanza para él y del mayor de los goces para nosotros.

Pero el lector tal vez diga: «¡Cómo! ¿Quiere Ud. decir que mis pecados futuros también fueron expiados?». A lo que respondo que todos nuestros pecados eran futuros cuando Cristo los llevó en el madero maldito. Los pecados de todos los creyentes de los siglos transcurridos desde entonces eran futuros cuando Cristo murió por ellos. Entonces, si la idea de los pecados que podemos cometer en el porvenir —si todavía somos dejados aquí— es una dificultad y nos desconcierta, la de los pecados pasados es una dificultad no menos grande. Pero, en realidad, toda esta incertidumbre acerca de los pecados futuros proviene en gran parte de la costumbre que tenemos de considerar la cruz desde nuestro propio punto de vista en vez de hacerlo desde el punto de vista de Dios: contemplamos esa obra desde la tierra en vez de hacerlo desde el cielo.

La Escritura nunca habla de pecados futuros. El pasado, el presente y el futuro sólo son cosas humanas y terrenales; pero, para Dios, todo es un eterno presente. Todos mis pecados estaban ante la mirada de la infinita justicia en la cruz, y todos fueron puestos sobre la cabeza de Jesús, quien, mediante su muerte, colocó el eterno fundamento del perdón de pecados, a fin de que el creyente, en cualquier momento de su vida, en cualquier etapa de su carrera, desde el instante en que las preciosas buenas nuevas del Evangelio resonaron en sus oídos y él las creyó, hasta el día en que entre en la gloria, sea capaz de decir con claridad y decisión, sin reservas, sin temor y sin titubeos: “Echaste tras tus espaldas todos mis pecados” (Isaías 38:17). Y hablar así no es más que la respuesta de la fe a la propia declaración de Dios, quien dijo: “Nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades.” “Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Hebreos 8:12; Isaías 53:6).

Tomemos como ejemplo el caso del malhechor en la cruz. Cuando, como pecador convencido, dirigió la mirada de la fe a Aquel que estaba crucificado a su lado, ¿no fue, desde ese mismo instante, hecho capaz de entrar en el paraíso de Dios? ¿No fue investido de un título divino para pasar de la cruz de un malhechor a la presencia de Dios? Indudablemente. Desde ese momento ¿tuvo que hacer por su cuenta algo adicional que le hiciese digno de entrar en el cielo? En absoluto.

Pues bien, supongamos que, en vez de ir al cielo, se le hubiese permitido descender de la cruz. Supongamos que se le hubieran arrancado los clavos de sus manos y sus pies y se le hubiera dejado ir en libertad. Habría tenido el pecado en su naturaleza y, por consiguiente, habría estado expuesto a pecar, por pensamiento, por palabra y por obras. Pero ¿habría perdido por eso su título, lo que lo hacía apto para habitar en el cielo? ¡No, por cierto! pues su título era divino y eterno. Todos sus pecados habían sido llevados por Jesús. Lo que lo había calificado para entrar en el cielo desde el comienzo, había sido hecho de una vez y para siempre, de modo que si hubiera permanecido cincuenta años en la tierra, en todo momento habría estado calificado para entrar en el cielo.

Es cierto que, si el pecador perdonado comete pecado, su comunión con Dios es interrumpida y que ella sólo puede ser restablecida por la sincera confesión de su pecado. “Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad” (1.ª Juan 1:6). Pero, si bien mi comunión puede ser interrumpida, mi título jamás puede ser anulado. Todo ha sido cumplido en la cruz. Todo pecado, toda culpa fue expiada por ese sacrificio precioso e incomparable, que hace pasar al creyente de una posición de pecado y condenación a una posición de justificación y de perfecto favor. Es transferido de una posición en la que no tenía la menor traza de justicia a una posición en la cual no tiene ni puede tener jamás la menor traza de culpa. Está establecido en la gracia, respira la atmósfera de la gracia.

Tal es su única y constante posición a los ojos de Dios y ante Dios. Si comete pecado (y ¿quién no peca?), debe confesarlo. Y ¿qué resulta de ello? Perdón y purificación, sobre la base de la fidelidad y de la justicia de Dios, las que han sido perfectamente satisfechas en la cruz de Cristo. Todo está fundado en la cruz: la fidelidad y la justicia de Dios, el oficio de Cristo como abogado, nuestra confesión, nuestro completo perdón, nuestra perfecta purificación, la restauración de nuestra comunión, todo descansa sobre la sólida base de la preciosa sangre de Cristo.

El lector no debe perder de vista que en este momento consideramos un solo punto: la extensión del poder divino. Hay otros puntos de gran importancia en relación con nuestro tema, tales como la unidad del creyente con Cristo, su adopción en la familia de Dios, la morada del Espíritu Santo en él, todo lo cual implica necesariamente el completo perdón de pecados. Pero debemos limitarnos al asunto que tratamos, y, después de haber intentado exponer el fundamento y la extensión del perdón de pecados, concluiremos con algunas palabras sobre la manera en que Dios perdona.

3. La manera en que Dios perdona

Todos sabemos muy bien que, en todo acto que se realice, mucho depende el resultado de la manera en que se realiza. Ciertamente, a menudo hay más poder en la manera en que se realiza un acto, que en el acto mismo. Muchas veces hemos oído decir: «Reconozco que Fulano me hizo un favor, pero lo hizo de tal manera que le quitó todo mérito.» Y el Señor tiene su manera de hacer las cosas; ¡bendito sea su Nombre! Él no solamente hace grandes cosas, sino que las hace de modo que nos convenzamos de que es su corazón el que actúa. Los actos que él realiza no sólo son buenos en sí mismos, sino que la manera en que los cumple es de lo más deleitosa.

Tomemos uno o dos ejemplos. Notemos las significativas palabras del Señor dirigidas a Simón el fariseo en el capítulo 7 de Lucas: “No teniendo ellos con qué pagar, perdonó (de gracia o libremente) a ambos.” Ahora bien, en lo que al pago de la deuda se refiere, el resultado habría sido el mismo independientemente de la manera adoptada. Mas ¿qué corazón no percibirá la fuerza moral de la expresión? ¿Quién podría mantenerse ajeno a este detalle? ¿Quién admitirá ver la esencia del acto despojada de la manera en que se realiza? El acreedor podría haber perdonado la deuda murmurando por el monto de la misma, y tal murmuración, para el juicio de un corazón sensible, habría privado al acto de todos sus encantos. Por otro lado, la liberalidad en la manera de perdonar, acrecienta inconmensurablemente el valor del hecho.

Consideremos también unos instantes esa tan conocida, pero siempre provechosa, porción del inspirado Volumen: el capítulo 15 del evangelio de Lucas. Cada una de las parábolas que contiene nos muestra el poder y la belleza que hay en la manera en que el Señor hace las cosas. Cuando el hombre encuentra su oveja ¿qué hace? ¿Se queja de toda su fatiga y se pone a arrearla delante de sí? ¡Oh, no, nunca haría tal cosa! ¿Qué hace, pues? “La pone sobre sus hombros.” ¿Y cómo lo hace? ¿Se lamenta de lo que pesa o del trabajo que se toma? No, sino que está “gozoso”. Demuestra que está contento de haber hallado su oveja y está “gozoso” de llevarla sobre sus hombros hasta el redil. ¡Qué admirable manera de hacer las cosas!

Veamos todavía el caso de la mujer que perdió la dracma. “Enciende la lámpara, y barre la casa, y busca con diligencia.” No se ve lentitud, ni pereza, ni indiferencia. Actúa “con diligencia”, como alguien que pone todo su corazón en su trabajo. Era visible que la mujer deseaba ardientemente encontrar su dracma. La manera en que lo hacía lo demostraba.

Finalmente, notemos la manera en que el padre recibe al hijo pródigo: “Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.” No envió a un siervo para que le dijese al vagabundo que puede entrar a cualquier parte de la casa, como la cocina o su cuarto. ¡No! el propio padre corre. Pone de lado, por así decirlo, su dignidad de padre, a fin de dar expresión a su afecto paternal. No está satisfecho meramente de recibir al hijo pródigo, sino que necesita mostrar que todo su corazón está puesto en esta recepción; quiere que se sepa no sólo que recibe al hijo extraviado sino también cómo lo recibe.

Hay muchos otros pasajes que ilustran la manera en que Dios perdona, pero creemos que los que ya acabamos de mencionar bastarán para probar que Dios, en su gracia, reconoce el poder que la manera tiene de actuar sobre el corazón humano, de modo que terminaré estas líneas suplicando al lector que no olvide que el fundamento sobre el cual Dios perdona es tan sólido como el propio trono de Dios; que la extensión de este perdón es infinita y que la manera en que él es otorgado es la apropiada para infundir seguridad al corazón más tímido. Dígame, pues, querido lector: ¿Está convencido acerca de este importante asunto del perdón de pecados? ¿Podría seguir dudando de la buena voluntad de Dios para perdonar, cuando él ha puesto ante Ud., de una manera tal, el fundamento del perdón, la extensión del mismo y la manera en que perdona el pecado? ¿Podría todavía dudar cuando él hoy:

Te abre a ti su propio corazón – Sus pensamientos muestra, ¡cuán bellos son!

El Señor le espera con los brazos abiertos para recibirle. Le señala la cruz, donde ha puesto el fundamento del perdón; le asegura que todo está cumplido; le ruega que descanse desde ahora y para siempre en lo que él ha hecho por Ud. ¡Quiera Dios mostrarle estas cosas en toda su claridad y plenitud, a fin de que no solamente crea en el perdón de los pecados, sino que también crea que todos sus pecados son perdonados, y perdonados para siempre!

Los denominados «Padres Apostólicos» acerca de la segunda venida del Señor

Una breve examinación será suficiente para probar el valor de estos escasos restos de antigüedades cristianas a fin de comprobar la veracidad de lo que proponen. Lo asombroso es que cualquier persona de discernimiento espiritual que los haya leído con cuidado, los estimará de mínimo valor, especialmente en lo que respecta a la Segunda Venida. Es realmente penoso el interés en ellos, teniendo en cuenta que estos escritos constituyen un testimonio del rápido apartamiento y de la profunda caída de la enseñanza apostólica.

¿Puede algo ser más evidente o sorprendente que la inconmensurable distancia que separa los más antiguos escritos respecto de las Escrituras? Los mismos Apócrifos del Antiguo Testamento —meros productos literarios humanos— no difirieron tanto de las Escrituras hebreas del Antiguo Testamento, como lo hicieron, en cambio, Bernabé, Clemente de Roma y Hermas, de los apóstoles Pablo, Pedro y Juan.

Y, sin embargo, desde antiguo estas producciones literarias primitivas, eran leídas en las congregaciones cristianas ¡como si fuesen Escrituras! Clemente de Alejandría cita incluso a la más heterodoxa e insensata de las tres como Escritura también. Incluso el uncial Sinaítico tiene como apéndice del Nuevo Testamento, a Bernabé y a Hermas. Y el uncial Alejandrino tiene anexado a Clemente de Roma. Pero cuando uno lee estas obras humanas, así como toda otra obra literaria antigua, encuentra un agudo contraste en dignidad, santidad, amor y autoridad con las inspiradas Epístolas. Estas reliquias antiguas no son más que la palabra del hombre, que evidencian no sólo debilidad, sino que son trampas para la fe.

Si hombres capaces las han puesto sobre las nubes, ello tan sólo demuestra que la tradición tiene el poder de enceguecer a los hombres, y de que no todos tienen fe. Sin embargo, un hombre piadoso de nuestros días se atreve a decir: «Gracias a la providencia de Dios poseemos estos escritos antiguos.» Una infatuación como ésta de parte de un clérigo evangélico sólo puede atribuirse a su apasionado celo por la esperanza judía en contra de la esperanza cristiana. Toda forma de judaización tiende siempre a contiendas y amarguras. ¡Qué cosa extraña que alguien se dirija primero a la «Didaché» o «Enseñanza de los doce Apóstoles»!

De ella se halla la editio princeps (primera edición) de Bryennios (Constantinopla, 1883), la de Hitchcock y Brown (New York, 1884), además de la de H. de Roumestin (Parker and Co., Oxford y Londres, 1884), y el pequeño volumen del Dr. C. Bigg con al menos igual discernimiento críticamente como cualquier otro. El título más completo es bastante más temerario: «La enseñanza del Señor a los gentiles por medio de los doce apóstoles.» Se trata de una magra compilación que comienza con los dos caminos, el de la vida y el de la muerte, que ocupa seis capítulos, casi la mitad del pequeño tratado, sin mencionar una sola palabra que muestre cómo se comunica la vida o cómo los pecados son perdonados.

Luego sigue un absurdo capítulo acerca del bautismo, que prescribe un ayuno precedente; y otro capítulo sobre el ayuno en general. La gran diferencia con «los hipócritas» parece ser que ellos ayunan el segundo y el quinto día de la semana, mientras que el ayuno correcto es en el cuarto y sexto (o preparación). Tampoco deben orar como «los hipócritas», sino como lo mandó el Señor, ¡y tres veces por día! Si hacemos una recorrida por una parte del capítulo nueve acerca de la Eucaristía, leemos: «Como este fragmento [de pan] estaba disperso sobre los montes, y reunido se hizo uno, así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino.» ¿Puede haber un pensamiento más pobre?

El hecho notable es que los doce apóstoles son presentados como si olvidasen la suprema importancia de la muerte de Cristo, tanto en el bautismo como en la Cena del Señor. Por otro lado, el nombre de David aparece extrañamente en los capítulos 9* y 10 donde hallamos «los cuatro vientos». Después de tantas palabras extravagantes en los capítulos 11 a 13, en el capítulo 14 aparece la cita de Malaquías 1:10 y 14, totalmente pervertida, tal como los católicos pervierten tan notoriamente la misa. Es la vieja incredulidad de sustituir a la Iglesia por Israel. ¿Acaso nuestro hermano se figura que de oriente a occidente el nombre de Jehová es aún grande entre las naciones, o acaso eso no será posible sino hasta que el Señor vuelva en gloria? ¿No está él tan seguro como aquellos a quienes insensatamente atribuye la «teoría moderna» de que sólo entonces, y nunca antes, “en todo lugar se ofrecerá incienso a mi nombre, y oblación pura será presentada, porque grande será mi nombre entre las naciones, dice Jehová de los ejércitos” (Malaquías 4:11, versión del autor)?

Por eso ningún apóstol aplicó jamás esta predicción al cristianismo en el Nuevo Testamento. Es sólo la falsa interpretación de la espuria Didaché; porque los doce apóstoles verdaderos nunca realmente aprobaron tal cosa. Pero ello convenía al orgullo y a la ignorancia de la iglesia Católica, incluso antes del papado. Matthew Henry quizás sabiamente pasa por alto el versículo, porque los no conformistas prestan escasa atención a la profecía; pero W. Lowth, T. Scott y tal vez todos los demás comentaristas siguen temerariamente el antiguo error en forma unánime.

El difunto Dr. Pusey naturalmente hizo esfuerzos por demostrarlo, considerando sólo a los judíos del pasado y del presente. Pero su argumento se cae por sí solo; porque el profeta no habla de ninguna «nueva revelación de Él mismo», sino más bien de la antigua promesa que será cumplida en gracia y en poder, no sólo para los judíos, sino también entre las naciones, cuando Jehová reine sobre toda la tierra, el solo Jehová y su nombre será uno en aquel día. No hay excusa alguna para entender mal este brillante porvenir, aún futuro, dentro de la verdaderamente nueva y más profunda revelación de Su nombre como Padre, que el Señor Jesús dio a conocer (Juan 4:21-23) para la hora que “ahora es”, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad.

Pero remitámonos al último capítulo de la «Didaché» (capítulo 16), «aún más relevante», según se dice. Sin duda que Mateo 24, en ese lugar, aparece mezclado con otros pasajes bíblicos que hablan de la venida del Señor, ya visible o invisible para la humanidad. «Entonces aparecerán las señales de la verdad» (¡!). «Primeramente la señal de una abertura en el cielo, después la señal del sonido (o voz) de trompeta; y, en tercer lugar, la resurrección de los muertos; pero no de todos, sino, como está dicho: ‘Vendrá el Señor, y todos los santos con él.’»

Ahora bien, Mateo 24:30 habla, no de la señal de la aparición de «una abertura en el cielo», sino del Hijo del Hombre en el cielo como señal de Su venida a la tierra, lo que hace que todas las tribus de la tierra (o del país) se lamenten. Pero incluso la «Didaché» cita Zacarías 14:5 respecto de todos los santos que vienen con Él en este mismo tiempo. Ahora bien, ésta es nuestra tesis, y necesariamente implica la previa transformación de los santos a fin de venir como conviene a Su aparición en gloria. La misión de Sus ángeles (en el v. 31) con un gran sonido de trompeta no puede ser para reunir a Él a aquellos santos glorificados, todos los cuales vienen con Él, sino para el subsiguiente acto de reunir —después de Su aparición— a los elegidos de Israel de los cuatro vientos, los que hasta entonces se hallan dispersos por toda la tierra. No hay traza alguna aquí de “la final trompeta”, cuando los santos muertos resucitarán y serán transformados, a fin de venir con Él a su debido tiempo para reunir a los elegidos de Israel al gran Rey en Sion.

Pues nosotros deberemos haber sido arrebatados antes, para que cuando Él sea manifestado en gloria, nosotros también seamos entonces manifestados junto con Él en gloria. No hay ningún arrebatamiento en Mateo 24. Tampoco este pasaje habla de la tercera señal de la resurrección de los santos muertos. A la verdad, ningún pasaje de la Escritura se refiere a esto como «una señal». Ellas son suscitadas con el objeto de aparecer con Él cuando Él aparezca “y el mundo vea al Señor viniendo en las nubes del cielo”.

Si se argumentase que Apocalipsis 20:4 habla de la Primera Resurrección (después de la aparición del Señor en gloria, del juicio de la bestia y del falso profeta con los reyes de la tierra y de sus ejércitos, y después también de que Satanás haya sido atado), no sólo ello se admite, sino que además se insiste en su importancia. Puesto que demuestra que existen etapas en esa resurrección, al igual que en la presencia de Cristo. De ese versículo aprendemos que la compañía general de los santos glorificados (todos los santos tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, hasta que Cristo venga por ellos) componen a aquellos que emergen del cielo como los seguidores del Cordero.

Ellos ahora son vistos sentados sobre tronos, y habiéndoseles dado el juicio; luego suceden dos clases especiales de santos, que sufrieron el martirio en el primero y en el último períodos de la crisis del Apocalipsis, los que, en su condición fuera del cuerpo, vuelven a vivir, a fin de reinar con Cristo por mil años, al igual que la compañía general que ya había sido entronizada. Todos estos constituyen la Primera Resurrección. Es falso, y totalmente contradictorio con este pasaje, que los que padecen los dolores del Apocalipsis resucitan simultáneamente con la primera compañía.

¿Es demasiado decir respecto de la verdad aquí revelada que tanto la Didaché como los cristianos en su extensión, se hallan todavía en absoluta ignorancia? ¿Cómo no podría creerse esto, si el Apocalipsis lo deja ver en los más claros términos? Estos viejos escritos son muy defectuosos y, por su ignorancia de las Escrituras, a menudo son contrarios a la verdad; y lo mismo podemos decir de los escritos modernos. La Escritura sola es la norma, y el cristiano no es dejado sin una Guía divina que more en él para guiarlo a toda verdad. Creamos toda la Palabra de Dios, y no aceptemos una parte de ella mientras omitimos otra.

Las obras, frutos de la vida divina

“Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe” (Gálatas 6:10).

Si algo pudiese aumentar el valor de esta amorosa exhortación, sería el hecho de que la hallamos al final de la Epístola a los Gálatas. A lo largo de esta notable Epístola, el inspirado apóstol corta de raíz todo el sistema de justicia legal. Demuestra, de manera irrefutable, que ningún hombre puede ser justificado a los ojos de Dios por las obras de la ley, cualquiera sea su naturaleza, ya morales, ya ceremoniales.

El apóstol declara que los creyentes no están en ninguna forma bajo la ley, ni para tener la vida, ni para ser justificados, ni para su andar práctico. Si nos colocamos bajo la ley, la consecuencia de ello es que debemos renunciar a Cristo, al Espíritu Santo, a la fe, a las promesas. En resumidas cuentas, si, de la forma que fuere, nos emplazamos sobre un terreno legal, debemos abandonar el cristianismo, y nos hallamos todavía bajo la maldición de la ley.

Ahora bien, no vamos a citar los pasajes ni a tocar este lado del tema en esta ocasión. Simplemente llamamos la seria atención del lector cristiano respecto de las palabras de oro del versículo que hemos citado al comienzo de este escrito, las cuales sentimos que resaltan con incomparable belleza y con un poder moral particular al final de esta epístola a los Gálatas, en la cual toda la justicia humana es enteramente hecha trizas y arrojada por la borda.

Es siempre necesario considerar los dos lados de un tema. Todos nosotros somos tan terriblemente propensos a no ver sino un solo lado de las cosas, que nos resulta moralmente saludable que nuestros corazones sean puestos bajo la plena acción de toda la verdad. ¡Ay, es posible abusar de la gracia!, y a veces podemos olvidar que, si bien delante de Dios somos justificados por la fe sola, una fe real debe manifestarse por las obras.

Tengamos en cuenta que si bien la Escritura denuncia las obras de la ley y las reduce a añicos de la manera más absoluta, ella, en cambio, insiste de manera cuidadosa y diligente, en numerosos pasajes, en las obras de la fe, fruto de la vida divina.

Sí, querido lector, debemos dirigir seriamente nuestra atención a esto. Si profesamos poseer la vida divina, esta vida debe manifestarse de una manera más tangible y eficaz que las meras palabras o que una mera profesión de labios hueca. Es perfectamente cierto que la ley no puede dar la vida y que, por consecuencia, es aún más incapaz de producir obras de vida. Ni un solo fruto de vida fue, ni será, jamás recogido del árbol del legalismo. La ley sólo puede producir obras muertas, respecto de las cuales debemos tener la conciencia purificada, al igual que de las malas obras.

Todo esto es muy cierto. Las santas Escrituras lo demuestran a lo largo de sus inspiradas páginas, y no nos dejan ninguna duda respecto de este tema. Pero lo que ellas demandan es que haya obras de vida, obras de fe, en cuyo defecto es menester concluir que la vida está ausente. ¿Qué valor tiene el hecho de profesar que se tiene vida eterna, de hablar bellamente acerca de la fe, de defender las doctrinas de la gracia, si al mismo tiempo toda la vida práctica se encuentra caracterizada por el egoísmo bajo todas sus formas?

El apóstol Juan dice: “El que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?” (1.ª Juan 3:17). El apóstol Santiago dirige también a nuestros corazones una muy seria y saludable cuestión: “Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle? Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha? Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma” (Santiago 2:14-17).

El autor de la epístola insiste en ella sobre las obras de vida, frutos de la fe, de una manera tal que debería hablar de la forma más solemne y eficaz a nuestros corazones. Es espantoso ver entre nosotros tanta profesión hueca, tantas palabras superfluas, sin poder y sin valor.

El Evangelio que poseemos —¡a Dios gracias!— es maravillosamente claro. Comprendemos claramente que la salvación es por gracia, por medio de la fe, y no por obras de justicia o de la ley. ¡Oh, qué bendita verdad, y nuestros corazones alaban a Dios por ello! Pero una vez que somos salvos, ¿no deberíamos vivir como tales? La vida nueva, ¿no debería manifestarse por los frutos? Si ella está allí, la vida debe manifestarse; y si ella no se manifiesta, ¿podríamos decir que está allí?

Observemos lo que dice el apóstol Pablo: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9). Aquí tenemos, por así decirlo, lo que podemos llamar el lado superior de esta gran cuestión práctica. Luego, en el versículo siguiente, viene el otro lado, el que todo cristiano serio y sincero será dichoso de considerar: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (v. 10).

Tenemos aquí plena y claramente ante nosotros el tema entero. Dios nos ha creado para andar en un camino de buenas obras, y ese camino de buenas obras ha sido preparado por Él para que nosotros andemos en ellas. Todo es de Dios, desde el comienzo hasta el fin; todo es por gracia y todo es por fe. ¡Loado sea Dios porque que ello sea así! Pero recordemos que es absolutamente vano disertar acerca de la gracia, de la fe y de la vida eterna, si las «buenas obras» no se manifiestan. De nada aprovecha que nos jactemos de grandes verdades, de nuestro profundo, variado y extenso conocimiento de las Escrituras, de nuestra correcta posición, de habernos separado de esto y de aquello, si nuestros pies no marchan en el sendero de las “buenas obras que Dios preparó de antemano” para nosotros.

Dios reclama la realidad. No se contenta con bellas palabras que hablan de una elevada profesión. Nos dice: “Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad” (1.ª Juan 3:18). Él —¡bendito sea su Nombre!—, no nos amó “de palabra ni de lengua”, sino “de hecho y en verdad”; y espera de nosotros una respuesta clara, plena y precisa; una respuesta manifestada en una vida de buenas obras, que produce dulces frutos, según lo que está escrito: “llenos de frutos de justicia que son por medio de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios” (Filipenses 1:11).

Amados, ¿no creéis que nuestro supremo deber sea aplicar nuestro corazón a este importante tema? ¿No debiéramos aplicarnos diligentemente a estimularnos al amor y a las buenas obras? Y ¿cómo puede ser esto más efectivamente llevado a cabo? ¿Acaso no es andando nosotros mismos en amor, transitando fielmente el sendero de las buenas obras en nuestra vida personal? En lo que respecta a nosotros, estamos hartos de discursos huecos, de una profesión sin obras. Tener elevadas verdades en los labios y una vida cotidiana de una baja condición práctica, constituye uno de los más alarmantes y escandalosos males de nuestro tiempo presente. Hablamos de la gracia, pero faltamos en la justicia práctica; faltamos en los más simples deberes morales de nuestra vida privada de cada día. Nos jactamos de nuestra posición privilegiada, mientras que somos deplorablemente relajados y flojos con nuestra condición y con nuestro estado.

¡Quiera el Señor, en su infinita bondad, avivar el fuego de nuestros corazones para procurar buenas obras con un celo más profundo, de modo que adornemos más y mejor la doctrina de Dios nuestro Salvador en todas las cosas (Tito 2:10)!

P.S.— Es muy interesante e instructivo comparar la enseñanza relativa a “las obras”, según Pablo y según Santiago, ambos divinamente inspirados. Pablo repudia enteramente las obras de ley. Santiago, en cambio, insiste celosamente en las obras de fe. Cuando este hecho es entendido, toda dificultad se desvanece, y vemos brillar claramente la divina armonía de la Escritura. Muchos no lograron comprenderlo, y se han visto así muy perplejos por la aparente contradicción entre Romanos 4:5 y Santiago 2:24. Huelga decir que tenemos allí la más bella y perfecta armonía. Cuando Pablo declara: “Mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia”, él se refiere a las obras de la ley. Cuando Santiago dice: “Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe”, él se refiere a las obras de vida, de fe.

Esto se halla ampliamente confirmado por los dos ejemplos que da Santiago para probar su punto: el de Abraham que ofrece a su hijo, y el de Rahab que esconde a los espías. Si sustraemos la fe de estos dos casos, ambos serían obras malas. Si, por el contrario, los consideramos como el fruto de la fe, ellos manifiestan la vida.

¡Cuánto brilla la sabiduría infinita del Espíritu Santo en todos estos pasajes! Él vio de antemano el uso que se haría de ellos. Entonces, en vez de elegir obras buenas de forma abstracta, elige, sobre un período de cuatro mil años, dos obras que habrían sido malas si no hubiesen sido el fruto de la fe.