Breve introducción al texto griego del nuevo testamento

Cuando pensamos en el texto original del Nuevo Testamento, esto es, el texto griego escrito por inspirados hombres de Dios, lo primero que hacemos es preguntarnos cuál es y dónde está, pues sabemos que nuestra versión Reina-Valera ―al igual que todas las versiones hechas en estos dos mil años de cristianismo a prácticamente todas las lenguas, tanto vivas como muertas, a las que ha sido vertido el Nuevo Testamento―, no es más que una traducción hecha a partir de un texto «original» escrito en griego koiné (el griego común de la época apostólica).

Y cuando acudimos en búsqueda de ese supuesto texto griego «original», nos encontramos con la sorpresa de que simplemente no existe, pues ha desaparecido por el uso y el desgaste natural de los materiales perecederos empleados, y sólo nos han quedado copias de copias (hoy tenemos alrededor de 5000 copias), pero ni una sola copia directa del original, aunque Dios en su gracia, no obstante, ha preservado su Palabra en estas copias a fin de que llegue hasta nosotros con total fidelidad. Esas copias son los testigos del texto original.

El objetivo a partir de las aproximadamente 5000 copias que tenemos a nuestra disposición, es simplemente buscar reconstruir un texto lo más cercano posible al texto original. Para ello, una vez reunidas todas las evidencias, procedemos a la evaluación de los testigos.

¿Por qué evaluarlos? Porque al empezar a leer las diversas y numerosas copias con que contamos para reconstruir el Nuevo Testamento, nos encontramos con otra sorpresa: comparando las copias de un mismo pasaje, por ejemplo, encontramos que no todas son idénticas, y que, en algunas partes, (a veces una palabra, o el orden de las palabras, un versículo, un signo, etc.) hay diferencias entre lo que registra una copia y lo que consta en otra. Y a estas divergencias se las llama variantes de lectura.

Y esto nos enfrenta a la más difícil tarea de decidir, cuando aparecen las divergencias, qué variante es la que corresponde al escritor original, y qué variante no es original. Aprovecho aquí para hacer una aclaración muy importante. Debemos tener siempre presente que, como otro lo ha dicho, «no existe ninguna cuestión crítica que amenace la sustancia de la Biblia»; ninguna variante afecta la sustancia de ninguna verdad bíblica, ya en las doctrinas fundamentales, ya en toda enseñanza revelada en el Nuevo Testamento.

La Biblia está escrita con exactitud y es perfecta, de lo contrario Dios hubiese tenido que depender de la falibilidad humana para comunicar y preservar su pensamiento y voluntad y, de este modo, no habría podido transmitir Sus pensamientos de forma escrita e infalible, y está muy claramente declarado que Dios inspiró las palabras, las cuales comunican sus pensamientos (1.ª Corintios 2:12-13).

Si bien la inspiración es un hecho indubitable (que sobrepasa la razón humana, pues Dios no ha revelado cómo inspiró a los escritores, sino que simplemente afirma que lo hizo, 2.ª Timoteo 3:16), también debemos siempre sostener que, en lo que hace a la crítica textual, las variantes no son lo suficientemente significativas como para afectar en alguna medida el pensamiento que Dios quiso comunicar mediante la Escritura, el cual es siempre muy claro y preciso.

Pero para entender esto último, es menester la fe —la cual debe tener primacía sobre la erudición—, así como la enseñanza del Espíritu Santo en las cosas de Dios. De lo contrario, la crítica es infiel y no sirve a la fe ni honra a Dios.

Aclarado este fundamental punto de partida, retomemos el tema de nuestro epígrafe. Con el correr de los siglos, los copistas, que no siempre fueron lo suficientemente cuidadosos cuando se trataba nada menos que de la Palabra de Dios, introdujeron en ocasiones, voluntariamente, por ejemplo, palabras o versículos (y los que copiaron estas copias luego, aunque lo hicieran con fidelidad, copiaron involuntariamente los agregados previos sobre los cuales se basaron).

Estos agregados se denominan en general interpolación (o glosa cuando su fin era explicar o aclarar el texto, pero luego quedó como parte del texto, lo que hoy serían las palabras en bastardillas, por ejemplo), y la responsable tarea de quienes reconstruyen el texto del Nuevo Testamento, mediante la juiciosa evaluación de toda la evidencia reunida, es decidir cuándo se trata de una verdadera interpolación que no es original, y cuándo no lo es.

Es una tarea, por cierto, muy delicada, pues estamos reconstruyendo nada menos que la Palabra de Dios en su lengua original a partir de miles de copias que presentan algunas diferencias entre sí, nunca sustanciales, en algunas partes del Nuevo Testamento. Los que se encargan de esta evaluación de los diferentes manuscritos griegos que fueron preservados hasta hoy, y de reconstruir el texto completo del Nuevo Testamento, se llaman críticos textuales, y la ciencia encargada de esta labor se llama crítica textual.

Ahora bien, ¿qué criterios ha de adoptar el crítico textual para decidir qué variante tomar y qué variante descartar, a fin de llegar al texto completo del Nuevo Testamento que refleje fielmente el original? La crítica textual, precisamente, estudia esto: existen criterios generales, reglas a seguir, en cualquier análisis de crítica de los textos literarios históricos, reglas que no se pueden poner en tela de juicio.

Pero en materia de Sagrada Escritura, no se pueden aplicar exactamente los mismos métodos que se aplican para la reconstrucción de cualquier texto literario antiguo. Por ejemplo, el criterio de textos antiguos que afirma que «cuanto más antiguo es el MSS (manuscrito) más fidedigno es, por acercarse más en el tiempo al autor original», es válido en principio, pero cuando lo aplicamos al Nuevo Testamento, no siempre es una regla absoluta, fallando muchas veces si se aplicara en forma matemáticamente rigurosa, teniendo en cuenta, por ejemplo, como bien dice el Dr. Scrivener (el tan famoso revisor del «Textus Receptus» de fines del siglo XIX), que «la corrupción de los originales, se hizo sentir con mayor fuerza en los primeros cien años desde que los apóstoles dejaron la tierra», y por eso a veces el «Texto Recibido» es más fidedigno que los textos críticos más modernos, a pesar de que esta edición del Nuevo Testamento fue un trabajo realizado en Europa trece siglos más tarde.

No puede tenerse una idea de los complejos e intrincados factores que influyen en la cuidadosa evaluación de toda esta masa de materiales que ha llegado hasta nosotros, a fin de llegar al verdadero texto para luego poder traducirlo correctamente.

Pero esta labor no puede ser llevada a cabo meramente por hombres de reconocida erudición en la crítica de textos antiguos (aunque esta erudición sí es evidentemente esencial, y no debería faltar) sino que una condición sine qua non para desarrollarla con eficacia, es el discernimiento y sabiduría espiritual, junto con una profunda piedad, comunión con Dios y una destacada paciencia, virtudes todas que dimanan del bendito Espíritu de Dios.

Y desde ya que todo hombre no nacido de nuevo y no instruido en las Escrituras espiritualmente, por más dominio que tenga de las lenguas originales, queda totalmente descalificado para esta noble tarea. Bien ha escrito J.N.Darby en su prefacio al Nuevo Testamento: «Un hombre espiritual tiene menos probabilidades de equivocarse que un gran erudito».

Breve reseña de la historia del texto

Repasemos brevemente algunas de las principales fuentes que dieron lugar al texto crítico del Nuevo Testamento, o sea a las ediciones del Nuevo Testamento griego, sobre cuya base se realizan las traducciones a los diversos idiomas.

Alrededor del año 200 d. de C., Tertuliano declaró que todos los manuscritos griegos originales del Nuevo Testamento habían sido preservados, pero hoy, como dijimos, no tenemos ninguno de ellos.

En lo que respecta a los escritos de los llamados «Padres de la Iglesia», en todas sus obras, cuando citan el Nuevo Testamento en griego, la mayoría de las veces de memoria y no literalmente, se deslizaron errores en diversa medida, por lo que no son de gran utilidad.

Versiones

Las antiguas traducciones que se hicieron del griego a otros idiomas, se llaman versiones, y ellas constituyen también valiosos testigos del texto original, sobre todo por la antigüedad de algunas de ellas. Sólo en latín se ha dicho que hay unas 8000 versiones de la Biblia.

Siglo II

La versión Siríaca sinaítica, de la que tenemos sólo algunos fragmentos (unos tres cuartos de los Evangelios), se estima que es una de las más antiguas que tenemos, la que data probablemente del siglo segundo. La versión Peshitta siríaca (la cual significa «simple o común») es altamente venerada por aquellos que hablan esa lengua oriental hasta hoy. Le falta 2.ª Pedro y 2.ª Juan. Es muy valiosa a causa de su antigüedad.

384 d. de C.

La Vulgata latina (la cual significa «lengua común») fue traducida por Jerónimo, quien primero revisó el viejo Nuevo Testamento en Latín. Desde el año 387 hasta el 405, él y Hereford tradujeron el Antiguo Testamento del hebreo al latín. Fue usado por cerca de 1000 años, pero fue siendo gradualmente corrompido por los copistas. En 1592 la Vulgata sixto-clementina se convirtió en la Biblia oficial de Roma, pero sólo recién en 1943, el papa Pío XII declaró que no debía ser considerada superior a los textos originales.

Manuscritos griegos

Como mencionamos, existen cerca de 5000 manuscritos griegos y leccionarios (libros que consisten en selecciones de las Escrituras para la lectura pública en los servicios), ya sea completos o fragmentarios; y todos con más o menos variantes. Pero lo importante a tener en cuenta, como ya lo hemos adelantado al principio, es que esas variantes (que no son porcentualmente significativas; y cuya cantidad se ha calculado que no son más que una palabra por cada mil aproximadamente), en el conjunto del mensaje, no afectan en lo más mínimo ninguna doctrina fundamental, ni la claridad, precisión ni sustancia de ninguna enseñanza divina, sino que, en general, dan un amplio testimonio a la certeza del texto griego y a la preservación que Dios hizo de su Palabra.

Hay cuatro clases de manuscritos griegos: Los unciales y los minúsculos (códices), los leccionarios y los papiros (fragmentarios).

Los códices son manuscritos encuadernados en forma de libro, y su importancia como testimonios radica en que muchos de ellos contienen el Nuevo Testamento de forma completa. Se dividen en cursivos y unciales.

Los cursivos o minúsculos son manuscritos escritos en pequeñas letras en estilo corrido («cursivas»), superando los 2500 en número, y que datan desde el siglo IX hasta el siglo XV. Cada uno es conocido por su número. Algunos son de particular valor.

Los unciales están formados por mayúsculas griegas sin espacio entre las palabras y sin signos de puntuación. Estas copias van del siglo IV al siglo X, y son en número cerca de 700.

Códices más relevantes

El códice Vaticano (B). Descubierto en la biblioteca del Vaticano en Roma, data
del siglo IV. Es de mucho más valor que el códice Sinaítico, y constituye uno de los testigos más importantes del texto original. Está escrito hasta Hebreos 9:13, siendo defectuoso en el resto.

El códice Sinaítico (aleph). Es un manuscrito del siglo IV también, y contiene el Nuevo Testamento en su integridad. Cuarenta y tres hojas del códice fueron descubiertos en 1844 por Constantino Tischendorf en el monasterio de Santa Catalina en el monte Sinaí cuando los monjes estaban a punto de quemar todos los viejos manuscritos que, para ellos, «eran griegos». Quince años más tarde, Tischendorf recuperó 199 hojas más. Se ha dicho que fueron escritos en pieles de 100 antílopes, y fueron comprados a Rusia (cuyo gobierno, bajo el zar, sufragó los gastos de la expedición arqueológica) por el Museo Británico de Londres por más de medio millón de dólares hace un siglo atrás. Aunque es el uncial más antiguo, ha sido, como los demás, corrompido por las manos eclesiásticas, pero estas alteraciones son fácilmente detectadas.

El códice Alejandrino (A). Data del siglo V. Contiene casi todo el Nuevo Testamento, pero con algunas lagunas. Concuerda mucho con los Codex Sinaiticus y Vaticanus en las Epístolas, pero es constantinopolitano (bizantino) en los Evangelios, armonizando con la masa de cursivos griegos y con la Peshitta Siríaca.

El códice Bezae (D). Data del siglo VI. Códice bilingüe con los textos griego y
latín de los Evangelios Sinópticos y los Hechos. Teodoro de Beza lo obtuvo a partir del monasterio de San Ireneo en Lyons, y lo presentó a la Universidad de Cambridge en 1581.

Otros códices son: Códice Ephraemi Rescriptu (C), del siglo V; el Códice E, del siglo VIII, etc.

Valor de la antigüedad de los manuscritos

Citamos a William Kelly, quien prefería los manuscritos más antiguos

«Espero que baste una vez por todas que se entienda que yo siempre hablo del texto sobre la base de las más antiguas y mejores autoridades. Existen positivas pruebas de la naturaleza más convincente y satisfactoria para las inserciones, omisiones o cambios que puedan ser mencionados de vez en cuando. No vaya a imaginarse que exista algo así como una innovación arbitraria en esto.

Los verdaderos innovadores, son aquellos que, ya por desliz, ya por propia voluntad, se apartaron de las mismas palabras del Espíritu. Y la arbitrariedad ahora consistiría en seguir manteniendo aquello que no cuenta con la autoridad suficiente, en contra de aquello que es tan cierto como sea posible. El error, entonces, no estriba en buscar el texto de mejor respaldo, sino en permitir que la tradición nos ate a lecturas relativamente modernas y ciertamente corruptas. Tenemos el deber, en todos los casos, de someternos a las mejores autoridades» (Lect. Intro. to Acts, Cath. Epist. and Rev., p. 407, see also Rev. Exp., p. 35)

«¿Acaso el ‘milagro perpetuo para preservar las Escrituras’ no es un error? Un milagro se cumple por el poder divino de forma absoluta. Se admite plenamente que Dios obra providencialmente para alcanzar los fines que tiene en vista. Pero ésta es una declaración muy diferente, la cual deja lugar a la responsabilidad del hombre en el cuidado y en la reverencia que ha de tener para con las Escrituras, el texto o la traducción, con la exposición o el estudio; y, lamentablemente, ¡el hombre falla en estos puntos, así como en todas las cosas!; pero Dios no falla, y es plenamente suficiente para todas las necesidades y obras de Sus hijos.

Tampoco se quiere decir que algún libro de las Escrituras hebreas o del Nuevo Testamento griego no sea inspirado, o que ahora se haya perdido algún libro que siempre formó parte de la Escritura, que consista no sólo de comunicaciones inspiradas, sino de las que fueron dadas dentro de un plan específico para ser la norma permanente de la verdad divina. En cuanto a esto precisamente la mayor parte de la cristiandad ha demostrado ser infiel, no por el hecho de rechazar la auténtica Escritura, sino por acreditar como tal los libros griegos Apócrifos del Antiguo Testamento» (Bible Treasury 7: 271).

«Debemos guardarnos de no idolatrar los testigos» (Exp. of Heb., p. 129).

TEXTOS GRIEGOS

Diversos estudiosos de los manuscritos, llamados «editores», producen y editan textos griegos como resultado de su esforzada labor y loable objetivo por llegar a lo que es el verdadero texto de la Palabra de Dios.

En este vasto campo, somos confrontados con el enorme problema de sopesar los méritos de las lecturas de los diversos manuscritos. Las distintas escuelas de opinión muestran una variedad de tendencias. El rumbo tomado por la erudición moderna ha sido con fuerte tendencia hacia el texto editado por Westcott y Hort, el cual se basa de manera demasiado considerable en los tres principales unciales, los codex «Sinaiticus», «Vaticanus» y el «Alexandrinus». Otros eruditos están indebidamente influidos por «la masa» de los manuscritos latinos, los que guardan armonía con los unciales D (Claromontanus) y E (Sangermanensis).

Luego tenemos también la escuela oriental «bizantina» ortodoxa con su «masa» de manuscritos griegos cursivos. Sobre la base de estos manuscritos, se construyó, en la Edad Media, el «Textus Receptus» (sobre el cual diremos algo más detallado luego), hasta llegar a la edición de Stephanus (Robert Estienne), de 1550, sobre cuya base se realizó la famosa Versión Autorizada inglesa o «King James» de 1611.

Aparte de estos dos extremos (la edición del «Textus Receptus» y la edición de Westcott y Hort), son pocos los estudiosos que buscan la guía del Señor en medio del laberinto. Estos pocos hombres de Dios, dan un mayor reconocimiento a la «evidencia interna» (examen y juicio de las lecturas variantes para determinar cuál representa el texto original, siguiendo el contexto de la Escritura), conscientes de las infinitas perfecciones y de las eternas verdades interrelacionadas de la Palabra de Dios. La perfección en este campo de estudio no podrá encontrarse. Pero la Palabra de Dios no debe ser manipulada a gusto del hombre. Aquí es donde la paráfrasis se dejó llevar lejos por la corriente. El Espíritu Santo está aquí abajo para mostrarnos las cosas de Cristo (Juan 16:14 y Mateo 11:25).

Para tener una breve referencia, daremos una lista en orden cronológico de las ediciones más sobresalientes del texto griego.

Ediciones más sobresalientes del texto griego

Antes de Erasmo. Por unos cinco siglos, desde la época apostólica, prevaleció un texto griego, hasta que Jerónimo lo tradujo para producir la Biblia en latín, la «Vulgata Latina», que es la que pasó a ocupar el primer lugar en la cristiandad, como Biblia «autorizada», y el texto griego luego fue perdiendo interés, pasando a archivarse en diversos lugares, mientras que la Vulgata se copiaba una y otra vez, siendo la versión de uso común.

El texto griego de Erasmo de Rotterdam. El erudito humanista Desiderio Erasmo publicó un Nuevo Testamento en griego por primera vez en 1516 (véase la imagen de la primera edición, tomada de Juan 18), siendo la primera copia impresa del Nuevo Testamento griego. Para su composición, Erasmo utilizó lo poco que había en Europa entonces: dos manuscritos griegos del siglo XII, y partes de uno del siglo X fueron los más antiguos que encontró en Basilea. Como había partes que faltaban en los manuscritos griegos (como parte de Apocalipsis), Erasmo completó su primera edición traduciendo esas partes del latín.

En cuanto a su método, sus propias «Anotaciones», dadas como apéndice, muestran que las citas de los Padres fueron siempre decisivas en la elección de sus variantes de lectura, por más que le hubiere faltado el respaldo de las copias griegas. Por ejemplo, Hechos 8:37 (“Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: creo que Jesucristo es el Hijo de Dios”) no tiene el apoyo de prácticamente ningún MSS griego, pero Erasmo lo insertó por cuanto estaba en la Vulgata, con algún apoyo de los Padres, y en el margen de una de sus copias.

Tras revisar y corregir la primera edición, sacó a luz una segunda edición en 1519 (de la cual los reformadores tradujeron la Biblia a diversos idiomas. Lutero en 1522 utilizó esta segunda edición para traducir la Biblia al alemán; y nuestra Biblia en castellano, tiene ese origen también; y algunos creen que esta edición fue el fundamento del denominado «Textus Receptus»), y luego publicó una tercera edición en 1522.

En ésta inserta recién el llamado Comma Johanneum en 1.ª Juan 5:7, no por cuanto creyese que fuese auténtico, sino a fin de escapar de las presiones y de las duras críticas recibidas por haberlo omitido, y justificadamente, en sus primeras dos ediciones. Publica una cuarta edición en 1527, haciendo uso de un mayor número de manuscritos griegos y llevando a cabo muchas correcciones y mejoras en el texto. Su última edición la publicó en 1535, sin mayores alteraciones respecto de la anterior.

Texto griego de Stephanus (Robert Estienne). En sus primeras dos ediciones (1546, 1549) siguió el texto griego de Erasmo (tomando su cuarta edición), apartándose ligeramente de éste, para guiarse por la edición Complutense. Su tercera edición (1550) es la más conocida, y en ella adhirió más estrictamente a Erasmo en el texto, agregando, además, las variantes de lectura de la Complutense en el margen, junto con una selección de lecturas de los manuscritos a la que hace referencia más tarde.

A diferencia de Erasmo, se valió del códice Beza. Esta colección de variantes de lectura en el margen, distinguieron la tercera edición de Estienne como el primer texto griego con un aparato crítico (aunque en el texto se guió más por Erasmo que por su colección de manuscritos).

Creía que este texto griego ―basado en la cuarta edición de Erasmo, como dijimos― era el verdadero «texto recibido» por los apóstoles, y, por ende, inspirado. El nombre de «Texto Recibido» está formalmente impreso en la 2.ª edición de Elzevir de 1633 (1.ª edición, 1624), debido a las palabras que aparecen en latín en el prefacio: «Textum… ab omnibus receptum» (Texto recibido por todos), palabras poco felices que no cuentan con ninguna autoridad que las justifique.

Debido a que la edición de Elzevir es la misma que la de Stephanus, ambas son referidas indistintamente como el «Textus Receptus». Un año más tarde (1551), Stephanus enumeró los versículos del Nuevo Testamento al margen del texto (pero no los dividió). (El Cardenal Hugo había ya dividido la Vulgata Latina en capítulos sólo tres siglos antes, 1250).

Griesbach «Novum Testamentum Græce» (1774-1796). Griesbach sacó a luz su Nuevo Testamento griego 150 años después de la edición de Elzevir de 1624, período en el que se acumuló una enorme cantidad de pruebas disponibles para evaluar el verdadero texto.

Clasificó los manuscritos (MSS) griegos en tres familias textuales: la alejandrina, la occidental y la bizantina (Bengel, años atrás, había distinguido dos familias de textos: la asiática y la africana), y luego trató con cada familia como si fuesen un solo testigo. Incluyó un copioso aparato crítico presentando las variantes de lectura. En los casos difíciles o dudosos, parece haber tenido una preferencia por el «Textus Receptus».

Scholz «Novum Testamentum Graece» (2 vols., Leipzig, 1830, 1836).

Lachmann «Novum Testamentum Græce» (1831). Quizás el más importante pionero de la crítica textual moderna, quien aplicó al Nuevo Testamento métodos que había aprendido de su estudios de los Clásicos. En 1830 estableció los fundamentos de la moderna crítica textual del Nuevo Testamento al rechazar la «autoridad» del tradicional «Textus Receptus» en favor de los testigos de los MSS más antiguos.

Al poner manos a la obra en la construcción de un texto independiente del «Textus Receptus», comenzó con la teoría de las evidencias «únicamente antiguas». Procuró restaurar el texto tal como estaba en el cuarto siglo, para lo cual contaba con sólo cuatro copias griegas para ciertos libros, con dos o tres para otras, mientras que para el Apocalipsis tenía una sola copia. Agregó copias de Latín Antiguo y de citas de los Padres a su escaso surtido de evidencias. Aunque al principio fue criticado, siempre ocupó un lugar entre los principales editores del Nuevo Testamento griego.

Tischendorf «Novum Testamentum Graece» (1841-1869). Ya en edición del Nuevo
Testamento (1841), se aparta aún más temerariamente que Lachmann del «Textus Receptus», dando prioridad a los MSS más antiguos. La octava edición del Nuevo Testamento (1869) dice basarse en «los tres manuscritos más célebres». Hizo poco uso de la «evidencia interna», y coleccionó un cuerpo de información mucho mayor que el de Lachmann, produciendo un prodigioso aparato de variantes.

Este editor tenía por objeto (no, como Lachmnann, dar el texto de alguna fecha temprana, sino) reconstruir el texto original tanto como pudiese ser posible. Su plan era el siguiente: «El texto ha de ser buscado sólo a partir de las evidencias antiguas, y especialmente de los MSS griegos, pero sin descuidar los testimonios de las Versiones y de los Padres.

De este modo, la conformación completa del texto surgirá de las evidencias mismas, y no de lo que se llama edición recibida» (Relato del texto impreso de Tregelles). Publicó ocho ediciones. Tuvo preferencia por dos MSS en particular: Codex Vaticanus y Codex Sinaiticus (que él mismo descubrió). El testimonio unido de estos dos MSS dominó la octava edición de Tischendorf.

Tregelles «The Greek New Testament » (1857). En el prefacio a su edición, dice que su propósito es «dar el texto sobre la base de la autoridad de los más antiguos MSS y versiones, y de la ayuda de las citas más antiguas, a fin de presentar, tanto como fuere posible, el texto comúnmente recibido en el cuarto siglo» (el cual creía que era el texto «original»).

El texto crítico de Tregelles fue construido con el mismo método que Lachmann, adoptando las lecturas más antiguas. Como Tishendorf, sin embargo, tomó en consideración un cuerpo de información mucho mayor, incluyendo todos los MSS griegos hasta el siglo VII. Excepto unas pocas copias cursivas, confinó su atención a la evidencia antigua.

Su texto tuvo buena acogida por los eruditos, principalmente en Inglaterra, y su aparato crítico fue reconocido como el más exacto de todas las ediciones críticas. Dedicó 15 años a su labor crítica del Nuevo Testamento, hasta que un accidente puso fin a sus esfuerzos.

Alford «The Greek Testament» (1849). El texto va cambiando de una edición a otra, apartándose cada vez más del «Textus Receptus» hasta asimilarse estrechamente al de Tregelles. En su último Prolegomena dice: «El texto que he adoptado ha sido construido siguiendo, en todos los casos ordinarios, la unida o preponderante evidencia de las más antiguas autoridades, tomando evidencias posteriores cuando las primeras no concuerdan ni son preponderantes…(a la vez que) aplicando aquellos principios de la crítica que parecen proveer sanos criterios acerca de si una lectura es espuria o genuina» (vol. 1, página 81). Decía de Tischendorf y de Tregelles: «Si Tischendorf ha incurrido en una falta por el lado de la hipótesis especulativa en cuanto al origen de las lecturas halladas en aquellos MSS, debe confesarse que Tregelles algunas veces ha errado por el lado (más seguro, ciertamente) de escrupulosa adherencia a la mera evidencia literal de los MSS antiguos.»

Westcott y Hort, 1881. B.F. Westcott and F.J.A. Hort, The New Testament in the Original Greek. New York: Harper & Brothers, 1881. Este texto ha influenciado enormemente a la mayoría de los eruditos desde que vio la luz. Los eruditos de Cambridge osaron con total libertad alterar el texto tradicional arbitrariamente, con una fuerte preferencia por una excesiva e injustificada adherencia a los unciales más antiguos Sinaítico y Vaticano. Si bien varios siglos de las peores corrupciones eclesiásticas habían manchado estos antiguos documentos, W y H tuvieron menos en cuenta muchos otros testigos de valor y más acordes con el pensamiento de Dios.

Sentaron así el modelo para la tendencia moderna respecto de los diversos manuscritos. J. N. Darby escribió: «Las ediciones más antiguas no son de ninguna manera las más confiables, puesto que las peores corrupciones… se originaron en el curso de los primeros cien años después que el Nuevo Testamento fue compuesto.» La mente que no se conforma a las Escrituras no tiene la misma capacidad de percibir el texto más puro de algunas copias más tardías hechas de otras más antiguas, por no decir de los pergaminos originales. Esto aturde a la mera erudición. Cada pasaje debe ser pacientemente y muy seriamente examinado en presencia de todo el aparato de testigos dependiendo siempre de la ayuda de Dios.

Nestle, 1898. Eberhard Nestle, «Novum Testamentum Graece cum apparatu critico ex editionibus et libris manuscriptis collecto». Stuttgart: Privilegierte Württembergische Bibelanstalt, 1898; 2.ª ed. 1899; 3.ª ed. 1901; 4.ª ed. 1903; 5.ª ed. 1904; 6.ª ed. 1906; 7.ª ed. 1908; 8.ª ed. 1910; 9.ª ed. 1912. Tras la muerte de Eberhard, en 1913, las ediciones posteriores siguieron a cargo de su hijo, Erwin Nestle, desde la edición 10.ª (1914) hasta la 25.ª ed. de 1963. Esta edición está basada en los textos de Tischendorf, Westcott y Hort y Bernard Weiss, y adopta aquello en que concuerdan dos de tres. Una tras otra se sucedieron ediciones que procuraron incluir correcciones sustanciales. Se propone representar la suma de la erudición moderna. Sus editores están en Stuttgart, Alemania. Entre otros, comete el error de relegar Juan 7:53-8:11 a una nota al pie de página; falla en Lucas 6:1 al emplear «un sábado», en vez de «el sábado segundo primero». Omite «que está en el cielo» en Juan 3:13, etc.

«Nestle-Aland» Kurt Aland, Matthew Black, Bruce Metzger, Allen Wikren, Carlo Martini, The Greek New Testament. 3.ª edición. Stuttgart: United Bible Societies, 1975. Impreso corregido, 1983. Este texto es editado por las Sociedades Bíblicas Unidas, y es prácticamente la continuación del trabajo de Nestle, influido ahora por Kurt Aland, quien llegó a ser editor ejecutivo de la obra, el que había sido primero empleado por Erwin Nestle como editor del aparato crítico para la edición 21.ª (1952). Cuando Aland sucedió a Nestle como editor ejecutivo, reemplazó el texto de Nestle con el texto de la SBU para el cual colaboró en su creación. K. Aland, parece haber sido el miembro dominante desde su inclusión en el comité.

En efecto, el texto de la tercera edición de las SBU se hizo de conformidad con las preferencias de Aland que él quiso adoptar con cambios en la puntuación solamente en el texto para la edición 26.ª de Nestle-Aland. Las diferencias entre la 3.ª edición de las SBU y la edición 26.ª de Nestle-Aland, han de hallarse solamente en sus aparatos críticos y otras cuestiones marginales, siendo el texto prácticamente el mismo. Sorprende el hecho de que a partir de la 2.ª edición, se ha agregado a un erudito católico romano (Carlo Martini) al comité editorial. La cuarta edición (1993) no introdujo ningún cambio en el texto, pero presenta un aparato crítico totalmente revisado. Ésta es la edición del texto griego del Nuevo Testamento más universalmente usada por los estudiosos de la actualidad.

La crítica para esta edición, es, pues, la misma que para la anterior por ser prácticamente su fiel sucesora. Comete, además, el error de poner entre corchetes el final que llama «más largo» del Evangelio de Marcos (cap. 16:9-19), y agrega un supuesto «final más breve» que también pone entre corchetes. También se equivoca al poner entre corchetes el episodio de la mujer adúltera en Juan 7:53-8:1, etc.

¿Libre albedrío o “no depende del que quiere”?

La pregunta que planteo es muy importante para definir qué creemos del pecado, de la gracia soberana de Dios y de la responsabilidad del hombre. ¿Enseña la Biblia que el hombre tiene un «libre albedrío»? ¿O más bien enseña que está muerto en delitos y pecados, necesitando que la gracia soberana le de vida?

¿Qué es el «libre albedrío»? Muchos, aparte de la Filosofía, enseñan la doctrina del «libre albedrío», esto es, una supuesta capacidad del hombre natural de no estar enteramente perdido, sino de poder (y querer, por cierto) arrepentirse y creer a Dios. Se dice que el hombre cuenta con la capacidad moral de tomar decisiones agradables a Dios y de hacer la elección de dirigir su alma a Dios en obediencia a Él, y que estas decisiones son realizadas libremente por la voluntad del hombre natural.

Pregunta clave para ver qué cree Ud. sobre este tema

A la luz de las Escrituras, preguntamos: ¿Puede, es capaz, un pecador nacido de Adán, que no ha nacido de nuevo, desear el don de la salvación? ¿quiere, un inconverso, ser salvo? Si Ud. responde afirmativamente, entonces tiene la noción «arminiana» de estas doctrinas de la gracia; mientras que si responde negativamente, ello significa que es de percepción «calvinista». Pero dejemos para más adelante estos términos pertenecientes a escuelas teológicas, y centrémonos en la enseñanza bíblica del asunto.

Veamos una serie de notas sobre este importante tema de la gracia, que seguramente ayudarán a entenderlo más ampliamente.

Introducción

La mente natural es incapaz de reconciliar la verdad bíblica de que el hombre natural no tenga un libre albedrío, y sea a su vez tenido como responsable por Dios de obedecerle. Entiéndase por libre albedrío la libertad del albedrío o voluntad para elegir el bien.
Pero para que la criatura sea capaz de tomar la voluntaria decisión de arrepentirse, creer a Dios y obedecerle, es menester que primero desee hacerlo, que quiera creer. Nadie puede tomar una decisión de creer a Dios sin primero quererlo. La cuestión es si el hombre natural, está dotado de esta facultad (1.ª Corintios 2:14). El hombre nacido de nuevo, que ha recibido la vida de Dios en él, y que es una nueva criatura, evidentemente sí tiene la nueva facultad de elegir el bien, el buen deseo de creer y obedecer a Dios, pero veamos qué pasa con el hombre aún no regenerado. Leamos Romanos 8:7

«Los designios (griego: phronema = mente) de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden»

La carne no puede querer a Dios en ningún sentido. Además, es incapaz de ello: «no puede». Esta Escritura no sólo señala esta verdad, sino también que es la mente de la carne la que predispone y controla al hombre natural en sus acciones.

DOS ERRORES COMUNES

Hay dos grupos de citas bíblicas que se presentan en pro y en contra, pues se han formado históricamente dos escuelas de pensamiento sobre este tema.
Una escuela teológica (comúnmente llamada hoy «arminianismo») enseña que el hombre es un ser responsable, y que será castigado eternamente por desobedecer el Evangelio. Las citas son numerosas. Por ejemplo:

«Dios… manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan» (Hechos 17:30)

«…para dar retribución a los que no conocieron a Dios ni obedecen al Evangelio de nuestro Señor Jesucristo» (2 Tesalonicenses 1:9).

El Evangelio es predicado y Dios manda a toda criatura a creer en él. Hasta aquí está todo bien, y podemos decir ¡amén! a esta gran verdad bíblica y a todas las citas que enseñan esto. Pero la inferencia del sistema es que estos textos señalarían que el hombre es capaz de obedecer, de arrepentirse y creer, lo cual aplastaría el otro grupo de textos bíblicos que señalan que no es así. Por lo tanto, creemos en la verdad señalada por esta escuela teológica, pero no en su inferencia.

La otra escuela opuesta, por otro lado (comúnmente denominada «calvinista») cita otro grupo de textos que indican que el hombre es incapaz, impotente de querer ir a Dios en obediencia a la fe. Que si del hombre dependiera, éste jamás podría ir a Dios, por más que fuese expuesto a la luz de las Escrituras que le muestran su miseria, ruina y tenebroso estado totalmente perdido bajo el pecado, y que sólo la gracia soberana de Dios puede salvarlo por el poder del Espíritu Santo.
Hasta aquí, todo es correcto, la Biblia lo demuestra claramente. Pero la inferencia de que el hombre no es responsable debido a su incapacidad de dirigir su alma a Dios con fe, es escrituralmente errónea. La enseñanza es correcta, la inferencia, incorrecta.

EQUILIBRIO DE LA VERDAD

La fe, que viene por el oír, y el oír por la Palabra de Dios (Romanos 10:17) cree ambos grupos de textos bíblicos. Tanto calvinistas como arminianos denuncian que esto es lógicamente inconsistente, pues aceptar ambos sería, según ellos, una contradicción. Por tal motivo, cada una de las dos escuelas resuelve la alegada contradicción a su propia manera racional: con las inferencias lógicas que deducen de ambos grupos de pasajes.

Lo cierto es que la Palabra de Dios enseña tanto que el hombre no es un ser libre en su albedrío para decidir el bien, sino sólo el mal (es decir, que el hombre es impotente y esclavo de su albedrío), como que es totalmente responsable de obedecer la Palabra de Dios. Quiero aclarar en qué sentido digo que el hombre no tiene «libre albedrío», tal como lo define la Filosofía natural: quiero significar que el pecador sin haber nacido de nuevo carece de la capacidad moral de tomar decisiones o hacer una elección de manera que dirija su alma a Dios en obediencia a él.

Decisiones que son el libre producto de su voluntad. Estas decisiones y capacidad para obedecer a Dios, la tiene perfectamente el hombre renacido, pues ha sido dotado de una nueva voluntad, de la naturaleza divina que «no practica el pecado». Pero no puede decirse lo mismo del viejo hombre, que sólo inclina su albedrío hacia la desobediencia y el rechazo de Dios en incredulidad.
Os invito, pues, a leer una serie de estudios sobre este tema, donde veremos las bases bíblicas que sustentan lo dicho. Dios mediante, dividiremos los estudios así:

1. El hombre está moral y espiritualmente muerto (Efesios 2)
2. El hombre es responsable: aunque responsabilidad no implica capacidad
3. Dios da vida en forma soberana (Efesios 2:5; Juan 5:21; 6:63; Santiago 1:18, etc.).
4. ¿Por qué predicar el Evangelio si no hay libre albedrío? (2.ª Timoteo 2:10)
5. Endurecimiento (caso de Faraón)
6. Un poco de historia sobre la soberanía de Dios en la salvación y el «libre albedrío»

EL HOMBRE ESTÁ MORAL Y ESPIRITUALMENTE MUERTO

«1 Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, 2 en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, 3 entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. 4 Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, 5 aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), 6 y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, 7 para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. 8 Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; 9 no por obras, para que nadie se gloríe. 10 Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas» (Efesios 2:1-10).

La «seguridad eterna» del creyente es una verdad íntimamente relacionada con el tema que tratamos, y es enseñada también en la Escritura (p. ej., Juan 10:27-29). Pero esta doctrina también resulta del hecho de que el hombre no tiene «libre» albedrío. Pues la Escritura establece con meridiana claridad que el hombre no renacido «está muerto en delitos y pecados» (Efesios 2:1), y que es Dios quien salva soberanamente y da vida (Efesios 2:1,5) y fe (Efesios 2:8), y, además, es quien guarda con seguridad (1.ª Pedro 1:5 y Judas 24).
Ahora bien, estamos de acuerdo con aquellos de arminiana persuasión en el hecho de que la doctrina de la «seguridad eterna del creyente» es incompatible con «el libre albedrío» tal como aquellos lo entienden (como «poder propio de decisión»). Es simple, si de la decisión del hombre depende el hecho de salvarse, una vez «salvos» por voluntad propia, bien se puede «dejar de ser salvos» por voluntad propia también. Lógicamente perfecto.

Pero la Escritura, lo repetimos, declara nuestro estado anterior al nuevo nacimiento como de «muertos en delitos y pecados». ¿Creeremos esto tal cual está? Pero pregunto: ¿Cómo puede un hombre «muerto» creer? La respuesta simple, a la luz de esta explícita Escritura, es que un hombre muerto es incapaz de creer por su propia voluntad. Pues este hombre natural, está «muerto en delitos y pecados»; ¿cómo, pues, podrá creer la Palabra de Dios, y querrá obedecerla? Muerto, significa eso mismo: muerto. Por eso en ese mismo versículo 1 de Efesios 2 encontramos una aclaración: aquellos que estaban muertos, fueron hechos vivos por Dios. Es evidente que nada puede ser vuelto vivo, si no estuviese muerto primero. El hecho es que el pecador perdido está moral y espiritualmente muerto delante de Dios.

LA ANALOGÍA CON LA MUERTE DE LÁZARO

La analogía de esto con Lázaro es sorprendente. En Juan 11:43, el Señor clamó a gran voz: «¡Lázaro, ven fuera!». Fue una voz alta, pero no porque Lázaro oyese mejor, pues estaba muerto; sino que lo fue en beneficio de la multitud que estaba alrededor (v. 42). ¿Cómo oyó Lázaro, si estaba muerto? ¿Cómo pudo obedecer la Palabra del Señor? ¿Acaso la orden del Señor implicó capacidad de respuesta/obediencia en el muerto Lázaro? ¿Acaso la voluntad de Lázaro cooperó en alguna medida con nuestro Señor para su reavivamiento?Obviamente que no.
Cristo pronunció la palabra de poder, y Lázaro recibió la vida. Jesús dijo: «Yo soy la resurrección y la vida» (v. 25). Y así como el Señor manda al muerto físicamente, así también manda a los muertos espirituales (2.ª Corintios 4:6; Efesios 2:1-8).
Doy gracias a Dios porque estando yo muerto en delitos y pecados, Él puso vida y fe en mí por medio de su Palabra, pues de lo contrario yo habría perecido eternamente.

OTRO ASPECTO DE MUERTE EN ROMANOS

Romanos tiene una perspectiva diferente de Efesios. Ve al hombre como vivo en pecado, pero esclavo del pecado (la carne), el cual opera en él; como sujeto a la ley del pecado y de la muerte (Romanos 6 y 7).

Esto muestra a la voluntad como completamente hostil hacia Dios. Romanos muestra que la voluntad se aleja de Dios y se dirige hacia el pecado invariablemente. Que el hombre no es libre en su albedrío, y que tiene por fin la muerte.

Efesios, en cambio, ve al hombre como muerto en pecados, y por ende con la necesidad de reavivamiento por parte de Dios. Esto muestra que el albedrío o voluntad está muerto de todo movimiento en dirección a Dios.

Ambos puntos de vista del estado del hombre perdido bajo el pecado (Romanos y Efesios) son simultáneamente ciertos, y muestran la irremediable ruina del hombre, a menos que Dios intervenga soberanamente dando vida y luz, allí donde hay muerte y tinieblas.
La enseñanza bíblica, pues, a la luz de estos textos, es que el hombre natural está moralmente muerto para con Dios y es incapaz de obedecerle con fe.

RESPONSABILIDAD ANTE DIOS DE TODO HOMBRE:EL HOMBRE ES RESPONSABLE DE SUS ACTOS

Para tratar de debilitar el hecho de que el hombre perdido está «muerto en delitos y pecados», los arminianos citan pasajes bíblicos que suponen que el hombre es un ser determinado libremente por su albedrío. Se suelen multiplicar los textos como prueba de esto, los que, en realidad no prueban la libertad del albedrío del hombre perdido. Además, nadie antes de la cruz siguió viviendo, lo que demuestra que el alegado libre albedrío no ha podido producir un resultado positivo. (Un autor arminiano cita, por ejemplo: Isaías 55:1; Mateo 11:28; Deuteronomio 30:19; Ezequiel 18:30; Mateo 11:21; Juan 3:18,19; Romanos 1:26, 28; Romanos 14:12; Romanos 2:6; Mateo 23:37; 1.ª Timoteo 2:4; Juan 5:40; Juan 8:24; Juan 1:12). Pero hay muchos textos bíblicos que demuestran que el hombre en realidad no tiene libertad de albedrío.

LAS ESCRITURAS DEMUESTRAN RESPONSABILIDAD, PERO NUNCA CAPACIDAD

¿Cómo debemos entender el grupo de pasajes que citan los arminianos? En primer lugar debemos observar que esos pasajes no nos dicen que el albedrío del hombre sea libre de decidir el bien.

Hay que tener en cuenta que los arminianos están en lo correcto en afirmar que el hombre es responsable. Pero su error estriba en la inferencia de que este hecho implica capacidad de determinación.

Es de suprema importancia advertir este punto. Pues se citan numerosos pasajes que demuestran que el hombre perdido es responsable ante Dios de obedecerle, pero se pretende, a partir de esto, haber demostrado con las Escrituras que el hombre tiene libertad de albedrío.

Pero en realidad lo único que se ha demostrado con estas citas es que el hombre es RESPONSABLE. Pero la inferencia lógica que deduce de ello («capacidad de determinarse a sí mismo»), es simplemente contraria a otras numerosas Escrituras que prueban explícitamente que no hay tal capacidad.

No es preciso comentar cada uno de los textos citados por los arminianos, pues todos tienen el mismo denominador común: enfocan la responsabilidad del hombre perdido. Pero sí me voy a detener en el versículo tal vez más citado en apoyo de su posición: Deuteronomio 30:19 (comparen este versículo con: Ezequiel 3:21; 18:9, 21…; 20:11,21; 33:11; 2.º Crónicas 6:36; Salmo 130:3; proverbios 20:9).

¿PRUEBA DEUTERONOMIO 30:19 QUE EL HOMBRE ES CAPAZ DE ELEGIR LA VIDA ETERNA?

«… Os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia, amando a Jehová tu Dios, y siguiéndole a él…» (Deuteronomio 30:19,20).

Quienes citan esta escritura, ¿creen que «escoger la vida», significa la vida eterna? Por empezar, el hombre en este contexto se hallaba, no bajo la gracia, sino bajo la ley. Lo que quiere decir esto en realidad es que si uno guardaba la ley, su vida natural habría de continuar: no moriría, no pagaría la paga del pecado que es la muerte (Romanos 6:23). Guardando la ley perfectamente, uno escogía la vida. Pero esto no podía dar vida divina ni producir el nuevo nacimiento en una alma. Así está escrito:

«¿Luego la ley de Dios es contraria a las promesas de Dios? En ninguna manera; porque si la ley dada pudiera vivificar, la justicia fuera verdaderamente por la ley» (Gálatas 3:21).

«Vivificar» en este versículo es la misma palabra griega (aunque en otra forma verbal) que aparece en Efesios 2:5, y se trata de DAR VIDA a quienes están muertos en delitos y pecados. La Escritura afirma, pues, que la ley NO DA VIDA. De modo que cuando Dios dijo «escoged la vida», estaba hablando de la continuidad de la vida natural.

DIOS DIO LA LEY, PERO ¿IMPLICA ESO QUE EL HOMBRE FUERA CAPAZ DE CUMPLIRLA?

La posición que sostienen los arminianos es que el hombre tiene libre albedrío y es, pues, capaz de cumplir lo que Dios dice. Pero examinemos esto a la luz de la ley.
Dios dio la ley a Israel para que la cumpliese. Ahora bien, siguiendo el razonamiento del sistema arminiano, podríamos argüir:

¿Qué clase de Dios es éste que manda a los hombres a hacer lo que ellos no son capaces de hacer?

La respuesta que se ofrece es que Dios no manda nunca al hombre a que éste haga lo que no puede hacer, es decir, que Dios, según los arminianos, siempre «respeta» el supuesto «libre albedrío» del hombre pecador, que Dios nunca haría algo que violase la libertad del albedrío humano. Pero la ley es la PRUEBA de que esta inferencia es incorrecta.

Sigamos un poco más con Deuteronomio.
El hecho patente es que ningún pecador jamás escogió la vida. Ningún pecador guardó la ley nunca. ¿Pruebas de ello?: todos han muerto físicamente. La dificultad no se halla en la ley (Romanos 7:10-12). La verdad es que el pecador perdido no puede escoger nunca la vida. Es más, no se tata sólo de que la muerte universal da testimonio del hecho de que el hombre no puede guardar la ley, sino de que la incapacidad del pecador perdido se halla expresamente esrablecida en la Escritura:

«Por cuanto los designios (lit. «la mente») de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden» (Romanos 8:7).

«Ni tampoco pueden» son palabras que claramente expresan incapacidad. Dios, pues, dio la ley a Israel y le mandó que la guardase, pero sabía perfectamente que ello era imposible (hasta que llegara Cristo, el Hombre Perfecto, el único que guardó la ley sin tacha). Y ahí tenemos la prueba de que Dios manda a hacer cosas al hombre que éste no puede cumplir, que demuestran su incapacidad. Y ello prueba también que el hombre no puede obedecer, pero que, sin embargo, es responsable de obedecer.

Los judíos eran responsables de guardar la ley por cuanto Dios les ordenó que lo hicieran. Ellos ni lo hicieron ni lo pudieron hacer. Responsabilidad moral no necesariamente implica capacidad de cumplimiento. Ahora bien, la noción de que responsabilidad implica habilidad, constituye un elemento esencial del sistema arminiano, y sin este punto, todo el sistema construido sobre la base del supuesto libre albedrío humano colapsa.

Yo creo, pues, que es un hecho demostrado que Dios demanda del hombre lo que el hombre no puede cumplir. El hombre fue probado desde Adán hasta la cruz, demostrando su total fracaso, su incapacidad de obedecer a Dios y de escoger la vida. En la cruz, con el rechazo definitivo de Cristo, la prueba termina. EN Cristo, ahora, la cosa cambia.
Pero siempre recalco el hecho de que a pesar de que el hombre no pueda cumplir, es, no obstante, tenido igualmente por responsable ante Dios.

INCAPACIDAD PARA PAGAR NO NOS LIBERA DE NUESTRA RESPONSABILIDAD

El hombre es responsable de obedecer, y es culpable de desobedecer, y su voluntad es hostil y perversa con respecto a Dios. Estas tres cosas son ciertas y es la enseñanza de la Biblia.
El hombre es moralmente depravado, incluso en su propia voluntad o capacidad de tomar decisiones para con Dios. El hombre ha fallado, a lo largo de la Historia, bajo toda prueba que Dios lo colocó: Adán, la era antediluviana, Israel, en fin, el hombre siempre demostró su incapacidad y fracaso.

Tal es la lección del Antiguo Testamento, y muchos parecen no haberla aprendido. Negar el fracaso y la incapacidad humana, o decir que Dios no puede violar la voluntad de un pecador, equivale a elevar al hombre y rebajar a Dios. En nuestro próximo estudio, Dios mediante, examinaremos un conjunto de pasajes que demuestran que la única salida para el pecador perdido es que Dios lo fuerce a entrar por el camino de la salvación contra su propia voluntad (Lucas 14:23).

LA BIBLIA ENSEÑA LAS DOS VERDADES: EL HOMBRE ES ESCLAVO DE SU ALBEDRÍO Y A SU VEZ RESPONSABLE

La mente se cuestiona cómo puede un hombre ser tenido por responsable de sus pecados si no cuenta con libertad de albedrío. El hecho simple es que Dios lo tiene por responsable. Si la Biblia enseña esto, nuestro deber es creer ambas cosas, sin forzar la lógica ni inventar dificultades contra la revelación escrita. Reconozco que nuestra mente carnal se revela contra ambos hechos. Pero cada uno constituye una de las caras de la misma moneda: equilibrio de la verdad.

Pongamos un ejemplo de la vida práctica para ilustrar este principio:

«Los arminianos sostienen que nuestra responsabilidad depende de nuestro poder. Si yo le presté 100.000 dólares a alguien, y esa persona se los mal gastó en su totalidad, es obvio que no puede pagar, pero ¿acaso su incapacidad lo exime de su responsabilidad? ¡No! La responsabilidad depende del derecho de la persona que le ha prestado el dinero, no de la capacidad que ha malgastado injustamente el dinero» (J.N.Darby)

Veamos otro ejemplo ilustrativo del principio:

«Un hombre robó una oveja, y no tiene el menor deseo, ninguna «buena voluntad» de devolverla. Su firme decisión es quedarse con la oveja y comérsela. Mata a la oveja, y se come la mitad. Y piensa seguir comiéndose y disfrutar de la otra mitad. Tal es su albedrío, su propia decisión y voluntad.

De repente, un policía abre la puerta y lo sorprende comiendo una pierna de la oveja, y con media oveja guardada en la heladera. El representante de la ley se dispone a arrestar al ladrón, cuando éste le argumenta: «Oh, no, mi estimado; confieso que robé la oveja. ¿No se da cuenta que ya la maté, que me comí la mitad, y que la otra mitad la tengo guardada en la heladera? ¿No ve que no tengo el más mínimo deseo de devolver ni siquiera lo que queda?» Ahora bien, ¿Podría mencionarme algún policía que dijera: «Oh, veo que puesto que Ud. no tiene el menor deseo ni la voluntad de devolver la oveja, ya no hay más responsabilidad»?» (C.H.M.)

EL LLAMADO DEL EVANGELIO OBLIGA A LA RESPONSABILIDAD

Para terminar esta parte, diré que el llamado del Evangelio también pone al hombre perdido bajo responsabilidad.

«Porque para Dios somos grato olor de Cristo en los que se salvan, y en los que se pierden: a éstos ciertamente olor de muerte para muerte, y a aquéllos olor de vida para vida» (2.ª Corintios 2:15,16).

El Evangelio ha de ser obedecido (2 Tesalonicenses 1:8; Hechos 17:30), y el pecador que lo oye y lo desobedece es tanto más culpable. Para ellos es «olor de muerte para muerte».

El pecador, pues, está muerto en delitos y pecados, y aunque su inclinación moral sea hacia lo malo delante de Dios y no puede creer, el llamado del Evangelio se dirige a su responsabilidad y sólo trae a luz cómo la muerte está operando en él.

DIOS DA VIDA SOBERANAMENTE

Puesto que el pecador está moralmente muerto, Dios tiene que intervenir soberanamente y “dar vida” al hombre. Ésta es la doctrina que encontramos en el capítulo 2 de la epístola a los Efesios (y que podemos comparar con Juan 5:21 y 6:63):

“Estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos)” (Efesios 2:5).

“Dar vida” es vivificar aquello que no tiene vida en ningún sentido, lo que está muerto. No incluye ninguna forma de cooperación del albedrío humano con Dios en esta milagrosa y soberana obra. Más bien es Dios el que inicia y el que OBRA “de su propia voluntad” (Santiago 1:18).
Dios pone fe en una persona como don (Efesios 2:8). Acerca de un verdadero creyente, Dios declara expresamente así:

“Los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Juan 1:13).

De modo que Dios llama a los muertos en pecados a la vida soberanamente, dándoles fe, a través de la Palabra: Romanos 10:17; Efesios 2:8). Somos hechura suya (Efesios 2:10). No se dice que la salvación sea la obra de Dios en cooperación con la obra nuestra, sino SUYA. Muchos no se dan cuenta de que tan pronto como introducimos la cooperación humana, aunque sea en el menor grado, elevamos el yo y, por consecuencia, deshonramos y rebajamos a Dios.

(Esto ha sido muy bien ilustrado en el “cántico de los redimidos en el cielo”. Se dice que en la eternidad habrá “dos cánticos”:

El que cree que “la salvación es de Jehová” solamente, cantará:

“¡Digno es el Cordero, que nos salvó”

Mientras que los que creen que han colaborado en la obra redentora con su decisión y su fe, cantarán:

“¡Digno es el Cordero, Y TAMBIÉN nosotros!”

ESCRITURAS QUE DEMUESTRAN LA TOTAL INCAPACIDAD Y RUINA DEL HOMBRE

Hay escrituras que excluyen expresamente el albedrío humano, y que establecen que es el albedrío divino el que produce el nuevo nacimiento. Veamos algunas de ellas:

“Los cuales no son engendrados de sangre, ni de VOLUNTAD DE LA CARNE, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Juan 1:13).

“NO PUEDE el hombre recibir NADA, si no le fuere dado del cielo” (Juan 3:27).

“NINGUNO PUEDE venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere” (Juan 6:44).

“NINGUNO PUEDE venir a mí, si no le fuere dado del Padre” (Juan 6:65; compárese con 17:2).

“¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque NO PODÉIS escuchar mi palabra” (Juan 8:43).

“El Espíritu de verdad, al cual el mundo NO PUEDE recibir” (Juan 14:17).

“Por cuanto los designios (lit. mente) de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, NI TAMPOCO PUEDEN” (Romanos 8:7).

“Y los que viven según (lit. “en”) la carne NO PUEDEN agradar a Dios” (Romanos 8:8).

“Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que TODO designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo SOLAMENTE el mal” (Génesis 6:5).

“Porque el intento del corazón del hombre es MALO desde su juventud” (Génesis 8:21; compárese Eclesiastés 9:3).

“Engañoso es el corazón, más que todas las cosas, y PERVERSO; ¿quién lo conocerá? (Jeremías 17:9).

“Estabais MUERTOS en vuestros delitos y pecados” (Efesios 2:1).

“El mundo entero está bajo el maligno” (1.ª Juan 5:19).

“No hay justo, NI AUN UNO… no hay quien HAGA LO BUENO, no hay NI SIQUIERA UNO” (Romanos 3:10-20; compárese con Salmo 14:2-3).

“…Los hombres AMARON MÁS las tinieblas que la luz, porque sus obras eran MALAS” (Juan 3:19).

“Y TODOS a una comenzaron a excusarse… Vé pronto por las plazas y las calles de la ciudad, y trae acá… Y FUÉRZALOS A ENTRAR, para que se llene mi casa” (Lucas 14:18-23).

“Así que NO DEPENDE DEL Q UE QUIERE, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia” (Romanos 9:16).

“Él, de SU VOLUNTAD, nos hizo nacer por la palabra de verdad” (Santiago 1:18).

“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:8-10).

De estos textos bíblicos, resulta claro, pues, que la Escritura niega que el hombre tenga un “libre” albedrío (esto es, que sea moralmente libre para escoger el bien por un acto de su propia voluntad), y afirma, en cambio, que un pecador perdido nace de nuevo POR UN ACTO SOBERANO DE LA VOLUNTAD DE DIOS QUE IMPLANTA EN ÉL UNA NUEVA NATURALEZA Y FE, DANDO VIDA ALLÍ DONDE SÓLO HAY MUERTE.

Alguno podrá decir: “Pero ¿no es también cierto que cuando un pecador se convierte a Dios, él LO QUIERE?” Sí, naturalmente que sí. Él quiere y tiene el profundo deseo de ser salvo y de obedecer a Dios y de servirle. Pero, si esto no es fruto de su propio libre albedrío como pecador perdido, ¿qué es? La Biblia tiene la respuesta precisa:

“Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:13).

He aquí la explicación de cómo aquellos que son salvos en Cristo, han de ocuparse en su propia salvación: es Dios mismo quien obra en ellos el QUERER. Él les da un NUEVO ALBEDRÍO, y opera en ellos por la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús (leer también Romanos 8:2).

Pero la pregunta entonces es: “¿Cómo, pues, se comunica o produce este nuevo albedrío o voluntad, esta nueva naturaleza?” Y la respuesta de la Escritura es simple: Es la operación directa del Espíritu de Dios:

“El viento sopla de donde QUIERE, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni adónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu” (Juan 3:8).

Ahora bien, ¿no sería absurdo decir que la nueva naturaleza fue generada por acción del libre albedrío de nuestro “viejo hombre” viciado por el pecado? De nuevo, ¿qué dicen las Escrituras?: “Él, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad para que fuésemos primicias de sus criaturas” (Santiago 1:18). ¿Vemos la diferencia? También está escrito: “Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer” (1.ª Pedro 1:3). “Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios” (v. 23).

CONCLUSIÓN

Para resumir, un conocido escritor cristiano lo presentó de la siguiente manera:

“¿Habrá alguno que todavía objete y diga que no es posible reconciliar las dos cosas: la impotencia del hombre y la responsabilidad del hombre? El tal tenga en cuenta que no nos incumbe reconciliarlas. Dios lo ha hecho al incluir ambas verdades una al lado de la otra en su eterna Palabra. Nos corresponde sujetarnos y creer, no razonar. Si atendemos a las conclusiones y deducciones de nuestras mentes, o a los dogmas de las antagónicas escuelas de teología, caeremos en un embrollo y estaremos siempre perplejos y confusos. Pero si simplemente nos inclinamos ante las Escrituras, conoceremos la verdad. Los hombres pueden razonar y rebelarse contra Dios; pero la cuestión es si el hombre ha de juzgar a Dios o Dios ha de juzgar al hombre. ¿Es Dios soberano o no? Si el hombre ha de colocarse como juez de Dios, entonces Dios no es más Dios. “Oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios?” (Romanos 9:20).

Ésta es la cuestión fundamental. ¿Podemos responder a ella? El hecho claro es que esta “dificultad” referente a la cuestión de poder y responsabilidad es un completo error que surge de la ignorancia de nuestra verdadera condición y de nuestra falta de absoluta sumisión a Dios. Toda alma que se halla en una buena condición moral, reconocerá libremente su responsabilidad, su culpa, su completa impotencia, su merecimiento del justo juicio de Dios, y que si no fuera por la soberana gracia de Dios en Cristo, ella sería inevitablemente condenada. Todos aquellos que no reconocen esto, desde lo profundo de su alma, se ignoran a sí mismos, y se colocan virtualmente en juicio contra Dios” (C. H. Mackintosh).

¿POR QUÉ HABRÍAMOS DE PREDICAR EL EVANGELIO SI NO HAY LIBRE ALBEDRÍO?

Un predicador del Evangelio puede presentar la siguiente objeción:

«Si creyese que el hombre no estuviera facultado con libre albedrío y con poder para aceptar el Evangelio, nunca podría predicar de nuevo. Pues no podría decir: ‘el que quiera, tome’ (Apocalipsis 21:6). ¿Qué sentido tiene decir una cosa así?»

Puesto que ésta es una muy común objeción, analicémosla de cerca.
Ya vimos principalmente en el Evangelio de Juan y en las Epístolas que el Señor y sus apóstoles sostuvieron que “no depende del que quiere, sino de Dios que muestra misericordia”, que los que son nacidos de nuevo, lo son “de agua y del Espíritu”, y en ningún sentido lo son por la voluntad humana. Esta verdad nunca confundió ni desanimó a ningún predicador: nunca los discípulos plantearon que puesto que el nuevo nacimiento no es por el libre albedrío del hombre sino del de Dios, entonces nunca podremos predicar de nuevo.

La objeción de “¿qué sentido tiene predicar?” Se desvanece en seguida si leemos los Hechos de los Apóstoles y vemos cómo se expandía el Evangelio, y creemos la verdad de esta Escritura: “Agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación” (1.ª Corintios 1:21). Y en Romanos 10:14 dice: “¿Cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quién les predique.” “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios” (Efesios 2:8). Dios nos concede el enorme privilegio de proclamar el gratuito perdón de los pecados a través de Jesucristo. Y él da fe por medio del Espíritu a través del agua de la Palabra de Dios que es predicada por nosotros. Por la Palabra del que dijo “Sea la luz”, vino la luz y la vida: el poder de la nueva creación. Lo cierto es que es un gran privilegio ser instrumentos en las manos de Dios.

George Whitefield, Charles Spurgeon, por ejemplo, fueron grandes predicadores de multitudes. Consabido es que no creían en el libre albedrío. ¿Podría alguien objetar su trabajo para el Señor?

El apóstol Pablo predicó la gracia de Dios, y también dijo:

“Todo lo soporto por amor de los escogidos, para que ellos también obtengan la salvación que es en Cristo Jesús con gloria eterna” (2.ª Timoteo 2:10).

LA SOBERANÍA DE DIOS Y LA RESPONSABILIDAD DEL HOMBRE EN EL CASO DE FARAÓN: ENDURECIMIENTO Y REPROBACIÓN

Debemos aclarar que no es correcto concluir de nuestra serie de estudios, que además de que Dios eligiera a ciertas personas, haya un decreto de reprobación contra otras; es decir, que haya un decreto divino de predestinación de algunas personas al castigo eterno (tal es la doctrina calvinista, al menos extrema).

Pero la manera en que la Escritura trata con los incrédulos se halla más bien en contraste con la inferencia deductiva calvinista, al igual que lo que dice sobre el libre albedrío humano en contraste con la inferencia deductiva arminiana de la supuesta “capacidad” del hombre natural.

¿Hay algo de parte de Dios que impida la libre elección del hombre para salvarse? La Palabra de Dios tiene la respuesta precisa:

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

“Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Hechos 2:21).

“Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado” (Romanos 10:11).

“Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Romanos 10:13; Véase también 2.ª Corintios 5:19-21).

¿Qué lugar tiene, pues, la voluntad de Dios en este asunto?

“Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna” (Juan 6:40).

“Dios quiere que TODOS los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1.ª Timoteo 2:4).

“El cual se dio a sí mismo en rescate por TODOS” (1.ª Timoteo 2:6).

“Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida” (Apocalipsis 21:6).

“Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Apocalipsis 22:17).

Éstas, y muchas otras Escrituras, prueban contundentemente que no hay nada de parte de Dios que impida o estorbe que TODOS los hombres vengan a Cristo si quieren. Procuremos no dejar de lado ningún versículo de la Biblia. No hay la menor necesidad de hacerlo, si nuestro único deseo es buscar la verdad.

¿ENDURECIMIENTO Y REPROBACIÓN? CASO DE FARAÓN

La mente humana razona de la siguiente manera: Si por la elección de Dios desde la eternidad de algunas personas, sólo cierto número de pecadores serán salvos, la inferencia lógica es que el número restante, por algún decreto similar de Dios, será reprobada y eternamente perdida.

En el endurecimiento de Faraón, algunos han pretendido basar bíblicamente este razonamiento deductivo, que, desde ya diremos, no es bíblico, sino todo lo contrario, como lo acabamos de ver en los textos anteriores.

Este apartado lo hemos publicado aparte, y para leerlo haga click aquí:

Responsabilidad del hombre y soberanía de Dios: Endurecimiento de Faraón W.K.

Un poco de historia sobre la soberanía de Dios en la salvación y el «libre albedrío»

Agustín (354-430 A. D.)

Es natural para la razón del hombre natural creer que éste está dotado de libre albedrío, es decir, de la capacidad de elegir entre el bien y el mal, de donde se sigue que el hombre tiene la capacidad propia de elegir el bien. Ya los maniqueos en la época de Agustín sostenían un predeterminismo según el cual existe en el hombre el principio del bien, que se opondrá al mal.

Esto provoca una reacción en Agustín, quien inicia su controversia contra los maniqueos y produce escritos sobre el libre albedrío, el pecado original y la naturaleza del ser humano, quien también, en relación con esto, escribe sobre la gracia de Dios y la predestinación. Estas últimas obras surgieron como consecuencia de los pelagianos.

Pelagio

Pelagio (354-después de 418 A. D.), junto con su amigo y discípulo Celestio, fue un monje británico cuyo sistema teológico (denominado «pelagianismo») enfatizaba la primacía del esfuerzo humano en la salvación del alma. Pelagio sostenía que el hombre era esencialmente bueno y que Dios lo había hecho libre y capaz de elegir entre el bien y el mal. Su razonamiento era que Dios no podía mandar algo imposible de realizar. Con su doctrina, Pelagio negaba el estado caído y de ruina del hombre.

Esto afectaba su doctrina de la predestinación. Pelagio sostenía que la predestinación se basaba en la presciencia divina, es decir, él creía que la predestinación era condicional, dependiente de las acciones humanas las cuales Dios veía de antemano, y no admitía una predestinación soberana e incondicional de Dios. Estas ideas provocaron la oposición de su contemporáneo, Agustín, quien, para refutarlo, desarrolló detallados tratados sobre la gracia y la predestinación.

Para Agustín, el hombre, tras la caída, se volvió incapaz de hacer bien alguno y, a partir de entonces, quedó sujeto al mal, y su libertad fue sólo para pecar. Este pecado original pasó a todos los hombres, y cada descendiente de Adán pasó a ser miembro de una “masa de perdición”, como él la llamaba.

Para Agustín, el hombre en su estado natural de pecado no puede dar ningún paso hacia la condición de redimido por sí solo: sólo por la gracia de Dios es posible la salvación, y sin ella el hombre no puede ni quiere acercarse a Dios. Para Agustín la gracia es irresistible, pues ella actúa en la voluntad y la mueve a querer el bien. Así, pues, la salvación es exclusivamente obra de la gracia.

Aquí entra en juego otro tema relacionado con la gracia de Dios: la predestinación. Para Agustín, la predestinación de algunos para la gloria es una verdad irrefutable. Si la salvación es gratuita e inmerecida, es decir, que no depende de mérito alguno de parte del que la recibe, se sigue que ella proviene del acto libre y soberano de Dios.

Es digno de destacar, no obstante, que Agustín no enseñó una doble predestinación. Los elegidos, para él, son arrancados de la “masa de perdición” por un acto soberano de Dios. Los que son condenados, continúan en esa masa, pero no por decisión divina, sino por sus propios pecados. Toda la doctrina agustiniana de la gracia y la predestinación testifica de la primacía de Dios en la salvación.

Semipelagianismo

Las enseñanzas de Agustín en torno a la gracia y a la predestinación pronto encontraron oposición dando lugar a largas controversias. Esta oposición vino a llamarse semipelagianismo: si bien los semipelagianos rechazaban las doctrinas de Pelagio, no aceptaban la doctrina agustiniana en su totalidad, lo que implicaba reconocer alguna participación del hombre caído en la salvación, tal como se deja ver en sus escritos.
Es muy importante prestar atención a los argumentos de los semipelagianos, pues los mismos han subsistido hasta nuestros días, constituyendo siempre una amenaza a la fe bíblica que fue bien defendida por Agustín.

A diferencia de Pelagio, los semipelagianos creían que el pecado original, como un principio corruptor en el hombre, es de alcance universal. Pero también creían que la gracia de Dios era necesaria para vencer este principio corruptor. De aquí surge el principio del semipelagianismo: Dios y el hombre colaboran o son copartícipes en la salvación: el hombre, a diferencia del pelagianismo, no puede salvarse sin la gracia de Dios, pero el primer paso hacia la salvación aceptar la gracia de Dios no lo da la gracia, sino el hombre por propia decisión. Para los semipelagianos, el hombre nace en estado de pecado, pero su corrupción innata no llega tan lejos de manera de afectar la capacidad natural de su voluntad para tomar la iniciativa en la aceptación de la salvación.

Initium fidei: el principio del semipelagianismo

Es importante, lo repetimos, entender el argumento semipelagiano, pues es vital en la comprensión de la soberanía de Dios en la salvación. Juan Casiano un semipelagiano que se opuso a Agustín llamó a este supuesto principio o poder innato en el hombre caído (que lo faculta para dar el primer paso hacia la aceptación de la salvación) initium fidei («el inicio de la fe»). Ese paso, según los semipelagianos, es exclusivamente nuestro, y no depende en absoluto de la gracia de Dios, la cual, para ellos, no es así irresistible.

Fausto de Riez otro semipelagiano también llamó a esta supuesta capacidad innata del hombre caído para desear la salvación credulitatis affectus («sentimiento de credulidad»), y algunos hoy día también consideran a la fe como un sentido más de que fue dotado el hombre natural, así como la vista, el olfato o el tacto, capaz de responder ante el llamado divino. Fausto de Riez sostenía que el “inicio de la fe” depende de la libertad humana que nos da la capacidad natural de inclinarnos hacia Dios. El libre albedrío, para él, tiene poder no sólo para pecar, sino también para elegir el bien.

Para Agustín, por el contrario, «el inicio de la fe» radica en la gracia de Dios, que es conferida según la predestinación eterna.

El semipelagianismo no niega la intervención divina en la salvación, la cual constituye un elemento esencial

Todavía hay otro punto: para los semipelagianos, el hombre inconverso, por propia voluntad, es perfectamente capaz de desear aceptar el Evangelio de la salvación, pero no sin la intervención o ayuda divina. Éste es otro punto crucial de la doctrina semipelagiana, pues ellos nunca hablan de una decisión del hombre caído por Cristo aparte de esa divina intervención, y esto los diferencia de las doctrinas de Pelagio.

Es difícil definir exactamente la manera en que el semipelagianismo concibe esta intervención o ayuda divina, pues la misma cobra distintos matices según los autores a lo largo de la historia, unas veces como el poder interno del Espíritu convenciendo al pecador de su perdición eterna, y otras como la simple predicación exterior del Evangelio o la lectura de las Escrituras, sin ningún poder interno de parte de Dios en el hombre. De cualquier manera, el semipelagianismo se basa en el siguiente razonamiento: Dios sería injusto si no hubiera dotado al hombre caído con la capacidad innata de dar al menos el primer paso per se hacia la salvación una vez que oye el Evangelio.

También razonan de esta manera: Si la salvación dependiera inicial y unilateralmente de la libre y soberana elección de Dios, sin la participación activa de la voluntad humana, los no salvos podrían argumentar que fueron condenados por el mero hecho de haber nacido. Dios, así, para los semipelagianos, no sería un Dios justo, por lo que el hombre, para ellos, debe de tener una participación dinámica en la salvación del alma.

En cuanto a la predestinación, como cabía esperarse, y en armonía con su doctrina sobre el libre albedrío, el semipelagianismo reafirmó la doctrina pelagiana de una predestinación basada en la presciencia y que toma en cuenta las acciones humanas, siendo así no absoluta sino condicional.

El resultado del semipelagianismo fue la negación de la acción sobrenatural de la gracia libre, soberana e inmerecida de Dios sobre la voluntad humana para la salvación.

El sínodo de Orange

Agustín, tras su muerte, tuvo no sólo oponentes, sino también seguidores que defendieron su posición (tal es el caso, por ejemplo, de Próspero de Aquitania).

Pero recién en el año 529 el sínodo reunido en Orange condenó formalmente el pelagianismo y algunas proposiciones del semipelagianismo. A continuación resumimos sus cánones más relevantes en relación con nuestro tema:

En cuanto a la naturaleza humana: el pecado de Adán corrompió a todo el género humano, el cual no recibe la gracia de Dios porque la pide, sino viceversa.

El punto de partida de la fe initium fidei no corresponde a la naturaleza humana, sino a la gracia de Dios.

La gracia no se basa en mérito alguno, y sólo por ella el hombre es capaz de hacer el bien, pues todo lo que tiene aparte de ella es miseria y pecado.

El libre albedrío ha sido corrompido por el pecado.

No hay tal cosa como una predestinación de algunos para el mal: Adán abandonó su estado original por su propia iniquidad; los fieles, en cambio, dejan su estado de iniquidad por la gracia de Dios.

Aunque no se mencione la predestinación, en el sínodo se estableció que la decisión soberana de Dios es la que cuenta, y no una determinada presciencia divina que conoce de antemano las actitudes y acciones de los hombres, supuestamente buenas.

Desde Agustín hasta la Reforma

Entre Agustín y los reformadores, las tinieblas más profundas habían invadido a la Iglesia, a pesar de que Dios siempre mantuvo un testimonio de su gracia.

Podemos decir sin titubeos que Agustín fue el gran “campeón de la gracia” la que solo salva al pecador sin las obras y la que lo renueva para poder cumplir obras agradables a Dios. Con sólo leer sus “Confesiones” podemos advertir la impotencia que experimentó antes de su conversión como prisionero del poder del pecado, y cómo comprobó que la gracia de Dios sola pudo liberarlo de la ley del pecado y de la muerte (Romanos 8:2).

Sin duda, Agustín fue el instrumento maravillosamente escogido y preparado por Dios para combatir el error fatal de aquellos que se oponían a la fe: error que rebajaba la gracia de Dios y exaltaba al hombre, y que, lamentablemente subsiste hoy todavía entre un gran número de personas en el mundo cristiano.

Los escritos de Agustín sobre este tema, siglos más tarde, fueron de provecho y bendición para los reformadores, tales como Martín Lutero, a quien Dios escogió para hacer brillar nuevamente la luz de su Palabra y la gran verdad de la salvación sólo por gracia, en virtud de la obra de Cristo.

En el período que sigue hasta la Reforma, muy poco es lo que encontramos acerca de la relación entre la libertad del hombre y la soberanía de Dios en la salvación, excepto algunas disputas dispersas, como las que tuvieron lugar durante el renacimiento carolingio del siglo IX, por lo que no nos detendremos a considerar los detalles.

Cabe destacar que la Iglesia Católica, principalmente en su doctrina sobre el pecado del hombre, aunque concedió amplia libertad de pensamiento en este campo, adoptó las nociones semipelagianas; y el semipelagianismo (salvo excepciones, como Tomás de Aquino, que siguió a Agustín en la doctrina de la predestinación) constituyó el pensamiento dominante, al menos entre los dirigentes de la Iglesia, hasta la Reforma, cuando, a través de hombres escogidos por Dios para sacar a luz las verdades de las Escrituras, vuelve a cobrar vigor la verdad que Agustín había expuesto y defendido en el siglo V.

La Reforma (siglos XVI y XVII) – Lutero y su controversia con Erasmo por el libre albedrío

Erasmo, el humanista y sacerdote católico, decidió atacar a Lutero a fines del siglo XVI mediante un tratado De libero arbitrio (Sobre el libre albedrío), en el cual defendía el libre albedrío humano y reivindicaba la supuesta capacidad de que está dotado el hombre natural para aceptar y decidir el bien por sus propios medios. Era el punto de vista tradicional de los pelagianos y semipelagianos, que Agustín había combatido tan vigorosa y fielmente.

Lutero, entonces, como respuesta al tratado de Erasmo, compuso un tratado titulado De servo arbitrio (La esclavitud del albedrío), en el cual explicó que el pecado había destruido la libertad humana, y que el hombre ya no es más dueño de su albedrío, sino que éste es esclavo del pecado, y la voluntad humana ahora no puede decidir más que hacer el mal.

Calvino (1509-1605)

Los reformadores, en general, estuvieron de acuerdo con Agustín. Calvino, como se puede apreciar en su obra Institución de la religión cristiana, sostenía, siguiendo a Agustín, que el hombre nace en estado de pecado, heredado por todo el género humano desde Adán. Los reformadores reafirman el concepto agustino de la Total Depravación del hombre, es decir, que la corrupción se extiende a todas las facetas del ser humano, y la voluntad no constituye ninguna excepción, pues también se ha corrompido, y, estando atada al pecado, no hay uno solo de nosotros que busque a Dios. Para Calvino, Dios elige soberanamente, implicando con esto que lo hace de forma independiente de Su presciencia, es decir, que la elección por parte de Dios no depende del conocimiento anterior que Dios tiene de las acciones humanas futuras. Es Dios quien da a quienes él quiere el oír la Palabra, y los electos así pueden tener la seguridad de la salvación, al ser ésta independiente de la voluntad humana.

A diferencia de Agustín, Calvino enseñó una doble predestinación, es decir, que Dios no sólo decide el destino de sus elegidos para gloria, sino que también elige a aquellos que han de sufrir eterna perdición. (Esto es puramente deducción de la lógica deductiva, la que fue empleada por el calvinismo para sus conclusiones teológicas).

Arminianismo y Calvinismo

En el siglo XVII surge una reacción contra las enseñanzas de Calvino, y una reivindicación de las nociones del semipelagianismo. A este movimiento teológico se le llamó entonces arminianismo, y se opuso a la doctrina reformada de la predestinación, afirmando que la soberanía de Dios y el libre albedrío del hombre son compatibles.

El movimiento debe su nombre a Jacobo Arminio (1560-1509), un teólogo reformado holandés que se involucró públicamente en un debate con Francisco Gomaro respecto a la interpretación calvinista sobre los decretos divinos referentes a la elección y a la reprobación.

Pero el movimiento conocido como arminianismo fue más divergente que Arminio de la teología reformada. Para tener una noción de las enseñanzas del arminianismo, es útil repasar la Remonstrancia (1610), un documento firmado por 46 ministros, y que fuera sometido luego a revisión por el Sínodo de Dort (1618-19), que lo condenó.
Los cinco puntos pueden resumirse así:

Sobre la predestinación, estaba condicionada a la fe del hombre o a su incredulidad. Es decir, no depende de la iniciativa divina, sino de la presciencia con respecto a quiénes creerían y quiénes no.

Sobre el alcance de la expiación, Cristo murió por todos los hombres, pero su sacrificio es eficaz únicamente para aquellos que creen. No hay tal cosa como una expiación limitada a los elegidos.

En cuanto a la depravación total, si bien afirmaban que el hombre en estado de pecado no puede por sí mismo ni pensar ni desear hacer el bien, ello no significa que la gracia sea irresistible: sin la ayuda del Espíritu Santo, el hombre es incapaz de responder a la voluntad de Dios.

En lo que se refiere a la gracia irresistible, para los remonstrantes la gracia, en cuanto a su manera de operar, no es irresistible.

Por último, en cuanto a la perseverancia de los santos (es decir, la seguridad eterna), afirmaban que los creyentes son capaces de resistir al pecado, pero siempre subsiste la posibilidad de caer de la gracia (es decir, la salvación puede perderse).

El sínodo de Dort dio también sus opiniones sobre cada uno de los cinco puntos, condenando a los remonstrantes, los cuales, no obstante, fueron tolerados por 1630. De todos modos, puede advertirse claramente cómo el arminianismo (en este caso “remonstrante”) constituye un mero resurgimiento del viejo semipelagianismo, con los mismos argumentos que se presentaron doce siglos antes, reclamando una vez más, según su lógica, que la supuesta “dignidad del hombre” requiere una plena libertad de la voluntad o albedrío, lo que equivale a decir que el paso inicial de la salvación, no es de Dios, sino que proviene de la decisión del hombre natural “con la participación” de la gracia divina interviniente: el antiguo principio semipelagiano del “initium fidei”, que ya hemos repasado.

Para terminar este resumen, observemos que los términos “arminianismo”y “calvinismo” se refieren a sistemas teológicos. Si bien Calvino se basó en un principio esencial que inspiró toda su doctrina, a saber, la soberanía absoluta de Dios, él mismo se dejó llevar por la lógica, alcanzando deducciones opuestas a la revelación divina, desarrollando una larga y lamentable teoría de doble predestinación absoluta. De la gran verdad de la elección absoluta de Dios, él dedujo que Dios había fijado desde la eternidad la suerte de cada criatura. La gracia de Dios, para Calvino, no sería ofrecida para todos los hombres, sino únicamente para los elegidos, lo cual le colocó en oposición formal con la Escritura: Tito 2:11, la que afirma que la salvación se ofrece a todos los hombres sin excepción. La aplicación de la lógica a la verdad bíblica es lo que dio lugar posteriormente a un sistema teológico basado en razonamientos deductivos: el calvinismo.

El calvinismo como sistema empezó a ser desarrollado por su sucesor Teodoro de Beza (1519-1605), quien sistematizó las enseñanzas de Calvino aplicando aún más que aquél los principios de la lógica deductiva hasta llegar a conclusiones extremas que escapan y hasta contradicen la verdad Escrituraria. Este extremo es más bien conocido como hipercalvinismo, pues sus conclusiones lógicas anulan la verdad de la responsabilidad del hombre de responder al Evangelio, lo que lo terminan convirtiendo en un simple títere.

Pero hasta aquí este resumen. Este tema se relaciona con la verdad de la eterna seguridad del creyente y con su elección desde la eternidad. Estas verdades —que hacen depender la salvación únicamente de la gracia soberana y eterna de Dios y no de la elección de la pobre criatura caída que aborrece la gracia—, están íntimamente relacionadas entre sí, y se han de entender y aceptar en conjunto para ser coherentes con la gracia soberana (de lo contrario se cae en absurdos, por ejemplo, al creer que Dios nos salvó soberanamente, pero que de nuestra elección depende si seguimos siendo salvos o nos perdemos eternamente). Continuaremos el tema en otra oportunidad, Dios mediante.

La enseñanza de los doce apostoles

Tal es el título de un manuscrito griego recientemente descubierto que también es conocido más literalmente en su forma más extensa y pretensiosa como «La enseñanza del Señor a los gentiles por medio de los doce apóstoles». Magro e incorrecto, sirve para poner de manifiesto el melancólico y rápido desvío del segundo siglo respecto de la verdad revelada en el primero. El manuscrito data del siglo XI, y fue hallado hace unos años por Filoteo Bryennios, quien más tarde viniera a ser metropolita de Nicomedia, en la biblioteca del patriarca de Jerusalén en Constantinopla. Cualquier estudioso puede apreciar las fuertes analogías entre este documento y la Epístola del Pseudo-Bernabé así como del Pastor de Hermas, de las que generalmente se dice que pertenecen a principios y a mediados del siglo II. Algunos han argüido que son aún más antiguas, pero ni el descubridor más entusiasta defiende una época tan temprana ni semejante.

El único valor de todos estos documentos patrísticos es que constituyen una prueba uniforme e invariable de cuán gravemente la iglesia cayó en el judaísmo. La exagerada estimación de los últimos descubrimientos en nuestros días, formada por hombres de diversas escuelas, demuestra lo mismo hoy.

Si examinamos los dieciséis capítulos que componen el tratado, —exceptuando la oración del Señor y unos pocos textos extraídos sustancialmente de las Escrituras— no encontraremos ni una sola expresión de verdad de peso, nada que indique el gozo de la libertad en Cristo, ninguna claridad en cuanto a la redención, ninguna vaga noción de la presencia del Espíritu Santo enviado del cielo, ni acerca de la relación celestial de la iglesia ni de los privilegios especiales del cristiano. Es peor que deficiente, como puede comprobarse con sólo echar una ojeada al primer capítulo. En él, la ley usurpa el lugar del Evangelio desde el principio hasta el final. Está claro que el autor tenía ante sí, además del Antiguo Testamento, el Sermón del Monte en Mateo, el Evangelio de Juan, las epístolas a los Romanos y a los Corintios y la epístola de Santiago; pero, ¿dónde encontramos una verdadera inteligencia espiritual de las cosas?

Todo es pura letra, no espíritu. No hay ningún testimonio de cómo las almas reciben la vida, de modo de tomar el camino que conduce a la vida y de rechazar el camino ancho que conduce a la muerte; no se expresa ningún sentido justo de esa gracia en la que solamente somos guardados por el poder de Dios mediante la fe. Es notable el contraste con Romanos capítulo 5 u 8, donde, en el último, queda claro que las demandas justas de la ley están cumplidas en aquellos “que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu”. Y lo mismo vemos en el capítulo 13 de esta epístola, donde el amor —imposible en nosotros aparte de la fe y de la vida en Cristo— se dice verdaderamente que es “el cumplimiento de la ley”, amor que nunca la propia ley logró cumplir. Menos todavía la doctrina del tratado es siquiera una aproximación a la doctrina enseñada en las epístolas a los Efesios, a los Colosenses y la primera de Juan.

El autor, sin el menor respaldo, interpola «el ayuno» dentro de su cita de Mateo 5:41, y ofrece una falsa promesa a aquellos que aman a quienes los aborrecen («Vosotros amad a los que os aborrecen, y no tendréis ya enemigos»). ¿Acaso el autor no sopesó nunca la muerte de Esteban, o la de Santiago el hijo de Zebedeo, o de otros que fueron muertos por causa de Cristo, por no mencionar a Aquel que constituye la sustancia y la piedra de toque de toda verdad?

Es sorprendente que algún cristiano fuese a creer que esta débil e incluso falsa expectativa pudiese ser una probable tradición oral de las palabras del Maestro. Sin duda, por regla general, aquellos que son celosos del bien desbaratan a los que hacen daño, como lo muestra 1 Pedro 3 en referencia al Salmo 34. Pero el mismo apóstol enseña que nuestra parte es hacer el bien, padecer por causa de la justicia, y tomarlo con paciencia, lo cual, de hecho, es gracia, no ley, porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigamos sus pisadas.

Incluso esta «Enseñanza» a continuación cita palabras completamente incompatibles con sus comentarios precedentes; pues cuando agrega repetidamente «No puedes esto o aquello» el autor exagera, a menos que su intención guarde consistencia con la gracia. Sus notas, por cierto, son singularmente pobres por todas partes, y en ningún caso sugieren una sola tradición oral digna del Salvador.

¡Qué extraño, frente a Mateo 5:42, imaginarse algún mandamiento tradicional del Señor sobre el tema de dar! ¡Y es algo realmente demasiado malo que un cristiano sensible diga de la última frase del primer capítulo —«Antes de dar limosna, déjala sudar en tus manos, hasta que sepas a quien la das»— que ello claramente se refiera a algún dicho oral de autoridad pronunciado por nuestro Señor o por alguno de sus seguidores más cercanos!

Todos aquellos instruidos en la verdad y familiarizados con las Escrituras más bien juzgarán el documento como de estilo vulgar, completamente indigno del más mínimo sentido de inspiración. Por cierto que es prácticamente imposible de reconciliar con los auténticos escritos que le preceden o con las mismas palabras del Señor.

Hay poco o nada digno de destacar en los capítulos 2 y 3, salvo quizás la frase que Clemente de Alejandría cita como escritura de este tratado, a saber: «Hijo mío, no seas mentiroso, porque la mentira lleva al robo.» Hubiera sido lo mismo que decir «No seas ladrón, pues el robo lleva a la mentira.» Ni uno ni otro pensamiento expresado es conforme a las Escrituras, sino que están muy por debajo del carácter distintivo de ellas.

Pero el capítulo 4 comienza con una exhortación a honrar a aquel que habla la Palabra de Dios como al Señor, y por esta extraña razón: «porque donde se anuncia el señorío, allí está el Señor». Poco después, al urgir en dar con liberalidad, se dice: «Si adquieres algo por el trabajo de tus manos, darás de ello como rescate o redención por tus pecados.» ¿Qué clase de doctrina es ésta? Seguramente que no proviene de Dios, sino que es puramente humana.

De nada sirve referirse a Daniel 4:27, donde el profeta exhorta al vanidoso y caprichoso rey, no a la redención, sino a romper con sus pecados por la justicia (la versión de los LXX dice «por limosna») y sus iniquidades haciendo misericordia para con los pobres (o afligidos) “pues tal vez será eso una prolongación de tu tranquilidad”. ¡Qué sobria es la Palabra de Dios, en contraste con la falsa y extravagante palabra del hombre! Estoy enterado de los esfuerzos por hacer que la versión caldea profiera un error similar, y cómo los padres griegos y latinos, así como otras mentes supersticiosas lo adoptaron. Pero De Dieu y otros refutaron mucho tiempo atrás la heterodoxia, y sobre sólidos fundamentos lingüísticos. La traducción hecha tanto por la Versión Autorizada como por la Revisada, es correcta.

No vale la pena seguir revisando el tratado y adentrarnos a considerar cuestiones de menor importancia; pero en todos estos detalles también, el tratado se aparta de las Escrituras.