La separación del mal es el principio divino de la unidad

La unidad es una necesidad presente ante el avance del mal

Todo cristiano sensato siente hoy la falta de unidad. Todos sentimos el poder del mal que nos acecha. Las seducciones del pecado se aproximan tan cerca, sus rápidos y gigantescos progresos son tan evidentes, y afectan de una manera tan íntima los sentimientos particulares que caracterizan a toda clase de cristianos, que no es posible que sean ciegos a lo que pasa alrededor de ellos, por poco que aprecien la verdadera fuerza y el carácter de este mal.

Mejores y más santos sentimientos también despiertan en ellos la conciencia de un peligro común que los amenaza, peligro que amenaza la causa de Dios —en tanto ésta es confiada a la responsabilidad del hombre— por parte de aquellos que nunca ahorraron ni ahorrarían esfuerzos por destruirla. Y dondequiera que el Espíritu de Dios obre para hacer apreciar a los santos la gracia y la verdad, esta acción tiende y conduce a la unión, porque no hay más que un solo Espíritu, una sola verdad y un solo cuerpo.

Los sentimientos que produce la conciencia del progreso del mal, pueden ser diversos. Algunos, aunque sean pocos en número, tal vez todavía confían en los baluartes en que tanto tiempo se han apoyado, baluartes cuya fuerza residía solamente en el respeto que demandaban, el cual ya no existe más. Otros confían en un poder imaginario de la verdad, poder que la verdad nunca ha ejercido sino en una manada pequeña, porque Dios y la obra de su Espíritu estaban allí. Otros pusieron su esperanza en una unión que jamás ha sido todavía un instrumento de poder a favor del bien, es decir en una unión por acuerdo y de convención.

Otros todavía se sienten obligados a abstenerse de participar en una unión semejante, por motivo de acuerdos ya existentes, o de ciertos prejuicios, de manera que la unión tienda a formar nada más que un partido. Pero el sentimiento de peligro es universal. Uno siente que aquello que por mucho tiempo fue tenido en menos como mera teoría, ahora se hace, prácticamente, sentir demasiado como para poder ser negado; si bien la inteligencia de la Palabra, que había hecho prever el mal a aquellos que fueron objetos de esta burla, puede ser todavía rechazada y despreciada.

Dónde se encuentra la verdadera unidad

Pero este estado de cosas conlleva dificultades y peligros de una clase particular para los santos, y conduce a buscar dónde está el camino del fiel, y dónde se encuentra la verdadera unidad. Debido a la excelencia misma y al precio de la unidad, aquellos que por mucho tiempo apreciaron el valor y comprendieron la obligación de mantenerla, que pesa sobre los santos, corren peligro de dejarse guiar por el impulso de aquellos que se negaron a ver estas cosas cuando les fueron presentadas a la luz de las Escrituras; están expuestos a dejarse inducir a abandonar los principios y el camino mismo que su comprensión más clara de la Palabra divina los había conducido a abrazar, previendo la tormenta venidera.

Esta preciosa Palabra les había enseñado que la tormenta se aproximaba, y, mientras la estudiaban con calma, les había mostrado el camino que ella traza para el creyente en ese tiempo, y la verdad para todos los tiempos. Ahora se les insta a abandonar este camino para seguir la vía que sugiere a la mente del hombre el peso de los temores que habían anticipado; se los quiere empujar a una vía que, aunque pueda tener su fuente en un impulso bueno, no era trazada por la Palabra de Dios cuando ésta era escudriñada en paz. Pero ¿debían los fieles desviarse de la senda que la inteligencia, generalmente rechazada, de la Palabra les enseñó, para seguir la luz de aquellos que no quisieron ver?

Los peligros de la unidad a cualquier costo

Éste, sin embargo, no es el único peligro al cual están expuestos los santos; mi objetivo tampoco es detenerme en los peligros, sino considerar el remedio. Hay en la mente del hombre una tendencia constante a caer en el sectarismo, y a establecer una base de unión que es exactamente lo contrario a lo que acabo de hacer alusión, a saber, un sistema de una clase o de otra, al cual la mente se aferra y alrededor del cual los fieles y otros se reúnen, un sistema que, pretendiendo estar basado en el verdadero principio de la unidad, considera como cisma todo lo que se separa de él, asociando el nombre de unidad a lo que no es el centro y plan divinos de la unidad.

Dondequiera que esto suceda, se verá que la doctrina de la unidad se convierte en la sanción de alguna especie de mal moral, de algo contrario a la Palabra de Dios; y la autoridad de Dios mismo, que se vincula a la idea de unidad, viene a ser, merced a este último pensamiento, un medio de comprometer a los santos a permanecer en el mal. Además, uno es forzado a perseverar en este mal a causa de todas las dificultades que encuentra la incredulidad para separarse de aquello en que está establecida, de aquello a lo que se aferra el corazón natural, y que, en general, es la esfera en que los intereses temporales encuentran su satisfacción.

Ahora bien, la unidad es una doctrina divina y un principio de Dios; pero como el mal es posible dondequiera que la unidad se asume por sí misma a fin de constituir una autoridad decisiva, en cuanto el mal entre, la obligación forzosa de unidad liga al mal, porque la unidad, donde existe el mal, no debe ser quebrantada. Tenemos de esto un ejemplo notorio en el catolicismo. La unidad de la Iglesia, allí, constituye el gran fundamento del razonamiento papista, y esta unidad sirvió de pretexto para mantener el mundo, podemos decirlo así, en todas las atrocidades que fueron sancionadas, prevaliéndose del nombre del cristianismo, de una autoridad para asociar a las almas con el mal, hasta que su propio nombre se volvió vergonzoso para la conciencia natural del hombre.

La base de la unidad puede pues, encontrarse, en alguna medida, en el liberalismo que surge como consecuencia de la falta de principios; o en la estrechez de una secta formada sobre la base de una idea; o, tomada en sí misma, puede basarse en la pretensión de ser la Iglesia de Dios, y así, en principio, favorecer tanta indiferencia respecto del mal como convenga al cuerpo o a sus dirigentes tolerar, o hasta donde Satanás los pueda arrastrar.

¿Qué unidad es la que Dios realmente reconoce?

Si, pues, el nombre de unidad es tan poderoso en sí mismo, y en virtud de las bendiciones que también Dios mismo ha vinculado a ella, nos conviene comprender cuál es la unidad que Dios realmente reconoce. Esto es lo que me propongo examinar, reconociendo que el deseo de esta unidad es algo bueno, y que varias de las tentativas hechas para llegar a ella, contienen elementos de piedad, aun cuando los medios empleados no aporten a nuestro juicio la convicción de que son de Dios.

Nadie puede negar que es necesario que Dios mismo sea el centro y la fuente de la unidad, y que sólo él puede serlo tanto en poder como por derecho. Un centro de unidad fuera de Dios, cualquiera que sea, es por ende una negación de su Deidad y de su gloria, un centro independiente de influencia y de poder, y Dios es el justo, verdadero y único centro de toda verdadera unidad. Todo lo que no depende de este centro es rebelión. Pero esta verdad tan simple, y tan necesaria para el cristiano, ilumina inmediatamente nuestro camino.

La caída del hombre es lo contrario de esto. El hombre era una criatura subordinada, y, además, “figura de aquel que había de venir”; quiso ser independiente, y es, en el pecado y la rebelión, el esclavo de un rebelde más poderoso que él, ya en la dispersión de las voluntades propias particulares, ya en la concentración de estas voluntades en el dominio del hombre en la tierra. Es menester, pues, que demos un paso más; es necesario que Dios sea un centro de bendición, así como de poder, cuando se rodea de huestes o multitudes unidas y moralmente inteligentes.

Sabemos que castigará a los rebeldes con eterna destrucción fuera de Su presencia, abandonándolos al tormento sin esperanza de su odio y de su egoísmo individuales y privados de todo centro; pero es necesario que el mismo Dios sea un centro de bendición y santidad, ya que él es un Dios santo, y es amor. La santidad en nosotros —a la vez que, por su naturaleza, es separación del mal—, consiste precisamente en tener a Dios, al Santo —que también es amor— por objeto, centro y fuente de nuestros afectos.

Él nos hace participantes de su santidad (porque él es esencialmente separado de todo mal, que él como Dios conoce, pero como lo contrario de lo que él mismo es); pero en nosotros, la santidad debe consistir en que nuestros afectos, nuestros pensamientos y toda nuestra conducta tengan su centro en él, y deriven de él, manteniendo esta posición en una entera dependencia de él. Más tarde me referiré al establecimiento y al poder de esta unidad en el Hijo y en el Espíritu: pero hago hincapié aquí en la grande y gloriosa verdad misma que constituye el objeto de estas páginas.

El gran principio de la unidad es verdadero incluso en cuanto a la Creación

El gran principio de la unidad es verdadero incluso en cuanto a la Creación. Ella fue formada en la unidad, y Dios era el único centro posible. Será nuevamente restaurada a la unidad, teniendo a Cristo, su centro, por Cabeza: el Hijo, por quien y para quien fueron creadas todas las cosas (Colosenses 1:16). La gloria del hombre (y también su miseria como hombre caído) es ser hecho así un centro, en la posición que se le asignó —”la imagen de Aquel que ha de venir” pero, lamentablemente, una vez que cayó, la falsificación de aquél en un estado de rebelión en esta misma posición.

Que yo sepa (y no me atrevo a decir más), los ángeles nunca fueron constituidos el centro de ningún sistema; pero el hombre, sí. Era su gloria ser el señor y el centro de este mundo inferior —teniendo a Eva asociada, pero dependiente, como compañera y ayuda—. Él era la imagen y la gloria de Dios (1.ª Corintios 11:7). Su dependencia le hacía mirar hacia arriba, y en esto está la verdadera gloria y la bienaventuranza para todos, excepto Dios. La dependencia mira hacia arriba, y es así exaltada por encima de sí misma; la independencia no puede sino mirar hacia abajo (porque no puede, en una criatura, llenarse de sí misma), y se degrada. La dependencia es la verdadera grandeza de una criatura, cuando el objeto de que depende es el que corresponde.

El estado primitivo del hombre no era la santidad en el sentido propio de esta palabra, porque el mal no era conocido. El estado del hombre (aunque un estado de creación feliz y bendecida) no era un estado divino; era un estado de inocencia. Pero esta inocencia se perdió cuando el hombre quiso ser independiente. Si el hombre vino a ser como Dios, conociendo el bien y el mal, se volvió como tal con una conciencia culpable, el esclavo del mal que conocía, y en una independencia en la cual no podía mantenerse, al tiempo que había perdido moralmente a Dios para depender de Él.

La unidad, tras la entrada del pecado, se basa en la separación del mal

Con este estado —pues debemos volver ahora a la presente cuestión práctica de la unidad— con el hombre en este estado, Dios tiene que tratar, si se ha de alcanzar una unidad real y verdadera que Dios pueda reconocer.

Ahora bien, es necesario aún aquí que Dios sea el centro, no solamente en poder creador, pues el mal existe, el mundo yace en maldad, y el Dios de unidad es el Dios santo. La separación, la separación del mal, viene a ser, pues, la base necesaria y el único principio —no digo el poder— de la unidad.

Porque es necesario que Dios sea el centro y el poder de esta unidad, y el mal existe, y es necesario que aquellos que deben formar parte de la unidad de Dios estén separados de esta corrupción, porque Dios no puede unirse de ninguna manera al mal.

No hay unidad práctica sin separación del mal

La separación del mal, insisto, es, pues, el gran principio fundamental de toda unidad verdadera. Sin esta separación, la unidad asocia más o menos la autoridad de Dios al mal, y es rebelión contra Su autoridad, como lo es toda autoridad independiente de Él.

Bajo sus formas más modestas, es una secta; bajo su forma más completa, es la gran apostasía, y una de las características de esta apostasía, ya como poder eclesiástico, ya como poder secular, la constituye la unidad; pero una unidad basada en la sujeción del hombre a lo que es independiente real o abiertamente de Dios, porque lo es de su Palabra; una unidad que no está basada en la sujeción a Dios, al Dios santo, según su Palabra, y por el poder del Espíritu que actúa en aquellos que son unidos, y por la presencia de aquel que es el poder personal de la unión en el cuerpo.

Pero esta separación de la que hablo, aún no está establecida por el poder judicial de Cristo, que separa, no el bien del mal, ni lo precioso de lo vil, sino lo vil de lo precioso, desterrando el mal de delante de él por un juicio que ata la cizaña en manojos y los echa en el horno de fuego, recogiendo de Su reino a todos los que sirven de tropiezo: Satanás mismo y sus ángeles serán arrojados, y todas las cosas a continuación serán reunidas en uno en Cristo, en los cielos y en la tierra.

Entonces el mundo, no la conciencia, será librado del mal, no por el poder y el testimonio del Espíritu de Dios, sino por el juicio que no permitirá el mal, sino que en seguida cortará a todos los malos.

No estamos ahora, lo repito, en los días de esta separación judicial del mal respecto del bien en el mundo, como el campo que pertenece a Cristo, mediante el exterminio y la destrucción de los malos. Pero la unidad no es por eso abandonada ni borrada del pensamiento de Dios, ni tampoco puede Dios reconocer la unión entre el bien y el mal. Hay un solo Espíritu y un solo cuerpo. Él congrega en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos (Efesios 4:4; Juan 11:52).

Ahora bien, el principio general es éste: Dios obra en medio del mal para producir una unidad de la cual Él es el centro y la fuente, y que, en la dependencia, reconoce Su autoridad. No realiza aún esta unidad por la expurgación judicial de los malos. Él no puede unirse con los malos, ni reconocer una unidad que les sea de provecho.

¿Cómo, pues, se lleva a cabo el principio de separación para la unidad?

¿Cómo, pues, se formará esta unidad? Dios separa a “los llamados”, del mal: “salid de en medio de ellos, y apartaos…, y yo os recibiré… y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso”, como está escrito: “habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo” (2.ª Corintios 6:16-18).

El principio de unión se pone de relieve claramente aquí. Dios dice: “salid de en medio de ellos, etc.” No habría podido formar una verdadera unidad en torno a él de otra manera. Puesto que el mal existe —y que incluso es nuestra condición natural— no puede haber unión que tenga por centro y poder al Dios Santo, sino por la separación del mal. La separación es el primer elemento de unidad y de unión, como ya lo venimos repitiendo.

Veamos ahora más de cerca la manera en que esta unidad se efectúa y en qué se basa. Es necesario, para formarla, que haya un poder intrínseco de unión, que la mantenga unida a un centro, así como un poder que separa del mal, y, una vez determinado este centro, rehusar todos los otros. El centro de unidad es necesariamente único y sin rival.

El cristiano no tiene que buscar mucho aquí; este centro, es Cristo, el objeto de los consejos divinos, la manifestación de Dios mismo, el único y solo vaso de poder mediatorio, teniendo el derecho de unir la Creación, como aquel por quien y para quien todas las cosas fueron hechas, y de unir la Iglesia, por ser su Redentor, su Cabeza, su gloria y su vida (compárese Colosenses 1).

Cristo tiene una doble primacía: es “cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo” (Efesios 1:22-23). Esto se cumplirá en su tiempo.

Nos ocupamos, por el momento, del período intermedio, de la unidad de la propia Iglesia, y de su unidad en medio del mal. Ahora bien, no puede haber ningún poder moral que sea capaz de unir lejos del mal, excepto Cristo. Él solo, quien es la gracia y la verdad perfectas, descubre todo el mal que separa de Dios, y del cual Dios separa. Él solo, de parte de Dios, puede ser el centro de atracción que atrae a sí mismo a todos en los cuales Dios actúa así. Dios no reconocerá ningún otro.

No hay otro de quien se pueda dar testimonio, que esté moralmente calificado para concentrar todos los afectos que son de Dios y que tienen a Dios por objeto. La misma redención hace este hecho necesario y evidente: No puede haber sino un solo Redentor; no puede haber sino uno solo a quien un corazón redimido pueda entregarse, y sobre el cual un corazón divinamente regenerado pueda concentrar todos sus afectos, Él solo, el centro y la revelación del amor del Padre.

También Él es el centro del poder para realizar todo esto. “En él mora toda la plenitud” (Colosenses 1:19). El amor, y Dios es amor, se conoce en él. Él es la sabiduría de Dios y el poder de Dios, y más aún, es el poder separador de atracción, porque Él es la manifestación de todo esto y el que lo cumple en medio del mal.

Y esto es lo que nosotros, pobres y miserables seres que estamos en este mal, necesitamos; y es esto, si podemos expresarnos así, lo que Dios necesita para su gloria separadora en medio del mal. Cristo se sacrificó a sí mismo para establecer a Dios, en amor separador, en medio del mal. Había más que eso: la obra de Cristo tenía un alcance mucho mayor; pero hablo aquí de lo que se relaciona con mi tema actual.

Así Cristo viene a ser, no solamente el centro de unidad para el universo en su glorioso título de poder, sino —como el revelador de Dios, como el que ha sido reconocido y establecido por el Padre y como el que atrae a los hombres— que viene a ser un centro especial y particular de afectos divinos en el hombre, un centro alrededor del cual, como único centro divino de unidad, los hombres están reunidos; pues, en efecto, si Cristo es el centro, es necesariamente el único centro: “El que conmigo no recoge, desparrama.”

Tal era, en cuanto al tema que nos ocupa, el objeto mismo y el poder de la muerte de Cristo: “Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo” (Juan 12:32). De una manera más especial, él se dio a sí mismo no solamente para “la nación”, sino “para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos” (Juan 11:51-52).

Pero, aquí también, encontramos esta separación de un pueblo particular: “Quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2:14). Él era el modelo mismo de la vida divina en el hombre, en la separación del mal que lo rodeaba por todas partes.

Era el amigo de los publicanos y los pecadores, haciendo oír a los hombres los dulces acentos de la gracia por un amor tierno y familiar; pero Él fue siempre el hombre separado; y es tal como centro y Sumo Sacerdote de la Iglesia: “Porque tal sumo sacerdote nos convenía: Santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores”, y agrega la Escritura: “hecho más sublime que los cielos”.

La unidad une a un Cristo celestial

Podemos observar aquí de paso que el centro y objeto de esta unidad es celestial. Un Cristo vivo sobre la tierra vino a ser un instrumento para mantener la enemistad, dado que se sometió él mismo a la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas (Gálatas 4:4; Efesios 2:15).

Así pues, aunque la gloria divina de su persona se extendiera necesariamente sobre este muro de separación, como una rama fértil de gracia hacia los pobres gentiles que pasaban por afuera (Génesis 49:22; Marcos 7:27) (y no podía ser de otra manera, ya que allí donde había fe, Cristo no podía negar que él mismo era Dios; ni podía negar lo que Dios era, es decir, amor), sin embargo, como hombre nacido de mujer, nació “bajo la ley”.

Pero por su muerte, derribó la pared intermedia de separación, e hizo de ambos, judíos y gentiles, uno solo, reconciliando a ambos en un solo cuerpo a Dios, haciendo la paz. Por lo tanto, Cristo vino a ser el centro y el único objeto de unidad, por el hecho de haber sido “levantado”, y finalmente “hecho más sublime que los cielos.”

Observemos de paso aquí, que la mundanalidad destruye siempre la unidad. La carne no puede ascender al cielo, ni descender en amor a todas las necesidades. Ella anda en la comparación separadora de su propia importancia: “Yo soy de Pablo…” (1.ª Corintios 1:12). “¿No sois carnales y andáis como hombres?” (1.ª Corintios 3:3).

Pablo no había sido crucificado por los corintios; ni habían sido bautizados ellos en el nombre de Pablo. Sus pensamientos habían descendido al nivel terrenal, y esto mismo había sido hecho de la unidad. Pero el glorioso Cristo celestial los abrazó a todos en una sola palabra: “¿Por qué me persigues?” (Hechos 9:4).

Esta separación de todo lo que no era él, fue más lenta entre los judíos, porque habían sido exteriormente el pueblo de Dios, un pueblo separado; pero después de haberles mostrado todo lo que eran, el inspirado apóstol dijo a los discípulos: “Salgamos, pues, a él, fuera del campamento, llevando su vituperio” (Hebreos 13:13). El Señor quería que hubiese, como resultado, un solo rebaño y un solo Pastor, y Él llevó afuera a sus propias ovejas y fue delante de ellas (Juan 10).

De hecho, tan pronto como mostramos que la unidad es el pensamiento de Dios, la separación del mal será la consecuencia necesaria; pues ella existe como principio en el llamado de Dios antes de la propia unidad. La unidad es Su propósito, y puesto que Dios es el único centro legítimo, la unidad debe ser el resultado de un santo poder; pero la separación del mal es la naturaleza misma de Dios. Así cuando Dios llama a Abraham públicamente, le dice: “Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre” (Génesis 12:1).

Pero prosigamos. Según lo que vimos, es evidente que el Señor Jesús ascendido es el objeto alrededor del cual la Iglesia se agrupa en la unidad: Él es la cabeza y el centro de la Iglesia. Éste es el carácter de la unidad de los que son de Cristo y su separación del mal y de los pecadores. Sin embargo, no habían de ser retirados del mundo, sino guardados del mal, y santificados por la verdad, habiendo sido el mismo Jesús puesto aparte con este fin (Juan 17).

Por eso, el Espíritu Santo fue enviado aquí abajo, no solamente para la manifestación pública del poder y la gloria del Hijo del Hombre, sino para identificar a los llamados con su Cabeza celestial, y para separarlos del mundo en el cual debían permanecer; y el Espíritu Santo vino a ser aquí abajo el centro y el poder de la unidad de la Iglesia en nombre de Cristo, habiendo Cristo derribado la pared intermedia de separación, reconciliando a ambos en un cuerpo mediante la cruz. Los santos, así “congregados en uno”, formaron la morada de Dios por el Espíritu (Efesios 2).

El Espíritu Santo mismo vino a ser el poder y el centro de la unidad —aunque en el nombre de Jesús— de un pueblo separado tanto de entre los judíos como de los gentiles, y librado de este presente siglo malo, para estar unido a su Cabeza gloriosa. Por medio de Pedro, Dios visitó a los gentiles para sacar de ellos un pueblo para Su nombre; y en medio de los judíos, había un remanente según la elección de la gracia, como Pablo mismo, uno de ellos, fue separado de Israel y de los gentiles, a quienes fue enviado.

La realización práctica de la unidad y el poder del Espíritu Santo

Tal invariablemente fue el testimonio. “Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad” (1.ª Juan 1:6). La separación del mal es necesariamente el primer principio de comunión con Él. Cualquiera que ponga esto en tela de juicio es mentiroso y, por tanto, del maligno; contradice el carácter de Dios. Si la unidad depende de Dios, debe ser separación de las tinieblas. Sucede lo mismo con nuestra comunión los unos con los otros.

“Si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros” (1.ª Juan 1:7). Notemos que no hay aquí ningún límite; la Escritura dice: “como Dios está en luz”. En esta luz el bendito Señor nos colocó mediante su preciosa redención, y por ella ha de formarse todo el carácter de nuestra marcha y de nuestra unión. No podemos tener ninguna comunión con Dios fuera de la luz.

Para los judíos era diferente, porque su separación —aunque fue una verdadera separación y, por lo tanto, la misma en principio—, fue solamente una separación exterior en la carne, el camino del Lugar Santísimo aún no se había manifestado, ni siquiera para los santos, aunque, según los consejos de Dios, debían tener su lugar allí en virtud del sacrificio que debía ofrecerse.

Sucede lo mismo con la “comunión los unos con los otros”. “¿Qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia Cristo con Belial? ¿O qué parte el creyente con el incrédulo? ¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos?” Y luego, dirigiéndose a los santos, el Espíritu Santo agrega: “Porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo” (2.ª Corintios 6:14 y siguientes).

De otra manera, provocamos a celos al Señor, como si fuésemos más fuertes que él. Agregaré que la Cena del Señor es el símbolo y la expresión de esta unidad, porque “siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo: pues todos participamos de aquel mismo pan” (1.ª Corintios 10:17). Vemos aquí muy claramente que, como la unidad de Israel estaba basada en la liberación y en el llamamiento que separó a Israel de los gentiles y en el mantenimiento de esta separación, así también la unidad de la Iglesia está basada en el poder del Espíritu Santo descendido del cielo, que aparta del mundo, para Cristo, a un pueblo particular en medio del cual mora: Dios mismo habita así y anda en medio de ellos, pues hay “un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación” (Efesios 4:4).

El nombre mismo de Espíritu Santo, ¿no nos enseña la misma lección? Pues la santidad, es la separación del mal. Además, cualquiera que sea nuestra imperfección en la realización práctica de esta separación, ella tiene siempre necesariamente su principio y su medida en la “luz”, “como Dios está en luz”, habiéndose manifestado el camino del Lugar Santísimo, y descendido el Espíritu Santo para permanecer en la Iglesia aquí abajo, en poder de separación celestial, como centro y poder presente de unidad, exactamente lo que había sido antes el “Shekinah” —la nube de la presencia divina— en Israel.

Él establece la santidad de la Iglesia y su unidad en su separación para Dios, según Su propia naturaleza divina, y según el poder de esta presencia. Tal es la Iglesia, y tal es la verdadera unidad. Un santo no puede, inteligentemente, reconocer ninguna otra, aunque pueda reconocer deseos y esfuerzos para hacer el bien, allí donde no se logra el bien.

La unidad y la disciplina

Podría terminar aquí mis observaciones, habiendo desarrollado el grande, aunque sencillo principio, que deriva de la misma naturaleza de Dios, a saber, que la separación del mal es el principio divino de unidad. Sin embargo, una dificultad que se vincula a mi tema principal se presenta aquí. Suponiendo que el mal se introduzca en el cuerpo así formado ahora en la tierra, el principio ¿seguiría siendo igualmente verdadero? Y en este caso, ¿cómo podrá la separación del mal mantener la unidad?

Aquí podemos mencionar el misterio de la iniquidad (2.ª Tesalonicenses 2); pero el principio de que hablamos, que deriva de la naturaleza misma de Dios que es santo, no puede abrogado. La separación del mal es la consecuencia necesaria de la presencia del Espíritu de Dios, en toda circunstancia, en lo que concierne a la conducta y a la comunión; pero aquí sufre una determinada modificación. La presencia revelada de Dios es siempre judicial, allí donde existe, porque el poder contra el mal se vincula con la santidad que lo rechaza.

Asimismo, en Israel, la presencia de Dios era judicial; el gobierno de Dios, que no permitía el mal, se ejercía. Así también, aunque de otra forma, en la Iglesia. La presencia de Dios allí también es judicial; “ellos no son del mundo”, excepto en testimonio, porque Dios aún no está revelado en el mundo, y, por lo tanto, no arranca la cizaña de ese campo (Mateo 13); mas ella juzga “a los que están dentro”.

Por eso la Iglesia debe quitar de en medio de ella al malo (1.ª Corintios 5:13), y mantener así su separación del mal. La unidad es mantenida por el poder del Espíritu Santo y por una buena conciencia; y para que el Espíritu no sea contristado, y la bendición práctica no se pierda, se exhorta a los santos a que miren bien, no sea que “alguno deje de alcanzar la gracia de Dios” (Hebreos 12:15). Cuán dulce y bendito es este huerto del Señor cuando es mantenido en este estado, y florece exhalando el perfume de la gracia de Cristo.

Pero, lamentablemente, sabemos que la mundanalidad se introduce y el poder espiritual declina; el gusto por esta bendición se debilita porque no se disfruta en el poder del Espíritu Santo; la comunión espiritual con Cristo, la Cabeza celestial, decae, y cesa el ejercicio vivo del poder que rechaza el mal de la Iglesia. El cuerpo no es suficientemente vivificado por el Espíritu Santo para responder al pensamiento de Dios. Pero Dios no se deja nunca sin testimonio.

Él conduce al cuerpo a la conciencia del mal mediante uno u otro testimonio, por la Palabra o por juicios o por ambos medios sucesivamente, para recordarle su energía espiritual, y llevarle a mantener la gloria de Dios y el lugar de esta gloria. Si el cuerpo rehusara responder a la verdadera naturaleza y al carácter de Dios, y a la incompatibilidad de esta naturaleza con el mal, de modo que viniera a ser realmente un falso testigo para Dios, entonces el primero e inmutable principio reaparece: es necesario separarse el mal.

La unidad que se mantiene después de una separación como ésa, se convierte en un testimonio de la compatibilidad del Espíritu Santo con el mal, lo que equivale a decir que ella, en su naturaleza, es “la apostasía”; ella mantiene el nombre y la autoridad de Dios en su Iglesia y lo asocia con el mal.

No es la apostasía abierta y profesada de la incredulidad reconocida y confesada, sino la negación de Dios según el verdadero poder del Espíritu Santo, al tiempo que se hace uso de su nombre. Esta unidad es el gran poder del mal, indicado en el Nuevo Testamento, vinculado a la Iglesia profesante y a la apariencia de piedad. Debemos apartarnos de esta iniquidad.

Este poder del mal en la Iglesia se discierne espiritualmente, y es abandonado cuando se tiene la conciencia de la imposibilidad de efectuar cualquier remedio, o bien, si hay un testimonio público visible, este testimonio es entonces la condenación abierta de ello. Así pues, antes de la Reforma, Dios arrojó luz a muchos que mantuvieron un testimonio respecto de este mismo mal en la Iglesia profesante, manteniéndose aparte de ella; algunos dieron testimonio y, sin embargo, permanecieron en su seno.

Cuando surgió la Reforma, este testimonio fue dado abierta y públicamente, y el cuerpo profesante del catolicismo romano se volvió abierta y confesadamente apóstata, lo cual se hizo evidente en el Concilio de Trento, y tan apóstata como le fuera posible serlo a un cuerpo cristiano profesante.

Pero dondequiera que el cuerpo rehúse poner fuera el mal, este cuerpo, en su unidad, niega el carácter santo de Dios, y entonces la separación del mal es el camino del fiel, y la unidad que haya abandonado es el mayor mal que pueda existir allí donde se invoca el nombre de Cristo. Es probable que algunos santos permanezcan en los sistemas unidos al mal, como algunos, de hecho, permanecieron en el Catolicismo, allí donde no hay poder para reunir a todos los santos juntos; pero el deber del fiel, en casos como éstos, le está claramente trazado por los principios elementales del cristianismo, aunque, sin duda, su fe pueda verse ejercitada por ello.

“Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo” (2.ª Timoteo 2:19). Es posible que “el que se aparta del mal se hace presa de todos” (Isaías 59:15, versión JND); pero queda claro que eso no cambia en nada el principio; es cuestión de fe. El que se separa en semejantes casos, está en el verdadero poder de la unidad según Dios.

Conclusión

Así pues, la Palabra de Dios nos enseña cuál es la verdadera naturaleza, objeto y poder de la unidad; nos da así la medida por la cual podemos juzgar lo que tiene la pretensión de ser esta unidad y por la cual distinguimos el carácter; y, además, nos proporciona el medio de mantener los principios fundamentales de la unidad, según la naturaleza y el poder de Dios, por el Espíritu Santo, en la conciencia, allí donde esta unidad pueda no realizarse al mismo tiempo en poder.

La naturaleza de la unidad surge de la naturaleza de Dios; porque Dios debe ser el centro de la verdadera unidad, y Dios es santo; y él nos introduce en la unidad separándonos del mal. Su objeto es Cristo: él es el único centro de la unidad de la Iglesia, objetivamente como su Cabeza. El poder reside en la presencia del Espíritu Santo aquí abajo, enviado como el Espíritu de verdad, de parte del Padre por Jesús (Juan 14). Su medida, es una marcha en la luz, como Dios está en luz, la comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo; y, podemos añadir: por el testimonio de la Palabra escrita, especialmente la Palabra apostólica y profética del Nuevo Testamento. Esta unidad está edificada sobre el fundamento de los apóstoles y profetas (del Nuevo Testamento), siendo Jesucristo mismo la piedra del ángulo.

El medio de conservarla, es echando fuera el mal, judicialmente si fuera necesario, para mantener por el Espíritu, la comunión con el Padre y con el Hijo. Si el mal no es quitado, entonces la separación de aquellos que no lo quitan, viene a ser un asunto de conciencia. Es necesario volver, aunque fuese solo, a la unidad esencial e infalible del cuerpo, en sus principios eternos de unión con la Cabeza, en una naturaleza santa por el Espíritu. El camino del fiel se torna así claro. Sin duda Dios asegurará, por su eterno poder (no aquí abajo, quizás, sino ante sus ángeles) la justificación de aquellos que han reconocido debidamente Su naturaleza y Su verdad en Jesucristo.

Creo que estos principios fundamentales, que he tratado de sacar a luz aquí, son de la más imperiosa necesidad para el creyente que desea andar fiel y enteramente con Dios. Puede ser doloroso y difícil mantenerse alejados de la unidad latitudinaria; ella, en general, tiene una apariencia agradable; es, en determinadas condiciones, respetable en el mundo religioso; no pone a prueba la conciencia de nadie, y permite la voluntad de todos. Es mucho más difícil llegar a una decisión en cuanto a ella, por cuanto a menudo está acompañada de un verdadero deseo del bien, y asociada a la naturaleza amable.

Rehusarse a andar en ese camino, parece ser rígido, estrecho y sectario; pero cuando el fiel tiene la luz de Dios, debe andar claramente en esa luz. Dios justificará sus caminos a su debido tiempo. El amor hacia todos los santos es un deber (Efesios 1:15); andar en sus propios caminos, no lo es; y el que no recoge con Cristo, desparrama. No puede haber sino una sola unidad; una confederación o alianzas, incluso para bien, no son esta unidad, aunque puedan tener la apariencia. La unidad que profesa ser la de la Iglesia de Dios, mientras el mal existe y no es quitado, es algo todavía más serio.

Se la verá siempre asociada al principio clerical, porque el clero es imprescindible para mantener la unidad cuando el Espíritu Santo no es su poder, y de hecho que el clero toma el lugar del Espíritu, guía, manda, gobierna en Su lugar, bajo el nombre de sacerdocio o de ministerio, reconocido como un cuerpo distinto, como una institución aparte. Esta falsa unidad no se mantendría sin el apoyo del clero.

La perseverancia final. La seguridad eterna del creyente

El tema de la perseverancia final, si bien, a nuestro juicio, es un tema muy simple, ha dejado perplejas a muchas personas; y las cuestiones que Ud. trae a nuestra consideración, así como los pasajes de la Escritura que aduce, prueban abundantemente que su mente no está del todo clara ni definida acerca de este punto. Sin embargo, es posible que Ud. tenga por objeto más bien ser útil a otros que instruirse a sí mismo, provocando una discusión de esta doctrina, a la luz de la Palabra.

En cualquier caso, siempre será una bendición para nosotros compartir con nuestros lectores y con nuestros corresponsales la luz que el Señor, en su gracia, ha tenido a bien comunicarnos sobre temas que son de interés común para todos aquellos que aman la verdad.

Al intentar responder su interesante carta, tenemos que hacer tres cosas, a saber: En primer lugar, establecer la doctrina de la perseverancia final o, en otros términos, la doctrina de la seguridad eterna de todos los miembros de Cristo. En segundo lugar, responder las preguntas que nos presentó, y que, lo reconocemos, los oponentes de la doctrina de la perseverancia final habitualmente esgrimen.

Y en tercer lugar, explicar los pasajes que ha citado y que parecen presentarle grandes dificultades. ¡Quiera el Espíritu Santo enseñarnos y darnos una mente enteramente sumisa a la autoridad de las Escrituras, a fin de que seamos capaces de formar un sano juicio sobre el tema que ahora habremos de examinar!

La doctrina de la perseverancia final o la seguridad eterna del creyente

Primeramente, pues, en cuanto a la doctrina de la perseverancia final, nos parece extremadamente clara y simple si uno la considera en su relación inmediata con Cristo, como, por cierto, toda doctrina debiera ser considerada. Cristo es el alma, el centro y la vida de toda doctrina. Una doctrina separada de Cristo, no es más que un dogma sin vida y sin poder, una mera idea en la mente, un simple artículo en un credo. Ésta es, pues, la razón por la cual debemos considerar cada verdad en sus relaciones con Cristo. Debemos hacer de Él siempre nuestro punto de vista y nuestro punto de partida.

Sólo si nos mantenemos cerca de Cristo, y si desde este gran punto central consideramos todos los demás puntos, podremos formarnos una idea verdaderamente correcta y justa de ellos. Si, por ejemplo, hago del yo mi punto de vista, y desde este punto considero la cuestión de la perseverancia final, puedo estar seguro de que no arribaremos sino a una visión enteramente falsa del tema, puesto que, de esta manera, se tratará de una cuestión de mi perseverancia final, y todo lo que dependa de mí, debe ser necesariamente incierto.

Pero si Cristo es mi punto de partida, y si, desde este centro, examino el tema, la vista que tendré —puedo estar seguro— será correcta, puesto que entonces se tratará de una cuestión de la perseverancia de Cristo; pues bien, yo estoy perfectamente seguro de que él perseverará y de que ningún poder del mundo, de la carne o del diablo podrán jamás impedir que Cristo persevere hasta el fin para la salvación de aquellos a quienes compró con su propia sangre, porque él “puede también salvar perpetuamente (literalmente: ‘hasta lo sumo’, completa o perfectamente) a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (Hebreos 7:25). Ésta es seguramente la perseverancia final, independientemente de cuáles puedan ser las dificultades o los poderes hostiles que surjan contra ella: “Él puede salvar hasta lo sumo”.

El mundo con sus miles de trampas está contra nosotros; pero, afirma la Palabra, “Él puede”. El pecado en nosotros con sus miles de operaciones está contra nosotros; pero, “Él puede”. Satanás con sus miles de maquinaciones, está contra nosotros; pero, “Él puede”. En una palabra, se trata del poder de Cristo, no del nuestro; se trata de la fidelidad de Cristo, no de la nuestra; se trata de la perseverancia final de Cristo, no de la nuestra. Todo depende de Él en este importante asunto.

Él compró sus ovejas, y seguramente las guardará lo mejor que pueda; y, si tenemos en cuenta que “toda potestad le es dada en el cielo y en la tierra” (Mateo 28:18), sus ovejas deben estar perfectamente y para siempre seguras. Si alguna cosa pudiese tocar la vida del más débil cordero de su rebaño, entonces no podría decirse de Cristo, que tiene “Toda potestad”.

Es, pues, de la mayor importancia considerar la cuestión de la perseverancia final como inseparablemente ligada a Cristo. Entonces, las dificultades desaparecen; las dudas y los temores se desvanecen; el corazón es afirmado, la conciencia aliviada, el entendimiento iluminado. Es imposible que uno que forma parte del cuerpo de Cristo perezca jamás; y el creyente es parte de este cuerpo: “Somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos” (Efesios 5:30).

Cada uno de los miembros del cuerpo de Cristo estaba escrito en el libro del Cordero que fue inmolado, desde antes de la fundación del mundo, y nada ni nadie puede borrar lo que está escrito en ese libro. Oigamos lo que nuestro Señor Jesucristo dijo de aquellos que son Suyos: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie (hombre, diablo o cualquier otro) las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre” (Juan 10:27-29).

Con toda seguridad, pues, la perseverancia final se halla comprendida en estas palabras; y, adviértase, además, que no es la perseverancia de los santos solamente, sino la del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Sí, querido amigo, ésta es la manera en que quisiéramos que Ud. considerase el tema en cuestión. Es la perseverancia final de la santa Trinidad. Es la perseverancia del Espíritu Santo al abrir los oídos de las ovejas. Es la perseverancia del Hijo al recibir a todos aquellos cuyos oídos han sido así abiertos. Y, finalmente, es la perseverancia del Padre al guardar, en su propio nombre y en la palma de su eterna mano, el rebaño comprado por la sangre de su Hijo.

Esto está demasiado claro. Debemos o bien admitir la verdad —la verdad consoladora y sustentadora de la perseverancia final—, o bien ceder a la blasfema proposición que atribuye al enemigo de Dios y del hombre el poder de proseguir, con éxito y hasta el fin, la lucha que sostiene contra la santa y eterna Trinidad. No existe término medio entre estas dos posibilidades. “La salvación es de Jehová” (Jonás 2:9), desde el principio hasta su consumación. Es una salvación gratuita, incondicional y eterna.

Desciende a las partes más bajas hasta alcanzar al pecador, en toda su culpa, su ruina y su degradación, para elevarlo allá arriba donde Dios habita en toda su santidad, su verdad y su justicia; y esta salvación es eterna. Dios el Padre es la fuente; Dios el Hijo es el canal; y el Espíritu Santo es el poder por el cual esta salvación se aplica al alma y se goza. Todo es de Dios, del principio al fin; desde el fundamento del edificio hasta la piedra más alta, desde la eternidad hasta la eternidad. Si así no fuese, sería una presuntuosa necedad hablar de perseverancia final; pero, puesto que es así, sería una incredulidad presuntuosa pensar en otra cosa.

Es cierto que, tanto antes como después de la conversión, diversas y numerosas dificultades se presentan en el camino. Tenemos muchos adversarios poderosos; pero precisamente por esta razón debemos mantener la doctrina de la perseverancia final enteramente libre del yo y de todo lo que pertenece a él, y hacerla reposar simplemente en Dios. Cualesquiera que sean las dificultades, y no obstante todos los adversarios, la fe puede siempre decir triunfante: “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?” Y más todavía: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?

Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; Somos contados como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:31; 35-39).

En estos pasajes, de nuevo, la perseverancia final se enseña de la manera más clara y fuerte posible. “Ninguna cosa creada nos podrá separar.” Ni el yo, bajo ninguna de sus formas; ni Satanás, con todos sus artificios y maquinaciones; ni el mundo, con todos sus atractivos o sus desprecios, podrán jamás separar el “nos” de Romanos 8:39 del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro. Sin ninguna duda, hay personas que pueden ser engañadas, y ellas engañar a otras.

Casos de conversiones simuladas pueden presentarse. Puede haber personas que parecen correr bien durante un tiempo, y después fallar. Las flores de la primavera pueden no venir acompañadas de los frutos maduros y dulces del otoño. Todas estas cosas pueden ocurrir y, además, los verdaderos creyentes pueden faltar en muchas cosas. Pueden tropezar y caer en su marcha. Pueden tener más de un motivo para juzgarse a sí mismos y para humillarse en los detalles de la vida práctica.

Pero, dejando el mayor margen posible para todas estas cosas, la importante y preciosa doctrina de la perseverancia final permanece, no obstante, inquebrantable e intacta sobre su eterno y divino fundamento: “Yo les doy (a mis ovejas) vida eterna (no temporaria ni condicional); y no perecerán jamás.” Y leemos también: “Sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mateo 16:18).

La gente puede razonar según sus propias ideas y basar sus argumentos, en casos que se presentan de vez en cuando, en la historia de los cristianos profesantes; mas, en cuanto a nosotros, considerando el tema desde un punto de vista divino, y basando nuestras convicciones en la segura e infalible Palabra de Dios, sostenemos que todos aquellos que pertenecen al “nos” de Romanos 8, a las “ovejas” de Juan 10, y a “la Iglesia” de Mateo 16, están tan seguros como Cristo puede hacer que lo estén, y nosotros creemos que ésta es la suma y la sustancia de la doctrina de la perseverancia final.

Respuestas breves y puntuales a preguntas planteadas

En segundo lugar, querido amigo, responderemos breve y puntualmente a las preguntas que nos plantea.

1. «¿Podrá un creyente ser salvo, sin importar en qué camino de pecado pueda vivir y morir?» Un verdadero creyente será infaliblemente salvo; pero consideramos que la salvación incluye, no solamente una plena liberación de las consecuencias futuras del pecado, sino también del poder y de la práctica del pecado en el tiempo presente. Por eso si nos encontramos con alguno que vive en el pecado, y, sin embargo, presume de su seguridad de salvación, lo consideramos como un antinomiano, y de ningún modo como una persona salva.

“Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad” (1.ª Juan 1:6). El creyente puede caer, pero será levantado; puede se sorprendido, pero será restaurado; puede errar, pero será traído de vuelta, porque Cristo “puede salvarlo hasta lo sumo”, y ninguno de sus pequeños perecerá.

2. «¿Puede el Espíritu Santo morar en un corazón que se entrega sin restricciones al mal y a pensamientos impuros?» El cuerpo del creyente es el templo del Espíritu Santo (1.ª Corintios 6:19). Esta importante verdad es el fundamento sólido sobre el cual reposa toda exhortación a la pureza y a la santidad del corazón y de la vida. Somos exhortados a no contristar al Espíritu Santo (Efesios 4:30). «Entregarse» al mal y a pensamientos impuros, no es en absoluto la marcha cristiana. El cristiano puede verse asaltado, afligido y acosado por malos pensamientos y, en tales, casos, sólo tiene que mirar a Cristo para obtener la victoria.

La marcha que conviene al cristiano está expresada de la siguiente manera en la primera epístola de Juan: “Sabemos que todo aquel que ha nacido de Dios, no practica el pecado, pues Aquel que fue engendrado por Dios le guarda, y el maligno no le toca” (1.ª Juan 5:18). Éste es el lado divino de la cuestión. ¡Lamentablemente, sabemos que también está el lado humano! Pero juzgamos el lado humano por el divino. No rebajamos el punto de vista divino al nivel del punto de vista humano, sino que tenemos siempre por punto de mira el lado divino a pesar del lado humano.

No deberíamos jamás estar satisfechos con nada que sea inferior a 1.ª Juan 5:18. Sólo teniendo siempre en vista el verdadero modelo, podremos esperar alcanzar una altura moral más elevada. Hablar de tener el Espíritu, y, no obstante, «entregarse» al mal y a pensamientos impuros es, a nuestro juicio, el antiguo nicolaitismo (Apocalipsis 2:6, 15), o el moderno antinomianismo.

2. «Si es así, ¿no dirán los demás entonces que cada uno puede vivir como bien le parece?» Ahora bien, ¿cómo le gusta a un verdadero cristiano vivir? Como Cristo, tanto como sea posible. Si alguien hubiese dirigido esta pregunta a Pablo, ¿cuál habría sido su respuesta?: 2.ª Corintios 5:14-15 y Filipenses 3:7-14 nos proporcionan la respuesta. Es de temerse que aquellos que hacen este tipo de preguntas, no conocen sino poco de Cristo.

Comprendemos que una persona pueda hallarse atrapada en los lazos de un sistema teológico que no contempla más que un solo lado de la verdad, y que esté perpleja por los dogmas opuestos de la teología sistemática; pero creemos que aquel que saca de la libertad, de la soberanía y de la firmeza eterna de la gracia de Dios, una excusa para vivir en el pecado, no conoce nada del cristianismo, ni tiene “parte ni suerte en este asunto”, sino que se encuentra en una condición peligrosa y verdaderamente horrible.

En cuanto al caso que usted aduce de un joven que oyó a un ministro declarar en su sermón que «una vez niño, uno es siempre niño», y que tomó ocasión de eso para entregarse y vivir abiertamente en el pecado, no es más que un ejemplo entre mil. Creemos que el ministro tenía razón en lo que dijo, y que el joven estuvo equivocado en lo que hizo. Juzgar las palabras del primero por los actos del último sería un grave error. ¿Qué pensaría yo de mi hijo, si él dijese: «una vez hijo, siempre hijo» y, por tanto, puedo proceder a romper los vidrios de mi padre y a cometer todo tipo de desmanes?

Juzgamos el enunciado del ministro por la Palabra de Dios, y lo declaramos verdadero; juzgamos la conducta del joven por la misma regla, y declaramos que es mala. El asunto es muy simple. No tenemos ninguna razón para creer que el desdichado joven haya realmente gustado alguna vez la verdadera gracia de Dios, porque, si así hubiese sido, él habría amado, cultivado y practicado la santidad.

El cristiano tiene que luchar contra el pecado, pero luchar contra el pecado y revolcarse en el pecado, son dos cosas totalmente opuestas. En el primer caso, podemos contar con la simpatía y la gracia de Cristo para nuestra ayuda; en el otro, se blasfema de hecho el nombre de Cristo por el hecho de que tal conducta hace a Cristo ministro de pecado.

Consideramos que es un grave error juzgar la verdad de Dios por las acciones de los hombres. Todos los que lo hacen deberán llegar a una falsa conclusión. Precisamente se requiere hacer lo contrario para estar en la verdad. Echemos mano de la verdad de Dios primero, y después juzguemos todas las cosas por esta verdad.

Tomemos la regla divina, y que ella sea para nosotros la medida de todas las cosas. Tomemos la balanza del santuario, y midamos el peso de todas las cosas y de cada uno. No debemos regular la balanza según el peso de cada uno, sino que el peso justo de cada uno debe ser juzgado tal como lo marca la balanza divinamente calibrada. Aunque diez mil profesantes renunciaran a su profesión para vivir y morir abiertamente en el pecado, ello no sacudiría nuestra confianza en la doctrina divina de la perseverancia final.

La misma Palabra que prueba la verdad de esta doctrina, prueba también la falsedad de la profesión de los tales. “Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros” (1.ª Juan 2:19). “El fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo” (2.ª Timoteo 2:19).

Explicación de pasajes generalmente aducidos por aquellos que procuran destruir la doctrina de la perseverancia final

Vamos, en tercer lugar, a examinar los diversos pasajes de las Escrituras que, como Ud. dice, habitualmente aducen aquellos que quieren hacer zozobrar la doctrina de la perseverancia final. Pero, antes de hacerlo, consideramos importante establecer un principio fundamental que, a nuestro juicio, es de gran utilidad en la interpretación de la Escritura en general. Este principio es muy simple: Ningún pasaje de la Escritura puede, bajo ningún concepto, contradecir otro.

Si se diera el caso, pues, de alguna contradicción aparente, ella no podría provenir sino de nuestra falta de inteligencia espiritual. Si, por ejemplo, alguien fuese a citar Santiago 2:24 en defensa de la doctrina de la justificación por las obras, podría ser que yo no fuera capaz de responder. Es muy posible que millares de personas, como Lutero, se hayan visto tristemente perplejas por este pasaje.

Ellas han podido experimentar la más clara y plena seguridad de su justificación, no por alguna obra que hayan hecho, sino simplemente “por la fe en Jesucristo”, y, sin embargo, ser completamente incapaces de explicar estas palabras de Santiago: “Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe” (Santiago 2:24).

Ahora bien, ¿cómo debe uno enfrentar una dificultad como ésa? No se entiende realmente al apóstol Santiago. Uno se encuentra muy perplejo por la aparente contradicción entre Santiago y Pablo. ¿Qué se puede hacer? Nada más que aplicar el principio recién mencionado: que ningún pasaje de la Escritura puede, bajo ningún concepto, contradecir otro.

Podríamos también considerar que no es posible una colisión entre dos cuerpos celestiales que circulan cada uno en su órbita asignada por el Creador, como tampoco ver dos autores inspirados contradecirse en sus aserciones. Ahora bien, leo en Romanos 4:5 palabras tan claras como éstas: “Mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia.”

Aquí encontramos que las obras quedan completamente excluidas como fundamento de la justificación, y la fe sola es reconocida. Asimismo en el capítulo 3:28, leemos: “Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin (o, aparte de) las obras de la ley” (griego: χωρις εργων νομον). Y de nuevo: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios” (Romanos 5:1).

En la epístola a los Gálatas, tenemos una enseñanza enteramente similar, expresada en estas palabras: “Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros (los judíos) también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo (griego: εκ πιστεως) y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado” (Gálatas 2:16).

En todos estos pasajes, y en muchos otros más, las obras son cuidadosamente excluidas como fundamento de la justificación, y el lenguaje de estos textos es tan simple y claro que aun “el que anduviere en este camino, por torpe que sea, no se extraviará” (Isaías 35:8). Si, pues, no podemos explicar Santiago 2:24, debemos o bien negar la inspiración del pasaje, o bien recurrir a nuestro principio, a saber, que ningún pasaje de la Escritura puede jamás contradecir otro, y con una confianza inquebrantable y una tranquilidad perfecta, continuar en nuestro gozo en la gran verdad fundamental de la justificación por la fe sola, completamente aparte de toda obra de ley.

Después de haber llamado la atención de mi lector respecto del famoso pasaje de Santiago 2:24, no será superfluo quizá añadir de paso algunas palabras que podrán facilitarle la comprensión. El versículo 14 contiene una pequeña palabra que nos proporciona la clave de todo el pasaje. “¿De qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras?”, pregunta el inspirado apóstol (Santiago 2:14).

Si él hubiese dicho: «¿De qué aprovechará si alguno tiene fe»?, la dificultad sería insuperable, y el desconcierto desesperado. Pero esta importante palabra —“dice”— remueve toda dificultad, y expone, de la manera más simple, la doctrina que el apóstol tiene en vista. Podríamos también preguntar: «¿De qué aprovechará si alguno dice que posee cien mil dólares de renta anual, si no los posee?»

Ahora bien, sabemos que la palabra “dice” es constantemente omitida por aquellos que citan de memoria Santiago 2:14. Algunos hasta se han atrevido a afirmar que esta palabra no se halla en el original. Pero cualquiera que tiene nociones de griego, no tiene más que leer el pasaje para verificar que la palabra λέγη (legue = dice) ha sido puesta allí por el Espíritu Santo, y que todos nuestros principales críticos y editores del Nuevo Testamento la han dejado; apenas podríamos concebir, en un pasaje, una palabra de más vital importancia.

Creemos que la influencia de esta palabra se hace sentir de un extremo al otro en todo este contexto donde aparece. No sirve de nada que un hombre diga meramente que tiene fe; pero si realmente la tiene, hay para él “provecho” para el tiempo y para la eternidad, ya que la fe lo une a Cristo y lo pone en posesión plena e inalienable de todo lo que Cristo ha hecho y de todo lo que Él es para nosotros delante de Dios.

Esto nos conduce a otro aspecto del tema que contribuirá más a desvanecer las aparentes contradicciones entre los dos inspirados apóstoles, Pablo y Santiago. Hay una diferencia muy sustancial entre las obras de la ley y las obras de la fe. Pablo, con un santo celo, excluye las primeras; mientras que Santiago recomienda con insistencia las últimas.

Pero nótese con cuidado que son sólo las primeras las que Pablo excluye, así como son sólo las últimas las que Santiago recomienda. Las obras de Abraham y de Rahab no fueron obras de ley, sino obras de fe, de la vida divina en ellos. Ellas eran el fruto natural y genuino de la fe, aparte de la cual, ellas no habrían poseído absolutamente ninguna virtud justificadora.

Es digno de notar que, en la historia de cuatro mil años antes de Cristo, el Espíritu Santo, por el apóstol, haya hecho elección de obras tales como las de Abraham en Génesis 22 y la de Rahab en Josué capítulo 2, más que alegar algunos de los numerosos actos de caridad o de benevolencia, si bien seguramente pudo haber seleccionado fácilmente muchos de ellos a partir de de la inmensa masa de materiales que tenía a su disposición.

Parece que, previendo el uso que el enemigo haría del pasaje que ahora estamos considerando, el Espíritu Santo eligió con cuidado dos ejemplos similares en apoyo de su tesis, que prueban, sin lugar a ninguna duda, que él insiste a favor de las obras de fe, y no a favor de las obras de ley; de manera que la inapreciable doctrina de la justificación por la fe, aparte de las obras de la ley, permanezca enteramente intacta.

Finalmente, si alguno deseara saber cuál es la diferencia entre las obras legales y las obras de la fe, podemos decir simplemente que las obras de ley son aquellas que se llevan a cabo con el objeto de obtener la vida; las obras de fe, en cambio, son el fruto natural y genuino de la vida divina que uno posee.

Pero, ¿qué se debe hacer para obtener la vida? “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna” (Juan 5:24). Es menester que tengamos la vida antes de poder hacer la obra más insignificante; y obtenemos la vida, no “diciendo” que tenemos fe, sino que, teniéndola realmente, obtenemos la vida; y cuando tenemos la vida, seguramente manifestaremos los preciosos frutos de la fe, para la gloria de Dios.

Así pues, podemos no solamente creer implícitamente que Pablo y Santiago deben estar de acuerdo, sino que claramente vemos que lo están.

Habiendo así procurado definir nuestro principio e ilustrarlo mediante ejemplos, dejamos que Ud., querido amigo, lo aplique en los diferentes casos difíciles y desconcertantes que se le puedan presentar al estudiar la Escritura, mientras que nosotros intentaremos explicar, en la medida que el Señor nos dé la capacidad, los importantes pasajes de la Escritura que Ud. nos ha presentado.

La primera cita está tomada de la segunda Epístola de Pedro: “Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina” (capítulo 2:1). La dificultad de este pasaje surge, probablemente, de estas palabras: “Negarán al Señor que los rescató”. Pero no existe realmente ninguna dificultad en estas palabras.

El Señor tiene un doble derecho sobre cada uno, hombre, mujer y niños, bajo la bóveda celeste. Un derecho basado en la Creación (Juan 1, Colosenses 1 y Hebreos 1), y un derecho basado en la redención, como Hijo del hombre, por el cual compró todo (en Mateo 13:44 se ve que el campo es comprado para obtener el tesoro que está en él, y previamente en el v. 38 se dice que el campo es el mundo).

A esto último se refieren las palabras del apóstol. Los falsos maestros no solamente negarán al Señor que los hizo, sino también al Señor que los compró. Es importante prestar atención a este punto; ello nos ayudará a aclarar más de una dificultad. El Señor Jesús ha adquirido un derecho sobre todos los miembros de la familia humana. El Padre le dio poder sobre toda carne (Juan 5:27-27). De ahí el pecado de aquellos que lo niegan.

Sería un pecado que se lo negara como Creador. Es un pecado mayor negarle como Redentor. No se trata en absoluto de una cuestión de regeneración o nuevo nacimiento. El apóstol no dice que «negarán al Señor que los hizo nacer de nuevo». En este caso, ciertamente habría una dificultad; pero tal como el pasaje está construido, deja enteramente intacta la doctrina de la perseverancia final.

El segundo pasaje se encuentra al final del mismo capítulo (v. 20-22). “Ciertamente, si habiéndose ellos escapado de las contaminaciones del mundo, por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, enredándose otra vez en ellas son vencidos, su postrer estado viene a ser peor que el primero… Pero les ha acontecido lo del verdadero proverbio: El perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno.”

La difusión del conocimiento de las Escrituras y de la luz del Evangelio puede ejercer —y ejerce frecuentemente— una asombrosa influencia sobre la conducta y el carácter de personas que jamás han conocido y experimentado el poder salvador, vivificador y liberador del evangelio de Cristo. Es casi imposible que una Biblia abierta circule o que un evangelio gratuito sea predicado, sin que sean acompañados de resultados sorprendentes, en los que, sin embargo, se verá que falta por completo el gran resultado esencial: el nuevo nacimiento.

Se pueden dejar muchos hábitos groseros, renunciar a diversos actos de impureza, bajo la influencia de un “conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo” puramente intelectual, sin que el corazón haya sido jamás realmente alcanzado para salvación. Ahora bien, se verá siempre que aquellos que escapan de la influencia de la luz evangélica —si bien esta influencia nunca se extendió más allá de su conducta exterior— se hunden en el mal mucho más profundamente que antes de haber sufrido esta influencia, y se entregan más que nunca a excesos de mundanalidad y de insensatez; “su postrer estado viene a ser peor que el primero” (v. 20).

El diablo halla todo su deleite en arrastrar al otrora profesante en un fango más profundo que aquel en el cual se revolcaba en los días de su ignorancia y de su indiferente necedad. De ahí la urgente necesidad de insistir, a todos aquellos con quienes nos relacionamos, sobre la importancia de volver segura su profesión, de tal manera que el conocimiento de la verdad no actúe solamente sobre su conducta exterior, sino que alcance el corazón y comunique esa vida que, una vez que se la posee, jamás se puede perder.

No hay nada en este pasaje que pueda horrorizar a la oveja de Cristo, sino que hay más bien serias advertencias para aquellos que, aunque hayan revestido por un tiempo la apariencia exterior de ovejas, jamás han sido interiormente diferentemente que como el perro y la puerca.

Ezequiel 18:24, 26: “Mas si el justo se apartare de su justicia y cometiere maldad, e hiciere conforme a todas las abominaciones que el impío hizo, ¿vivirá él? Ninguna de las justicias que hizo le serán tenidas en cuenta; por su rebelión con que prevaricó, y por el pecado que cometió, por ello morirá… Apartándose el justo de su justicia, y haciendo iniquidad, él morirá por ello; por la iniquidad que hizo, morirá.” Con esto podemos relacionar su alusión a 2.º Crónicas 15:2: “Jehová estará con vosotros cuando vosotros estéis con él.

Si le buscáis, él se dejará hallar; pero si le abandonáis, él os abandonará.” Nos sentimos constreñidos, querido amigo, a decir que aquellos que aducen pasajes de la Escritura tales como éstos, como si afectaran en alguna medida la verdad de la perseverancia final de los miembros de Cristo, dan evidencias de una triste falta de inteligencia espiritual. Estos pasajes, así como otros innumerables textos análogos del Antiguo Testamento, al igual que muchos pasajes similares del Nuevo, nos exponen el tema profundamente importante del gobierno moral de Dios. Ahora bien, ser simplemente un objeto del gobierno de Dios es una cosa, y ser un objeto de su gracia inmutable, es otra.

Nunca debemos confundirlos. Tratar a fondo este tema, desarrollando y haciendo referencia a los diversos pasajes que lo ilustran y le dan vigor, demandaría un volumen. Aquí sólo nos limitaremos a añadir que, según nuestra íntima persuasión, ninguno que no distinga correctamente entre el hombre bajo el gobierno y el hombre bajo la gracia, podría comprender la Palabra de Dios. En el primer caso, el hombre es considerado como marchando aquí abajo en una posición de responsabilidad y de peligro; en el segundo caso, es considerado como asociado con Cristo en lo alto, en una posición de privilegios inalienables y de eterna seguridad. Los dos pasajes del Antiguo Testamento a los que Ud. nos remitió, se relacionan enteramente con el gobierno de Dios y, en consecuencia, no tienen absolutamente nada que ver con la cuestión de la perseverancia final.

Mateo 12:45: “Entonces va, y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entrados, moran allí; y el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero. Así también acontecerá a esta mala generación.” La última frase de este pasaje explica todo el contexto. Nuestro Señor describe la condición moral del pueblo judío.

El espíritu de idolatría había salido de ellos, pero sólo por un tiempo, y para volver de nuevo con una fuerza y una energía siete veces mayores, de manera que su postrer estado vendrá a ser infinitamente peor que todo lo que habrá tenido lugar hasta entonces en su maravillosa historia. Este pasaje, tomado en una acepción secundaria, bien puede aplicarse a un individuo que, habiendo sufrido cierto cambio moral y manifestado un grado de mejora en su conducta exterior, luego retrocede y se vuelve más abiertamente corrompido y más vicioso que nunca.

2.ª Juan 8-9: “Mirad por vosotros mismos, para que no perdáis el fruto de vuestro trabajo, sino que recibáis galardón completo. Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ése sí tiene al Padre y al Hijo.” En el versículo 8 el apóstol exhorta a la señora elegida y a sus hijos a que miren por sí mismos, de manera de no perder nada del fruto de su ministerio. La señora y sus hijos debían ser una parte de su recompensa en el día de gloria venidero, y el apóstol deseaba ardientemente presentarlos exentos de faltas en presencia de esta gloria, a fin de recibir su plena recompensa.

El versículo 9 no requiere ninguna explicación. Es de una simplicidad solemne. Si alguno no permanece en la doctrina de Cristo, él no posee nada. Dejemos escurrir la verdad en cuanto a Cristo, y no tendremos ninguna seguridad respecto de nada. El cristiano tiene con toda seguridad necesidad de andar con vigilancia para escapar de las múltiples trampas y tentaciones que lo rodean; pero ¿cómo será esta vigilancia mejor obtenida o mantenida: poniendo su pie sobre la arena movediza de sus propias obras, o fijándolos firmemente sobre la roca de la salvación eterna de Dios? ¿Cuál es la posición más favorable para el ejercicio de la vigilancia y de la oración: aquella en la cual uno vive en la duda y el temor perpetuos, o aquella en la cual uno reposa con una confianza ingenua en el inmutable amor de un Dios salvador? Creemos poder anticipar su respuesta, querido amigo.

Apocalipsis 3:11: “He aquí, yo vengo pronto; retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona.” En este pasaje hay dos cosas que deben considerarse: primero, que se trata de un mensaje dirigido a una asamblea, y, segundo, no dice: «Que ninguno tome tu vida.» Un siervo puede perder su recompensa; pero un hijo no puede jamás perder su vida eterna. Se evitarían una multitud de dificultades si se prestase atención a esto. Una cosa es la relación de hijo; y muy otra es la relación de discípulo. Una cosa es la seguridad en Cristo, y muy otra el testimonio para Cristo. Si nuestra seguridad fuese a depender de nuestro testimonio, o nuestra relación de hijos dependiese de nuestra fidelidad como discípulos, ¿dónde estaríamos? Es cierto que cuanto más conozco mi seguridad y más gozo de mi relación de hijo, tanto más también mi testimonio será efectivo, y más fiel seré como discípulo; pero éstas son dos cosas que no deben jamás confundirse.

En fin, querido amigo, Ud. dice: «Todos los textos que hablan de perseverar hasta el fin, y de vencer, significan, se piensa, que porque existe la posibilidad de no perseverar y de no vencer, es también posible no ser finalmente salvo.» A esto respondemos simplemente que siempre será un placer para nosotros examinar de cerca con Ud. cada uno de los pasajes a los cuales ha hecho alusión de una manera general, y de probar, por la gracia de Dios, que ninguno de estos pasajes, rectamente interpretados, militan en el menor grado contra la preciosa verdad de la perseverancia final; sino que, al contrario, cada uno de ellos contiene en sí mismo o en su contexto inmediato, la prueba que armoniza perfectamente con la verdad de la seguridad eterna del más débil cordero de todo el rebaño que Cristo compró con su propia sangre.

¡Quiera el Señor establecer siempre más firmemente nuestras almas en su verdad, y “preservarnos para su reino celestial”, para la gloria de su santo nombre!

Calvinismo y arminianismo

El error de una teología torcida que muestra un solo lado de la verdad

Hace poco hemos recibido una larga carta que proporciona una muy sorprendente prueba de los desconcertantes efectos de una teología torcida que muestra un solo lado de la verdad, y que pretende que sea la verdad completa. Nuestro corresponsal se halla evidentemente bajo la influencia de lo que se denomina «la alta escuela de doctrina». En consecuencia, no puede ver lo correcto de llamar a los inconversos a que «vengan», a que «oigan», a que «se arrepientan» o a que «crean». Para él ello es como decirle a un árbol silvestre que produzca dulces manzanas a fin de que se convierta en un manzano.

Ahora bien, creemos plenamente que la fe es don de Dios, y que ella no es conforme a la voluntad del hombre ni por su poder. Además, creemos que ninguna alma vendría jamás a Cristo si no fuere atraída —forzada— por la gracia divina a hacerlo; por lo tanto, todos los que son salvos tienen que dar gracias a Dios por su gracia libre y soberana al respecto. Su cántico es, y siempre será: «No a nosotros, oh Señor, no a nosotros, sino a tu Nombre damos gloria, por tu misericordia, y por amor a tu verdad.»

Y nosotros creemos esto, no como parte de un determinado sistema de doctrina, sino como la verdad revelada de Dios. Pero, por otro lado, también creemos, y de igual manera, en la solemne verdad de la responsabilidad moral del hombre, puesto que la Escritura lo enseña claramente, aunque no lo encontremos entre lo que se denomina «los cinco puntos de la fe de los escogidos de Dios».

Creemos en estos cinco puntos, hasta donde están escritos; pero distan muchísimo de abarcar toda la fe de los escogidos de Dios. Hay extensas áreas de la revelación divina que ni remotamente son contempladas, y ni siquiera aludidas, por este sistema teológico defectuoso y mal desarrollado. ¿Dónde hallamos el llamamiento celestial? ¿Dónde está la gloriosa verdad de la Iglesia como cuerpo y esposa de Cristo? ¿Dónde está la preciosa esperanza santificadora de la venida de Cristo para recibir a los suyos en el aire?

¿Dónde vemos que el vasto campo de la profecía se abra a la visión de nuestras almas en lo que tan pomposamente ha venido a llamarse «la fe de los escogidos de Dios»? En vano buscaremos la menor traza de ello en todo el sistema con el cual nuestro amigo está vinculado.

Ahora bien, ¿podríamos suponer por un momento que el bendito apóstol Pablo aceptaría como «la fe de los escogidos de Dios» un sistema que excluye el glorioso misterio de la Iglesia de la cual él fue hecho ministro de una manera especial?

Supongamos que alguien le hubiera mostrado a Pablo «los cinco puntos» del calvinismo como una declaración de la verdad de Dios, ¿qué habría dicho? ¡¿Qué?! ¡«Toda la verdad de Dios»; «la fe de los escogidos de Dios»; «todo aquello que es esencial para la fe»!; ¡pero ni una sílaba acerca de la verdadera posición de la Iglesia, de su llamamiento, de su esperanza y de sus privilegios!

¡Tampoco se hace ninguna mención del futuro de Israel! Vemos una completa ignorancia o, en el mejor de los casos, un despojamiento de las promesas hechas a Abraham, Isaac, Jacob y David. Las enseñanzas proféticas en su conjunto son relegadas a un sistema espiritualizante o alegorizante —falsamente así llamado— de interpretación, mediante el cual a Israel se lo priva de su propia porción, y los cristianos son rebajados a un nivel terrenal; ¡y esto nos es presentado con la elevada pretensión de ser «la fe de los escogidos de Dios»!

¡Gracias a Dios que ello no es así! Él —bendito sea su Nombre— no se ha confinado dentro de los estrechos límites de ninguna escuela teológica, alta, baja o moderada. Se ha revelado a sí mismo. Ha declarado los profundos y preciosos secretos de su corazón. Ha hecho manifiestos sus eternos consejos con respecto a la Iglesia, a Israel, a los gentiles y a toda la Creación.

Los hombres si quieren pueden tratar de confinar el vasto océano dentro de un balde que ellos mismos han formado, de la misma manera que pretenden confinar el vasto rango de la revelación divina dentro de los débiles cercos de los sistemas de teología humanos. No es posible hacer esto, ni se debiera intentar hacerlo.

Es muchísimo mejor hacer a un lado los sistemas teológicos y las escuelas de teología, y venir, cual un niño, a la eterna fuente de la Santa Escritura, para beber de ella las vivas enseñanzas del Espíritu de Dios.

Nada es más nocivo para la verdad de Dios, más desecante para el alma ni más subversivo para el crecimiento y el progreso espiritual que la mera teología, ya alta o calvinista, ya baja o arminiana. Es imposible que el alma progrese más allá de los límites del sistema con el que está relacionada.

Si se me enseña a considerar «los cinco puntos» como «la fe de los escogidos de Dios», no me interesará mirar más allá de ellos; y entonces un glorioso conjunto de verdades celestiales quedará vedado a mi vista.

Resultaré atrofiado y estrecho de miras, con una visión meramente parcial de la verdad. Correré peligro de caer en ese estado de alma frío y endurecido que resulta de estar ocupado con meros puntos de doctrina en vez de estarlo con Cristo.

Un discípulo de la alta escuela de teología —o calvinista— no quiere oír acerca de un Evangelio para el mundo entero; del amor de Dios hacia el mundo; de las buenas nuevas para toda criatura debajo del cielo. Él sólo ha conseguido un Evangelio para los escogidos. Por otra parte, un discípulo de la baja escuela —o arminiana— no quiere oír acerca de la eterna seguridad de los que creen.

Su salvación —alegan— depende en parte de Cristo y en parte de ellos mismos. Conforme a este sistema, el cántico de los redimidos debería sufrir una modificación: En lugar de cantar simplemente: «Digno es el Cordero», deberíamos agregar: «Y dignos somos también nosotros.» Podemos ser salvos hoy, y perdernos mañana. Todo esto deshonra a Dios, y priva al cristiano de toda paz verdadera.

Al escribir así no pretendemos ofender al lector. Nada estaría más lejos de nuestros pensamientos. No estamos tratando con las personas, sino con escuelas de doctrina y sistemas de teología, procurando con toda vehemencia que nuestros amados lectores logren abandonarlos de una vez para siempre.

Ningún sistema teológico comprende toda la verdad de Dios. Todos, es verdad, contienen ciertos elementos de verdad; pero la verdad siempre resulta anulada por el error; y aun cuando hallemos algún sistema que, en lo que va de él, no contenga más que la verdad, con todo, si no comprendiera toda la verdad, su efecto sobre el alma sería pernicioso, por cuanto llevaría a una persona a vanagloriarse de tener toda la verdad de Dios, cuando, en realidad, lo que tiene no es más que un sistema humano que no considera más que un solo lado de la verdad.

Además, es raro encontrar un solo discípulo de cualquier escuela de doctrina que pueda enfrentar a la Escritura en su conjunto. Siempre se citarán ciertos textos preferidos que serán reiterados continuamente; pero no se apropiará de una vasta porción de la Escritura.

Tómense, por ejemplo, pasajes tales como los siguientes: “Pero Dios… ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (Hechos 17:30). “El cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1.ª Timoteo 2:4). “El Señor… es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2.ª Pedro 3:9). Y, en la última página del inspirado Volumen, leemos: “Y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Apocalipsis 21:17).

¿Hemos de tomar estos pasajes tal como están o hemos de introducir palabras que modifiquen su sentido de manera de adaptarlos a nuestro particular sistema teológico? El hecho es que los tales ponen de manifiesto la grandeza del corazón de Dios, las acciones de su naturaleza de gracia y el vasto aspecto de su amor. No es conforme al amante corazón de Dios que ninguna de sus criaturas perezca.

No hay tal cosa en la Escritura como ciertos decretos de Dios que relegan a un determinado número de hombres a la eterna condenación. Algunos pueden ser judicialmente entregados a la ceguera por su deliberado rechazo de la luz (véase Romanos 9:17; Hebreos 6:4-6; 10:26-27; 2.ª Tesalonicenses 2:11-12; 1.ª Pedro 2:8). Pero todos los que perecen, sólo se echarán la culpa a sí mismos; mientras que los que alcanzan el cielo, darán gracias a Dios.

Si hemos de ser enseñados por la Escritura, debemos creer que todo hombre es responsable conforme a su luz. El gentil es responsable de oír la voz de la Creación. El judío es responsable sobre la base de la ley. La cristiandad es responsable sobre la base de una revelación completa que se halla contenida en toda la Palabra de Dios. Si Dios manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan, ¿quiere decir lo que afirma, o simplemente se refiere a todos los escogidos? ¿Qué derecho tenemos de agregar, alterar, recortar o acomodar la Palabra de Dios? ¡Ninguno!

Tomemos la Escritura tal como está, y rechacemos todo lo que no pueda resistir la prueba. Bien podemos poner en duda la solidez de un sistema que no es capaz de soportar toda la fuerza de la Palabra de Dios en su conjunto. Si los pasajes de la Escritura parecen contradecirse, sólo lo es a causa de nuestra ignorancia. Reconozcamos humildemente esto, y esperemos en Dios para una mayor luz.

Éste —bien podemos estar seguros de ello— es el firme terreno moral que debemos ocupar. En vez de tratar de reconciliar aparentes discrepancias, inclinémonos a los pies del Maestro y justifiquémosle en todos sus dichos. Así cosecharemos abundantes frutos de bendición, y creceremos en el conocimiento de Dios y de su Palabra en conjunto.

Unos pocos días atrás, un amigo puso en nuestras manos un sermón que había sido predicado recientemente por un eminente clérigo perteneciente a la alta escuela de doctrina. Hemos hallado en este sermón, al igual que en la carta de nuestro corresponsal, los efectos de una teología torcida que muestra un solo lado de la verdad. Por ejemplo, al referirse a esa magnífica declaración de Juan el Bautista, en Juan 1:29, el predicador la cita de la siguiente manera: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado de todo el mundo del elegido pueblo de Dios.»

Pero en el pasaje no se dice ni una sola palabra acerca del «elegido pueblo de Dios». Se refiere a la gran obra propiciatoria de Cristo, en virtud de la cual toda traza de pecado será borrada de toda la creación de Dios. Nosotros veremos la plena aplicación de ese bendito texto de la Escritura solamente en los cielos nuevos y la tierra nueva, en los cuales mora la justicia. Limitar el pasaje al pecado de los escogidos de Dios, sólo puede ser considerado como fruto del prejuicio teológico, que tuerce la verdad.