Los denominados «Padres Apostólicos» acerca de la segunda venida del Señor

Una breve examinación será suficiente para probar el valor de estos escasos restos de antigüedades cristianas a fin de comprobar la veracidad de lo que proponen. Lo asombroso es que cualquier persona de discernimiento espiritual que los haya leído con cuidado, los estimará de mínimo valor, especialmente en lo que respecta a la Segunda Venida. Es realmente penoso el interés en ellos, teniendo en cuenta que estos escritos constituyen un testimonio del rápido apartamiento y de la profunda caída de la enseñanza apostólica.

¿Puede algo ser más evidente o sorprendente que la inconmensurable distancia que separa los más antiguos escritos respecto de las Escrituras? Los mismos Apócrifos del Antiguo Testamento —meros productos literarios humanos— no difirieron tanto de las Escrituras hebreas del Antiguo Testamento, como lo hicieron, en cambio, Bernabé, Clemente de Roma y Hermas, de los apóstoles Pablo, Pedro y Juan.

Y, sin embargo, desde antiguo estas producciones literarias primitivas, eran leídas en las congregaciones cristianas ¡como si fuesen Escrituras! Clemente de Alejandría cita incluso a la más heterodoxa e insensata de las tres como Escritura también. Incluso el uncial Sinaítico tiene como apéndice del Nuevo Testamento, a Bernabé y a Hermas. Y el uncial Alejandrino tiene anexado a Clemente de Roma. Pero cuando uno lee estas obras humanas, así como toda otra obra literaria antigua, encuentra un agudo contraste en dignidad, santidad, amor y autoridad con las inspiradas Epístolas. Estas reliquias antiguas no son más que la palabra del hombre, que evidencian no sólo debilidad, sino que son trampas para la fe.

Si hombres capaces las han puesto sobre las nubes, ello tan sólo demuestra que la tradición tiene el poder de enceguecer a los hombres, y de que no todos tienen fe. Sin embargo, un hombre piadoso de nuestros días se atreve a decir: «Gracias a la providencia de Dios poseemos estos escritos antiguos.» Una infatuación como ésta de parte de un clérigo evangélico sólo puede atribuirse a su apasionado celo por la esperanza judía en contra de la esperanza cristiana. Toda forma de judaización tiende siempre a contiendas y amarguras. ¡Qué cosa extraña que alguien se dirija primero a la «Didaché» o «Enseñanza de los doce Apóstoles»!

De ella se halla la editio princeps (primera edición) de Bryennios (Constantinopla, 1883), la de Hitchcock y Brown (New York, 1884), además de la de H. de Roumestin (Parker and Co., Oxford y Londres, 1884), y el pequeño volumen del Dr. C. Bigg con al menos igual discernimiento críticamente como cualquier otro. El título más completo es bastante más temerario: «La enseñanza del Señor a los gentiles por medio de los doce apóstoles.» Se trata de una magra compilación que comienza con los dos caminos, el de la vida y el de la muerte, que ocupa seis capítulos, casi la mitad del pequeño tratado, sin mencionar una sola palabra que muestre cómo se comunica la vida o cómo los pecados son perdonados.

Luego sigue un absurdo capítulo acerca del bautismo, que prescribe un ayuno precedente; y otro capítulo sobre el ayuno en general. La gran diferencia con «los hipócritas» parece ser que ellos ayunan el segundo y el quinto día de la semana, mientras que el ayuno correcto es en el cuarto y sexto (o preparación). Tampoco deben orar como «los hipócritas», sino como lo mandó el Señor, ¡y tres veces por día! Si hacemos una recorrida por una parte del capítulo nueve acerca de la Eucaristía, leemos: «Como este fragmento [de pan] estaba disperso sobre los montes, y reunido se hizo uno, así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino.» ¿Puede haber un pensamiento más pobre?

El hecho notable es que los doce apóstoles son presentados como si olvidasen la suprema importancia de la muerte de Cristo, tanto en el bautismo como en la Cena del Señor. Por otro lado, el nombre de David aparece extrañamente en los capítulos 9* y 10 donde hallamos «los cuatro vientos». Después de tantas palabras extravagantes en los capítulos 11 a 13, en el capítulo 14 aparece la cita de Malaquías 1:10 y 14, totalmente pervertida, tal como los católicos pervierten tan notoriamente la misa. Es la vieja incredulidad de sustituir a la Iglesia por Israel. ¿Acaso nuestro hermano se figura que de oriente a occidente el nombre de Jehová es aún grande entre las naciones, o acaso eso no será posible sino hasta que el Señor vuelva en gloria? ¿No está él tan seguro como aquellos a quienes insensatamente atribuye la «teoría moderna» de que sólo entonces, y nunca antes, “en todo lugar se ofrecerá incienso a mi nombre, y oblación pura será presentada, porque grande será mi nombre entre las naciones, dice Jehová de los ejércitos” (Malaquías 4:11, versión del autor)?

Por eso ningún apóstol aplicó jamás esta predicción al cristianismo en el Nuevo Testamento. Es sólo la falsa interpretación de la espuria Didaché; porque los doce apóstoles verdaderos nunca realmente aprobaron tal cosa. Pero ello convenía al orgullo y a la ignorancia de la iglesia Católica, incluso antes del papado. Matthew Henry quizás sabiamente pasa por alto el versículo, porque los no conformistas prestan escasa atención a la profecía; pero W. Lowth, T. Scott y tal vez todos los demás comentaristas siguen temerariamente el antiguo error en forma unánime.

El difunto Dr. Pusey naturalmente hizo esfuerzos por demostrarlo, considerando sólo a los judíos del pasado y del presente. Pero su argumento se cae por sí solo; porque el profeta no habla de ninguna «nueva revelación de Él mismo», sino más bien de la antigua promesa que será cumplida en gracia y en poder, no sólo para los judíos, sino también entre las naciones, cuando Jehová reine sobre toda la tierra, el solo Jehová y su nombre será uno en aquel día. No hay excusa alguna para entender mal este brillante porvenir, aún futuro, dentro de la verdaderamente nueva y más profunda revelación de Su nombre como Padre, que el Señor Jesús dio a conocer (Juan 4:21-23) para la hora que “ahora es”, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad.

Pero remitámonos al último capítulo de la «Didaché» (capítulo 16), «aún más relevante», según se dice. Sin duda que Mateo 24, en ese lugar, aparece mezclado con otros pasajes bíblicos que hablan de la venida del Señor, ya visible o invisible para la humanidad. «Entonces aparecerán las señales de la verdad» (¡!). «Primeramente la señal de una abertura en el cielo, después la señal del sonido (o voz) de trompeta; y, en tercer lugar, la resurrección de los muertos; pero no de todos, sino, como está dicho: ‘Vendrá el Señor, y todos los santos con él.’»

Ahora bien, Mateo 24:30 habla, no de la señal de la aparición de «una abertura en el cielo», sino del Hijo del Hombre en el cielo como señal de Su venida a la tierra, lo que hace que todas las tribus de la tierra (o del país) se lamenten. Pero incluso la «Didaché» cita Zacarías 14:5 respecto de todos los santos que vienen con Él en este mismo tiempo. Ahora bien, ésta es nuestra tesis, y necesariamente implica la previa transformación de los santos a fin de venir como conviene a Su aparición en gloria. La misión de Sus ángeles (en el v. 31) con un gran sonido de trompeta no puede ser para reunir a Él a aquellos santos glorificados, todos los cuales vienen con Él, sino para el subsiguiente acto de reunir —después de Su aparición— a los elegidos de Israel de los cuatro vientos, los que hasta entonces se hallan dispersos por toda la tierra. No hay traza alguna aquí de “la final trompeta”, cuando los santos muertos resucitarán y serán transformados, a fin de venir con Él a su debido tiempo para reunir a los elegidos de Israel al gran Rey en Sion.

Pues nosotros deberemos haber sido arrebatados antes, para que cuando Él sea manifestado en gloria, nosotros también seamos entonces manifestados junto con Él en gloria. No hay ningún arrebatamiento en Mateo 24. Tampoco este pasaje habla de la tercera señal de la resurrección de los santos muertos. A la verdad, ningún pasaje de la Escritura se refiere a esto como «una señal». Ellas son suscitadas con el objeto de aparecer con Él cuando Él aparezca “y el mundo vea al Señor viniendo en las nubes del cielo”.

Si se argumentase que Apocalipsis 20:4 habla de la Primera Resurrección (después de la aparición del Señor en gloria, del juicio de la bestia y del falso profeta con los reyes de la tierra y de sus ejércitos, y después también de que Satanás haya sido atado), no sólo ello se admite, sino que además se insiste en su importancia. Puesto que demuestra que existen etapas en esa resurrección, al igual que en la presencia de Cristo. De ese versículo aprendemos que la compañía general de los santos glorificados (todos los santos tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, hasta que Cristo venga por ellos) componen a aquellos que emergen del cielo como los seguidores del Cordero.

Ellos ahora son vistos sentados sobre tronos, y habiéndoseles dado el juicio; luego suceden dos clases especiales de santos, que sufrieron el martirio en el primero y en el último períodos de la crisis del Apocalipsis, los que, en su condición fuera del cuerpo, vuelven a vivir, a fin de reinar con Cristo por mil años, al igual que la compañía general que ya había sido entronizada. Todos estos constituyen la Primera Resurrección. Es falso, y totalmente contradictorio con este pasaje, que los que padecen los dolores del Apocalipsis resucitan simultáneamente con la primera compañía.

¿Es demasiado decir respecto de la verdad aquí revelada que tanto la Didaché como los cristianos en su extensión, se hallan todavía en absoluta ignorancia? ¿Cómo no podría creerse esto, si el Apocalipsis lo deja ver en los más claros términos? Estos viejos escritos son muy defectuosos y, por su ignorancia de las Escrituras, a menudo son contrarios a la verdad; y lo mismo podemos decir de los escritos modernos. La Escritura sola es la norma, y el cristiano no es dejado sin una Guía divina que more en él para guiarlo a toda verdad. Creamos toda la Palabra de Dios, y no aceptemos una parte de ella mientras omitimos otra.

Las obras, frutos de la vida divina

“Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe” (Gálatas 6:10).

Si algo pudiese aumentar el valor de esta amorosa exhortación, sería el hecho de que la hallamos al final de la Epístola a los Gálatas. A lo largo de esta notable Epístola, el inspirado apóstol corta de raíz todo el sistema de justicia legal. Demuestra, de manera irrefutable, que ningún hombre puede ser justificado a los ojos de Dios por las obras de la ley, cualquiera sea su naturaleza, ya morales, ya ceremoniales.

El apóstol declara que los creyentes no están en ninguna forma bajo la ley, ni para tener la vida, ni para ser justificados, ni para su andar práctico. Si nos colocamos bajo la ley, la consecuencia de ello es que debemos renunciar a Cristo, al Espíritu Santo, a la fe, a las promesas. En resumidas cuentas, si, de la forma que fuere, nos emplazamos sobre un terreno legal, debemos abandonar el cristianismo, y nos hallamos todavía bajo la maldición de la ley.

Ahora bien, no vamos a citar los pasajes ni a tocar este lado del tema en esta ocasión. Simplemente llamamos la seria atención del lector cristiano respecto de las palabras de oro del versículo que hemos citado al comienzo de este escrito, las cuales sentimos que resaltan con incomparable belleza y con un poder moral particular al final de esta epístola a los Gálatas, en la cual toda la justicia humana es enteramente hecha trizas y arrojada por la borda.

Es siempre necesario considerar los dos lados de un tema. Todos nosotros somos tan terriblemente propensos a no ver sino un solo lado de las cosas, que nos resulta moralmente saludable que nuestros corazones sean puestos bajo la plena acción de toda la verdad. ¡Ay, es posible abusar de la gracia!, y a veces podemos olvidar que, si bien delante de Dios somos justificados por la fe sola, una fe real debe manifestarse por las obras.

Tengamos en cuenta que si bien la Escritura denuncia las obras de la ley y las reduce a añicos de la manera más absoluta, ella, en cambio, insiste de manera cuidadosa y diligente, en numerosos pasajes, en las obras de la fe, fruto de la vida divina.

Sí, querido lector, debemos dirigir seriamente nuestra atención a esto. Si profesamos poseer la vida divina, esta vida debe manifestarse de una manera más tangible y eficaz que las meras palabras o que una mera profesión de labios hueca. Es perfectamente cierto que la ley no puede dar la vida y que, por consecuencia, es aún más incapaz de producir obras de vida. Ni un solo fruto de vida fue, ni será, jamás recogido del árbol del legalismo. La ley sólo puede producir obras muertas, respecto de las cuales debemos tener la conciencia purificada, al igual que de las malas obras.

Todo esto es muy cierto. Las santas Escrituras lo demuestran a lo largo de sus inspiradas páginas, y no nos dejan ninguna duda respecto de este tema. Pero lo que ellas demandan es que haya obras de vida, obras de fe, en cuyo defecto es menester concluir que la vida está ausente. ¿Qué valor tiene el hecho de profesar que se tiene vida eterna, de hablar bellamente acerca de la fe, de defender las doctrinas de la gracia, si al mismo tiempo toda la vida práctica se encuentra caracterizada por el egoísmo bajo todas sus formas?

El apóstol Juan dice: “El que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?” (1.ª Juan 3:17). El apóstol Santiago dirige también a nuestros corazones una muy seria y saludable cuestión: “Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle? Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha? Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma” (Santiago 2:14-17).

El autor de la epístola insiste en ella sobre las obras de vida, frutos de la fe, de una manera tal que debería hablar de la forma más solemne y eficaz a nuestros corazones. Es espantoso ver entre nosotros tanta profesión hueca, tantas palabras superfluas, sin poder y sin valor.

El Evangelio que poseemos —¡a Dios gracias!— es maravillosamente claro. Comprendemos claramente que la salvación es por gracia, por medio de la fe, y no por obras de justicia o de la ley. ¡Oh, qué bendita verdad, y nuestros corazones alaban a Dios por ello! Pero una vez que somos salvos, ¿no deberíamos vivir como tales? La vida nueva, ¿no debería manifestarse por los frutos? Si ella está allí, la vida debe manifestarse; y si ella no se manifiesta, ¿podríamos decir que está allí?

Observemos lo que dice el apóstol Pablo: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9). Aquí tenemos, por así decirlo, lo que podemos llamar el lado superior de esta gran cuestión práctica. Luego, en el versículo siguiente, viene el otro lado, el que todo cristiano serio y sincero será dichoso de considerar: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (v. 10).

Tenemos aquí plena y claramente ante nosotros el tema entero. Dios nos ha creado para andar en un camino de buenas obras, y ese camino de buenas obras ha sido preparado por Él para que nosotros andemos en ellas. Todo es de Dios, desde el comienzo hasta el fin; todo es por gracia y todo es por fe. ¡Loado sea Dios porque que ello sea así! Pero recordemos que es absolutamente vano disertar acerca de la gracia, de la fe y de la vida eterna, si las «buenas obras» no se manifiestan. De nada aprovecha que nos jactemos de grandes verdades, de nuestro profundo, variado y extenso conocimiento de las Escrituras, de nuestra correcta posición, de habernos separado de esto y de aquello, si nuestros pies no marchan en el sendero de las “buenas obras que Dios preparó de antemano” para nosotros.

Dios reclama la realidad. No se contenta con bellas palabras que hablan de una elevada profesión. Nos dice: “Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad” (1.ª Juan 3:18). Él —¡bendito sea su Nombre!—, no nos amó “de palabra ni de lengua”, sino “de hecho y en verdad”; y espera de nosotros una respuesta clara, plena y precisa; una respuesta manifestada en una vida de buenas obras, que produce dulces frutos, según lo que está escrito: “llenos de frutos de justicia que son por medio de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios” (Filipenses 1:11).

Amados, ¿no creéis que nuestro supremo deber sea aplicar nuestro corazón a este importante tema? ¿No debiéramos aplicarnos diligentemente a estimularnos al amor y a las buenas obras? Y ¿cómo puede ser esto más efectivamente llevado a cabo? ¿Acaso no es andando nosotros mismos en amor, transitando fielmente el sendero de las buenas obras en nuestra vida personal? En lo que respecta a nosotros, estamos hartos de discursos huecos, de una profesión sin obras. Tener elevadas verdades en los labios y una vida cotidiana de una baja condición práctica, constituye uno de los más alarmantes y escandalosos males de nuestro tiempo presente. Hablamos de la gracia, pero faltamos en la justicia práctica; faltamos en los más simples deberes morales de nuestra vida privada de cada día. Nos jactamos de nuestra posición privilegiada, mientras que somos deplorablemente relajados y flojos con nuestra condición y con nuestro estado.

¡Quiera el Señor, en su infinita bondad, avivar el fuego de nuestros corazones para procurar buenas obras con un celo más profundo, de modo que adornemos más y mejor la doctrina de Dios nuestro Salvador en todas las cosas (Tito 2:10)!

P.S.— Es muy interesante e instructivo comparar la enseñanza relativa a “las obras”, según Pablo y según Santiago, ambos divinamente inspirados. Pablo repudia enteramente las obras de ley. Santiago, en cambio, insiste celosamente en las obras de fe. Cuando este hecho es entendido, toda dificultad se desvanece, y vemos brillar claramente la divina armonía de la Escritura. Muchos no lograron comprenderlo, y se han visto así muy perplejos por la aparente contradicción entre Romanos 4:5 y Santiago 2:24. Huelga decir que tenemos allí la más bella y perfecta armonía. Cuando Pablo declara: “Mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia”, él se refiere a las obras de la ley. Cuando Santiago dice: “Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe”, él se refiere a las obras de vida, de fe.

Esto se halla ampliamente confirmado por los dos ejemplos que da Santiago para probar su punto: el de Abraham que ofrece a su hijo, y el de Rahab que esconde a los espías. Si sustraemos la fe de estos dos casos, ambos serían obras malas. Si, por el contrario, los consideramos como el fruto de la fe, ellos manifiestan la vida.

¡Cuánto brilla la sabiduría infinita del Espíritu Santo en todos estos pasajes! Él vio de antemano el uso que se haría de ellos. Entonces, en vez de elegir obras buenas de forma abstracta, elige, sobre un período de cuatro mil años, dos obras que habrían sido malas si no hubiesen sido el fruto de la fe.

La ley y la gracia

Hay dos versículos que arrojan una luz tal sobre este tema que nos vemos obligados a citarlos en seguida:

“Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” (Juan 1:17).

“Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia” (Romanos 6:14).

El primer versículo nos muestra el gran cambio dispensacional que tuvo lugar con la venida de Cristo. El segundo, nos muestra el resultado de ese cambio en lo que concierne al creyente. Bajo el nuevo régimen, el creyente obtiene libertad de la esclavitud del pecado.

En un sentido, la ley y la gracia son similares. Ambas nos presentan una norma muy elevada; aunque en esto la segunda sobrepasa a la primera. En todo otro respecto, la ley y la gracia son diametralmente opuestas.

La ley de Moisés fue dada en el monte de Sinaí (Éxodo 19 y 20). Dios entonces —quien apenas era conocido, por cuanto habitaba en densas tinieblas— estableció explícitamente Sus justas y santas demandas. Si los hombres obedecían, serían bendecidos; si desobedecían caían bajo la solemne maldición de la ley (Gálatas 3:10). La ley, de hecho, fue quebrantada, y la maldición merecida antes del tiempo en que las tablas de piedra alcanzasen al pueblo (Éxodo 32). El capítulo siguiente nos dice cómo Dios trató en gracia con ellos. Bajo la ley no mitigada por la gracia, ellos debían haber perecido de inmediato.

La gracia, por otro lado, significa que Dios se ha revelado plenamente a nosotros en su Hijo, y todas sus justas y santas demandas han sido satisfechas en la muerte y resurrección de Cristo, de modo que la bendición está abierta a todos. A todos los que creen se les otorga el perdón de pecados y el don del Espíritu Santo, de modo que hay poder para conformarlos a la norma, la cual, bajo la gracia, es nada menos que Cristo mismo.

La misma esencia de la ley es, pues, demanda; mientras que la esencia de la gracia es provisión.

Bajo la ley, Dios, por decirlo así, se presenta ante nosotros diciendo: «¡Dame, ríndeme tu amor y tu debida obediencia!». Bajo la gracia, en cambio, Él se presenta con las manos totalmente extendidas diciendo: «¡Toma, recibe mi amor y mi poder salvador!»

La ley dice «Haz y vive»; la gracia dice «Vive y haz».

Ahora los creyentes, como lo hemos visto, no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia. Veamos cómo sucedió esto. Leamos Gálatas 4:4-5:

“Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos.”

Lo que produjo el cambio es, en una palabra, la redención. Pero eso implicó la muerte del Redentor. Él debió ser hecho maldición por nosotros muriendo en el madero (Gálatas 3:13). Por tal razón el creyente está facultado a considerarse como “muerto a la ley” (Romanos 7:4). Él murió en la muerte de su Representante, el Señor Jesucristo. La ley no murió; por el contrario, nunca su majestad fue tenida más en alto que cuando Jesús murió bajo su maldición. Dos cosas, no obstante, sucedieron. Primero, una vez que la ley fue magnificada y su maldición llevada, Dios suspendió Su ira y proclamó la gracia a toda la humanidad. En segundo lugar, el creyente murió a la ley en la Persona de su gran Representante. Él, para usar el lenguaje de la Escritura, murió para ser “de otro, del que resucitó de los muertos” (Romanos 7:4), es decir, él está ahora bajo el control de otro Poder, y ese poder radica en una Persona: en el Hijo de Dios resucitado.

Con estas dos cosas se relacionan dos grandes hechos:

Primero, la ley no es el fundamento de la justificación del pecador. Él es justificado por gracia, por la sangre de Cristo, por fe. Esto se encuentra detalladamente explicado en los capítulos 3 y 4 de la epístola a los Romanos. Segundo, la ley no es la regla de vida para el creyente. Cristo es su regla de vida. Nuestros vínculos son con Cristo y no con la ley, tal como lo hemos visto (Romanos 7:4). Esto se halla perfectamente demostrado en los capítulos 3 y 4 de la Epístola a los Gálatas.

Los cristianos gálatas habían comenzado bien. Fueron convertidos bajo la predicación del Evangelio de la gracia de Dios mediante el apóstol Pablo. Luego vinieron los dañinos judaizantes —quienes eran “celosos por la ley”— y enseñaron la circuncisión y a guardar la ley. Los gálatas cayeron precisamente en esta trampa.

La respuesta de Pablo es virtualmente ésta: que la ley fue un sistema provisorio (Gálatas 3:17), añadido para poner de manifiesto las transgresiones de Israel (v. 19), y para actuar como ayo “hasta Cristo” (v. 24), como debiera traducirse. Una vez que vino Cristo, que la redención se cumplió, y que el Espíritu fue dado, el creyente deja la posición de niño menor de edad, o la de siervo, para venir a ser hijo de la casa divina, siendo así puesto en la libertad de la gracia (Gálatas 4:1-7).

Puesto que la plataforma de la gracia, sobre la cual hemos sido emplazados, es mucho más elevada que la ley, a la que hemos abandonado, volver atrás, aunque sea sólo en pensamiento, de la una a la otra, es caer. “De la gracia habéis caído” es lo que les dice el apóstol a quienes hacen esto (Gálatas 5:4).

La parábola del hijo pródigo ilustra este punto. Su pensamiento más alto no se elevaba por encima de la ley cuando dijo: “Hazme como a uno de tus jornaleros” (Lucas 15:19). Sin embargo, fue recibido en plena gracia, y, una vez dentro, le fue dado el lugar de hijo. Supóngase, no obstante, que unos días después, con el argumento de querer conservar los afectos del padre así como el lugar y los privilegios tan libremente otorgados, él comienza a trabajar como un sirviente de la casa, conformándose rígidamente a las leyes que deben cumplir los criados domésticos; ¿qué pasaría entonces? Él así habría “caído de la gracia”, y habría afligido tristemente el corazón de su padre, ya que ello hubiera sido equivalente a un voto de «desconfianza» en él.

¡Qué importante es, pues, para nosotros, “tener el corazón afirmado con la gracia”! (Hebreos 13:9).

¿Qué podemos decir de la idea de que la gracia vino con el objeto de ayudarnos a guardar la ley, de modo que vayamos al cielo de esa manera?

Sencillamente que esto es totalmente opuesto a la Escritura. En primer lugar, la idea de que guardar la ley faculta a una persona a ir al cielo es una falacia. Cuando el intérprete de la ley le preguntó al Señor: “Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?”, él fue referido a la ley y, después de haber dado un correcto resumen de sus demandas, Jesús respondió: “Bien has respondido; haz esto, y vivirás” (Lucas 10:25-28). No se dice ni una palabra acerca de ir al cielo. La vida sobre la tierra es la recompensa por guardar la ley.

En segundo lugar, la gracia fue introducida, no para ayudarnos a guardar la ley, sino para traernos salvación de su maldición por Otro que llevó esta última por nosotros. El capítulo 3 de Gálatas nos muestra esto muy claramente.

Si se requiere no obstante una confirmación adicional, léase Romanos capítulo 3, y nótese que cuando la ley ha declarado culpable a un hombre y ha hecho cerrar su boca (v. 9-19), la gracia, a través de la justicia, justifica “sin la ley” (v. 20-24).

Léase también 1.ª Timoteo. La ley fue hecha para condenar a los impíos (v. 9-10). El evangelio de la gracia presenta a Cristo Jesús quien “vino al mundo para salvar a los pecadores” (v. 15), y no, nótese bien, a ayudar a los pecadores a guardar la ley para que así puedan salvarse a sí mismos.

Si la ley no fue dada para que la guardemos y seamos así justificados, ¿para qué entonces fue dada?

Dejemos que la Escritura misma conteste:

“Pero sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice… para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios” (Romanos 3:19).

“Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase” (Romanos 5:20).

“Entonces, ¿para qué sirve la ley? Fue añadida a causa de las transgresiones” (Gálatas 3:19).

La ley, como toda otra institución de Dios, logró significativamente su propósito. Fue perfectamente capaz de declarar culpable y cerrar la boca del religioso más obstinado y presuntuoso. Sólo la gracia lo puede salvar.

¿Ha puesto a un lado la gracia entonces a la ley, y la ha anulado para siempre?

La gracia, personificada en Jesús, ha llevado la maldición de la ley quebrantada, redimiendo así de su maldición a todos los que creen (Gálatas 3:13).

Además, nos ha redimido de estar bajo la ley misma, y ha puesto todas nuestras relaciones con Dios sobre una plataforma totalmente nueva (Gálatas 4:4-6).

Ahora bien, si el creyente ya no está más bajo la ley, sino bajo la gracia, no debemos suponer que la ley misma es anulada ni puesta de lado. Su majestad nunca fue más tenida en alto que cuando Aquel justo sufrió como Sustituto bajo su maldición, y multitudes retrocederán de terror ante su acusación en el día del juicio (Romanos 2:12).

¿Qué daño se produce en un cristiano que adopta la ley como regla de vida?

Un gran daño. Al hacerlo, el cristiano “cae de la gracia” (Gálatas 5:4), porque la gracia no sólo lo salva, sino que también le enseña (Tito 2:11-14).

Al vivir guardando la ley, el cristiano rebaja la norma divina. Cristo, y no la ley, es la norma del creyente. Éste además se apodera así de un poder de motivación erróneo. Uno por recelo puede intentar, aunque insatisfactoriamente, guardar la ley, y tratar de regular el poder de la “carne” dentro de sí. Pero el Espíritu Santo es el poder que controla la carne y que conforma al creyente a Cristo (Gálatas 5:16-18).

Por último, él hace violencia a las relaciones en que está por la gracia de Dios. Aun cuando es un hijo en la libertad de la casa y del corazón del Padre, ¡él insiste en ponerse bajo el código de reglas formulado para hacerse cumplir en el recinto de los domésticos!

¿No hay nada de malo en todo esto? Creemos que sí.

Si se enseñara que el cristiano no está bajo la ley, ¿no conduciría eso a todo tipo de males?

Lo haría en el caso de que una persona profesara ser cristiana sin haber nacido de nuevo, o mostrara arrepentimiento, sin estar bajo la influencia de la gracia y sin haber recibido el don del Espíritu Santo.

Puesto que nadie es cristiano sin estas características, el caso toma un matiz diferente, y razonar de la manera sugerida no hace más que poner de manifiesto una deplorable ignorancia de la verdad del Evangelio.

El argumento se reduce simplemente a esto: que la única manera de que los cristianos pueden vivir vidas santas es guardando la ley, como si ellos tuviesen tan sólo una especie de naturaleza puerca, y la única manera de guardarlos fuera del fango fuese con palos. La verdad es que aunque la carne está todavía en el creyente, él también tiene la nueva naturaleza, y con ella Dios lo identifica. El creyente tiene el Espíritu de Cristo como guía, y de ahí que pueda ser puesto con seguridad bajo la gracia; porque después de todo es la gracia la que domina.

Si la gente quiere contender con esto, su contienda es contra la Escritura citada al principio.

“El pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia” (Romanos 6:14).

Hombres inconversos pueden tratar de hacer uso de la gracia como excusa para el mal, pero ésa no es ninguna razón para negar la verdad declarada en ese versículo. ¿Qué verdad hay en la Biblia de la que los hombres perversos no hayan cometido abusos?

¿Indica la Escritura la manera en que la gracia mantiene al creyente en orden, a fin de que pueda vivir una vida que agrade a Dios?

Efectivamente. Tito 2:11-15 nos proporciona la respuesta:

“Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras. Esto habla, y exhorta y reprende con toda autoridad. Nadie te menosprecie.”

En el cristianismo la gracia no solamente salva, sino que además enseña; y ¡qué maestro efectivo resulta ser! Ella no llena nuestras cabezas de frías reglas y reglamentos, sino que somete nuestros corazones bajo la influencia del amor de Dios. Aprendemos lo que agrada a Dios tal como se ve manifestado en Jesús. Y, al tener el Espíritu Santo, comenzamos a vivir una vida sobria, justa y piadosa.

Hay una gran diferencia entre los hijos de una familia mantenidos en orden por temor al azote a causa de su mala conducta, y aquellos que viven en un hogar donde reina el amor. El orden puede reinar en el primer caso, pero terminará en una gran explosión antes que los niños entren en años. En el segundo caso, no sólo hay obediencia, sino también una respuesta gozosa a los deseos del padre, fruto de los correspondientes afectos.

Dios gobierna a sus hijos sobre la base del principio del amor, y no sobre el principio del castigo con la vara.

¡Que vivamos nuestras vidas cristianas con la feliz conciencia de esto!