El amor y la santidad

Tengo en el corazón presentar algunas notas sobre un tema que, creo, es de importancia para el momento actual; y, al hacerlo, tengo presente el espíritu de un tratado sobre el cual las circunstancias han llamado la atención, y he revisado este tratado desde el punto de vista práctico.

Me veo más urgido a hacerlo por cuanto he leído, hace algún tiempo, en el periódico «The Present Testimony», un artículo que ponía el tema sobre un terreno que no he hallado del todo exacto, en que no consideraba, según mi parecer, más que un solo lado del tema.

LA GRACIA Y LA SEPARACIÓN DEL MAL

Lo que creo que es importante comprender, es que el poder activo que reúne es siempre la gracia, el amor. La separación del mal puede volverse necesaria. En ciertas condiciones particulares de la Iglesia, cuando el mal ha entrado, esta separación puede caracterizar, en una gran medida, la senda de los fieles. Puede suceder que, mientras las mismas convicciones actúen en un mismo momento en muchos, la separación del mal forme un núcleo de personas reunidas.

Pero esta separación no es nunca, en sí misma, un poder de reunión. La santidad puede atraer a una alma, cuando esta alma ya está en movimiento por sí misma. Pero el poder para reunir está en la gracia, en el amor viviente que actúa, en “la fe que obra por el amor”. La historia de la Iglesia de Dios en todos los tiempos es la demostración de la verdad de este principio. Reunir es el poder formativo de la unidad, allí donde ella no existe. Doy por sentado aquí que Cristo es reconocido como el centro. Si el mal existe, el poder que reúne puede congregar aparte del mal; pero el poder que reúne, lo repito, es el amor.

El tratado al que he hecho alusión al principio, y sobre el cual deseo pasar revista, a causa de las circunstancias, no es ignorado: «La separación del mal es el principio divino de la unidad.» Espero tener gracia para reconocer el error donde crea que lo haya, y sé que lo debo al Señor; pero el tema que me ocupa aquí es un poco más amplio. Ese tratado considera la condición de la Iglesia de Dios en general, y no a unos miembros de ella en particular; pero como una cierta parte de la verdad corrige un mal, así también otra porción de esta verdad, por su operación en el alma, puede ensanchar la esfera del bien y fortalecer su actividad.

NATURALEZA, SANTIDAD Y AMOR

Hay, en la naturaleza de Dios, dos grandes principios reconocidos por todos los santos, la santidad y el amor. El uno, me atrevo a decir, es la necesidad de su naturaleza, imperativo, en virtud de esa naturaleza, para todos los que se acercan a Dios: el otro es su energía. Uno caracteriza la naturaleza de Dios; el otro es su naturaleza propia y el móvil de la actividad de su naturaleza. Dios es santo; no se dice que sea amante, sino que es amor. Lo es en el principio esencial y la actividad de su ser; hacemos de Él un juez por el pecado, pues Dios es santo y tiene autoridad; pero Él es amor, y nadie lo ha hecho tal. Si hay amor en cualquier otra parte fuera de Dios, este amor es de Dios, puesto que Dios es amor.

El amor es la preciosa y activa energía de su ser. En el ejercicio de esta energía, Él reúne hacia sí mismo, para la felicidad eterna de aquellos que son así congregados, el despliegue y la manifestación de este amor en Cristo, y Cristo mismo siendo el gran poder y el centro de la reunión. Los consejos de Dios, bajo esta relación, son “la gloria de su gracia”; la aplicación de esos consejos a pecadores y los medios que emplea a tal efecto, son “las riquezas de su gracia”. Y en los siglos venideros, mostrará “las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús” (Efesios 2:7).

Antes de entrar en el examen del tema que tengo ahora directamente en vista, permitidme, de paso, decir unas palabras sobre el bello pasaje de la epístola a los Efesios a que me acabo de referir, porque este pasaje revela la plenitud de los pensamientos de Dios cuando introduce en la unidad de que habla esta epístola. Somos bendecidos en Cristo; y Dios mismo es el centro de la bendición, y eso bajo dos aspectos, a saber, en su naturaleza y en su relación con los que son bendecidos.

Es a la vez “Dios” y “Padre” en relación con Cristo mismo, considerado como Hombre delante de Él, aunque sea el Hijo amado (véase Efesios 1:3-7). Él es el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, según las propias palabras de Jesús a sus discípulos, cuando iba a subir al cielo: “Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Juan 20:17), con la sola diferencia de que, aquí, en la epístola a los Efesios, la unidad de los santos en Cristo es introducida, mientras que, en Juan, Cristo habla de los discípulos como de sus “hermanos”. En este doble carácter, pues, que Dios reviste respecto a Cristo mismo, Él nos bendijo con toda bendición espiritual, sin excluir ninguna, en los lugares celestiales, la más excelente y elevada esfera de bendición, allí donde Él habita.

No se trata de que las bendiciones sean enviadas a nosotros a la tierra, sino de que nosotros mismos somos elevados allá a lo alto, a los lugares celestiales, y de la manera más excelente y gloriosa, en Cristo Jesús, excepto Su derecho divino a estar sentado en el trono del Padre. ¡Porción maravillosa, gracia dulce y bendita, que se torna simple para nosotros en la medida que nos habituamos a morar en la perfecta bondad de Dios, al cual le es natural ser todo lo que él es, y quien no podría ser otra cosa!

PADRE, HIJO Y ESPÍRITU SANTO

En el versículo 3 del primer capítulo de Efesios, tenemos al “Dios de nuestro Señor Jesucristo”, según la gloria de la naturaleza divina, introduciendo en su propia presencia en Cristo lo que habrá de ser el reflejo de esta gloria, según su designio eterno. Porque la Iglesia en los pensamientos de Dios (y, se puede agregar, en su vida en la Palabra), es antes del mundo en el cual ella se manifiesta. Aquí, se trata de la naturaleza de Dios. Hemos sido escogidos en Cristo “antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él en amor”. Dios es santo, Dios es amor, y en sus caminos, cuando obra, es intachable.

Luego, hay una relación con Cristo; y la relación de Cristo es la de “Hijo”. Así pues, en Él, hemos sido predestinados para la adopción como hijos para Dios mismo, según Su beneplácito, según el placer y la bondad de su voluntad. Se trata de relación aquí. Dios es el Padre de nuestro Señor Jesucristo, así como su Dios.

Ésta es la gloria de su gracia, son sus propios pensamientos y propósitos, para la alabanza de los cuales somos nosotros. Nos manifestó su gracia en el “Amado”. Pero, en realidad, nos encuentra en la condición de pecadores; y él conduce a pecadores a esta posición. ¡Qué pensamiento! Y aquí su gracia resplandece de otra manera.

En él, Cristo, el Hijo, “tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados”, lo que necesitamos para entrar en esta posición en la cual estaremos para alabanza de la gloria de su gracia, y eso, según las riquezas de su gracia; porque Dios se manifiesta en la gloria de su gracia, y nuestras necesidades encuentran su respuesta en las riquezas de su gracia.

Así estamos delante de Dios. Lo que sigue en el capítulo se refiere a “la herencia” que nos pertenece por esta misma gracia, lo que está a nuestra disposición. No me detengo en este tema, sino que, como lo hice en otra parte, solamente observo que el Espíritu Santo es las arras de la herencia, pero no del amor de Dios. El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.

Estas dos relaciones, de Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, contienen y manifiestan una abundante riqueza de bendición; se las encuentra frecuentemente en la Escritura.

La responsabilidad moral del hombre ante dios y su falta de poder

La cuestión de la responsabilidad del hombre parece dejar perplejas a muchas almas. Éstas consideran que es difícil —por no decir imposible— conciliar este principio con el hecho de que el hombre carece por completo de poder. «Si el hombre —arguyen— es absolutamente impotente, ¿cómo puede ser responsable? Si él por sí mismo no puede arrepentirse ni creer al Evangelio, ¿cómo puede ser responsable? Y si él, finalmente, no es responsable de creer al Evangelio, ¿sobre qué base, entonces, podrá ser juzgado por rechazarlo?»

Así es como la mente humana razona y arguye; y la teología, lamentablemente, no ayuda a resolver la dificultad, sino que, por el contrario, aumenta la confusión y la oscuridad. Pues, por un lado, una escuela de teología —la «alta» o calvinista— enseña —y correctamente— la completa impotencia o incapacidad del hombre; que si se lo deja librado a sus propios medios, él jamás querrá ni podrá venir a Dios; que esto sólo es posible gracias al poder del Espíritu Santo; que si no fuese por la libre y soberana gracia, nunca una sola alma podría ser salva; que, si de nosotros dependiera, sólo obraríamos mal y nunca haríamos bien. De todo esto, el calvinista deduce que el hombre no es responsable.

Su enseñanza es correcta, pero su deducción es errónea. La otra escuela de teología —la «baja» o arminiana— enseña —y correctamente— que el hombre es responsable; que será castigado con eterna destrucción por haber rechazado el Evangelio; que Dios manda a todos los hombres en todo lugar que se arrepientan; que ruega a los pecadores, a todos los hombres, al mundo, que se reconcilien con Él; que Dios quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad. De todo esto, el sistema deduce que el hombre tiene el poder o la facultad de arrepentirse y creer. Su enseñanza es correcta; su deducción, errónea.

De esto se sigue que ni los razonamientos humanos ni las enseñanzas de la mera teología —alta o baja— podrán jamás resolver la cuestión de la responsabilidad del hombre y de su falta de poder. La palabra de Dios solamente puede hacerlo; y lo hace de la manera más simple y concluyente. Ella enseña, demuestra e ilustra, desde el comienzo del Génesis hasta el final del Apocalipsis, la completa impotencia del hombre para obrar el bien y su incesante inclinación al mal.

La Escritura, en Génesis 6, declara que “todo designio de los pensamientos del corazón de ellos es de continuo solamente el mal”. En Jeremías 17 declara que “engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso”. En Romanos 3 nos enseña que “no hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda. No hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno”.

Además, la Escritura no sólo enseña la doctrina de la absoluta e irremediable ruina del hombre, de su incorregible mal, de su total impotencia para hacer el bien y de su invariable inclinación al mal, sino que también nos provee de un cúmulo de pruebas, absolutamente incontestables, en la forma de hechos e ilustraciones tomados de la historia actual del hombre, que demuestran la doctrina. Nos muestra al hombre en el jardín, creyendo al diablo, desobedeciendo a Dios y siendo expulsado.

Lo muestra, tras haber sido expulsado, siguiendo su camino de maldad, hasta que Dios, finalmente, tuvo que enviar el diluvio. Luego, en la tierra restaurada, el hombre se embriaga y se degrada. Es probado sin la ley, y resulta ser un rebelde sin ley. Entonces es probado bajo la ley, y se convierte en un transgresor premeditado. Entonces son enviados los profetas, y el hombre los apedrea; Juan el Bautista es enviado, y el hombre lo decapita; el Hijo de Dios es enviado, y el hombre lo crucifica; el Espíritu Santo es enviado, y el hombre lo resiste.

Así pues, en cada volumen —por decirlo así— de la historia del género humano, en cada sección, en cada página, en cada párrafo, en cada línea, leemos acerca de su completa ruina, de su total alejamiento de Dios. Se nos enseña, de la manera más clara posible, que, si del hombre dependiera, jamás podría ni querría —aunque, seguramente, debería— volverse a Dios, y hacer obras dignas de arrepentimiento.

Y, en perfecta concordancia con esto, aprendemos de la parábola de la gran cena que el Señor refirió en Lucas 14, que ni tan siquiera uno de los convidados quiso hallarse a la mesa. Todos los que se sentaron a la mesa, fueron “forzados a entrar”. Ni uno solo jamás habría asistido si hubiese sido librado a su propia decisión. La gracia, la libre gracia de Dios, debió forzarlos a entrar; y así lo hace. ¡Bendito sea por siempre el Dios de toda gracia!

Pero, por otra parte, lado a lado con esto, y enseñado con igual fuerza y claridad, está la solemne e importante verdad de la responsabilidad del hombre. En la Creación, Dios se dirige al hombre como a un ser responsable, pues tal indudablemente lo es. Y además, su responsabilidad, en cada caso, es medida por sus beneficios. Por eso, al abrir la epístola a los Romanos, vemos que el gentil es considerado en una condición sin ley, pero siendo responsable de prestar oído al testimonio de la Creación, lo que no ha hecho.

El judío es considerado como estando bajo la ley, siendo responsable de guardarla, lo que no ha hecho. Luego, en el capítulo 11 de la epístola, la cristiandad es considerada como responsable de permanecer en la bondad de Dios, lo cual no hizo. Y en 2.ª Tesalonicenses 1 leemos que aquellos que no obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo, serán castigados con eterna destrucción. Por último, en el capítulo 2 de la epístola a los Hebreos, el apóstol urge en la conciencia esta solemne pregunta: “¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?”

Ahora bien, el gentil no será juzgado sobre la misma base que el judío; tampoco el judío será juzgado sobre la misma base que el cristiano nominal. Dios tratará con cada cual sobre su propio terreno distintivo y conforme a la luz y privilegios recibidos. Hay quienes recibirán “muchos azotes”, y quien será “azotado poco”, conforme a Lucas 12. Será “más tolerable” para unos que para otros, según Mateo 11.

El Juez de toda la tierra habrá de hacer lo que es justo; pero el hombre es responsable, y su responsabilidad es medida por la luz y los beneficios que le fueron dados. No a todos se los agrupa indiscriminadamente, como si se hallasen en un terreno común. Al contrario, se hace una distinción de lo más estricta, y nadie será jamás condenado por menospreciar y rechazar beneficios que no hayan estado a su alcance. Pero seguramente el solo hecho de que habrá un juicio, demuestra fehacientemente —aunque no hubiera ninguna otra prueba— que el hombre es responsable.

¿Y quién —preguntamos— es el prototipo de irresponsabilidad por excelencia? Aquel que rechaza o desprecia el Evangelio de la gracia de Dios. El Evangelio revela toda la plenitud de la gracia de Dios. Todos los recursos divinos se despliegan en el Evangelio: El amor de Dios; la preciosa obra y la gloriosa Persona del Hijo; el testimonio del Espíritu Santo. Además, en el Evangelio, Dios es visto en el maravilloso ministerio de la reconciliación, rogando a los pecadores que se reconcilien con Él.

Nada puede sobrepasar esto. Es el más elevado y pleno despliegue de la gracia, de la misericordia y del amor de Dios; por tanto, todos los que lo rechazan o menosprecian, son responsables en el sentido más estricto del término, y traen sobre sí el más severo juicio de Dios. Aquellos que rechazan el testimonio de la Creación son culpables; los que quebrantan la ley son más culpables todavía; pero aquellos que rechazan la gracia ofrecida, son los más culpables de todos.

¿Habrá alguno que todavía objete y diga que no es posible reconciliar las dos cosas: la impotencia del hombre y la responsabilidad del hombre? El tal tenga en cuenta que no nos incumbe reconciliarlas. Dios lo ha hecho al incluir ambas verdades una al lado de la otra en su eterna Palabra. Nos corresponde sujetarnos y creer, no razonar. Si atendemos a las conclusiones y deducciones de nuestras mentes, o a los dogmas de las antagónicas escuelas de teología, caeremos en un embrollo y estaremos siempre perplejos y confusos.

Pero si simplemente nos inclinamos ante las Escrituras, conoceremos la verdad. Los hombres pueden razonar y rebelarse contra Dios; pero la cuestión es si el hombre ha de juzgar a Dios o Dios ha de juzgar al hombre. ¿Es Dios soberano o no? Si el hombre ha de colocarse como juez de Dios, entonces Dios no es más Dios. “Oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios?” (Romanos 9:20).

Ésta es la cuestión fundamental. ¿Podemos responder a ella? El hecho claro es que esta dificultad referente a la cuestión de poder y responsabilidad es un completo error que surge de la ignorancia de nuestra verdadera condición y de nuestra falta de absoluta sumisión a Dios.

Toda alma que se halla en una buena condición moral, reconocerá libremente su responsabilidad, su culpa, su completa impotencia, su merecimiento del justo juicio de Dios, y que si no fuera por la soberana gracia de Dios en Cristo, ella sería inevitablemente condenada.

Todos aquellos que no reconocen esto, desde lo profundo de su alma, se ignoran a sí mismos, y se colocan virtualmente en juicio contra Dios. Tal es su situación, si hemos de ser enseñados por la Escritura.

Tomemos un ejemplo. Un hombre me debe cierta suma de dinero; pero es un hombre inconsciente y despilfarrador, de modo que es incapaz de pagarme; y no sólo es incapaz, sino que tampoco tiene el menor deseo de hacerlo. No quiere pagarme; no quiere tener nada que ver conmigo.

Si me viera venir por la calle, se ocultaría tan pronto como pudiera con tal que me esquivara. ¿Es responsable? ¿Tengo razones para iniciar acciones legales contra él? ¿Acaso su total incapacidad para pagarme lo exonera de responsabilidad?

Luego le envío a mi siervo con un afectuoso mensaje. Lo insulta. Le envío otro; y lo golpea violentamente. Entonces le envío a mi propio hijo para que le ruegue que venga a mí y se reconozca deudor mío, para que confiese y asuma su propio lugar, y para decirle que no sólo quiero perdonar su deuda, sino también asociarlo a mí.

Él entonces insulta a mi hijo de toda forma posible, echa toda suerte de oprobio contra él y, finalmente, lo asesina.

Todo esto constituye simplemente una muy débil ilustración de la verdadera condición de cosas entre Dios y el pecador; sin embargo, algunos quieren razonar y argumentar acerca de la injusticia de sostener que el hombre es responsable. Ello es un fatal error, desde todo punto de vista. En el infierno no hay una sola alma que tenga alguna dificultad sobre este tema. Y con toda seguridad que en el cielo nadie siente ninguna dificultad al respecto.

Todos los que se hallen en el infierno reconocerán que recibieron lo que merecían conforme a sus obras; mientras que aquellos que se hallen en el cielo se reconocerán «deudores a la gracia solamente». Los primeros habrán de agradecerse a sí mismos; los últimos habrán de dar gracias a Dios. Creemos que tal es la única solución verdadera a la cuestión de la responsabilidad y el poder del hombre.

La perseverancia final. La seguridad eterna del creyente

El tema de la perseverancia final, si bien, a nuestro juicio, es un tema muy simple, ha dejado perplejas a muchas personas; y las cuestiones que Ud. trae a nuestra consideración, así como los pasajes de la Escritura que aduce, prueban abundantemente que su mente no está del todo clara ni definida acerca de este punto. Sin embargo, es posible que Ud. tenga por objeto más bien ser útil a otros que instruirse a sí mismo, provocando una discusión de esta doctrina, a la luz de la Palabra.

En cualquier caso, siempre será una bendición para nosotros compartir con nuestros lectores y con nuestros corresponsales la luz que el Señor, en su gracia, ha tenido a bien comunicarnos sobre temas que son de interés común para todos aquellos que aman la verdad.

Al intentar responder su interesante carta, tenemos que hacer tres cosas, a saber: En primer lugar, establecer la doctrina de la perseverancia final o, en otros términos, la doctrina de la seguridad eterna de todos los miembros de Cristo. En segundo lugar, responder las preguntas que nos presentó, y que, lo reconocemos, los oponentes de la doctrina de la perseverancia final habitualmente esgrimen.

Y en tercer lugar, explicar los pasajes que ha citado y que parecen presentarle grandes dificultades. ¡Quiera el Espíritu Santo enseñarnos y darnos una mente enteramente sumisa a la autoridad de las Escrituras, a fin de que seamos capaces de formar un sano juicio sobre el tema que ahora habremos de examinar!

La doctrina de la perseverancia final o la seguridad eterna del creyente

Primeramente, pues, en cuanto a la doctrina de la perseverancia final, nos parece extremadamente clara y simple si uno la considera en su relación inmediata con Cristo, como, por cierto, toda doctrina debiera ser considerada. Cristo es el alma, el centro y la vida de toda doctrina. Una doctrina separada de Cristo, no es más que un dogma sin vida y sin poder, una mera idea en la mente, un simple artículo en un credo. Ésta es, pues, la razón por la cual debemos considerar cada verdad en sus relaciones con Cristo. Debemos hacer de Él siempre nuestro punto de vista y nuestro punto de partida.

Sólo si nos mantenemos cerca de Cristo, y si desde este gran punto central consideramos todos los demás puntos, podremos formarnos una idea verdaderamente correcta y justa de ellos. Si, por ejemplo, hago del yo mi punto de vista, y desde este punto considero la cuestión de la perseverancia final, puedo estar seguro de que no arribaremos sino a una visión enteramente falsa del tema, puesto que, de esta manera, se tratará de una cuestión de mi perseverancia final, y todo lo que dependa de mí, debe ser necesariamente incierto.

Pero si Cristo es mi punto de partida, y si, desde este centro, examino el tema, la vista que tendré —puedo estar seguro— será correcta, puesto que entonces se tratará de una cuestión de la perseverancia de Cristo; pues bien, yo estoy perfectamente seguro de que él perseverará y de que ningún poder del mundo, de la carne o del diablo podrán jamás impedir que Cristo persevere hasta el fin para la salvación de aquellos a quienes compró con su propia sangre, porque él “puede también salvar perpetuamente (literalmente: ‘hasta lo sumo’, completa o perfectamente) a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (Hebreos 7:25). Ésta es seguramente la perseverancia final, independientemente de cuáles puedan ser las dificultades o los poderes hostiles que surjan contra ella: “Él puede salvar hasta lo sumo”.

El mundo con sus miles de trampas está contra nosotros; pero, afirma la Palabra, “Él puede”. El pecado en nosotros con sus miles de operaciones está contra nosotros; pero, “Él puede”. Satanás con sus miles de maquinaciones, está contra nosotros; pero, “Él puede”. En una palabra, se trata del poder de Cristo, no del nuestro; se trata de la fidelidad de Cristo, no de la nuestra; se trata de la perseverancia final de Cristo, no de la nuestra. Todo depende de Él en este importante asunto.

Él compró sus ovejas, y seguramente las guardará lo mejor que pueda; y, si tenemos en cuenta que “toda potestad le es dada en el cielo y en la tierra” (Mateo 28:18), sus ovejas deben estar perfectamente y para siempre seguras. Si alguna cosa pudiese tocar la vida del más débil cordero de su rebaño, entonces no podría decirse de Cristo, que tiene “Toda potestad”.

Es, pues, de la mayor importancia considerar la cuestión de la perseverancia final como inseparablemente ligada a Cristo. Entonces, las dificultades desaparecen; las dudas y los temores se desvanecen; el corazón es afirmado, la conciencia aliviada, el entendimiento iluminado. Es imposible que uno que forma parte del cuerpo de Cristo perezca jamás; y el creyente es parte de este cuerpo: “Somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos” (Efesios 5:30).

Cada uno de los miembros del cuerpo de Cristo estaba escrito en el libro del Cordero que fue inmolado, desde antes de la fundación del mundo, y nada ni nadie puede borrar lo que está escrito en ese libro. Oigamos lo que nuestro Señor Jesucristo dijo de aquellos que son Suyos: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie (hombre, diablo o cualquier otro) las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre” (Juan 10:27-29).

Con toda seguridad, pues, la perseverancia final se halla comprendida en estas palabras; y, adviértase, además, que no es la perseverancia de los santos solamente, sino la del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Sí, querido amigo, ésta es la manera en que quisiéramos que Ud. considerase el tema en cuestión. Es la perseverancia final de la santa Trinidad. Es la perseverancia del Espíritu Santo al abrir los oídos de las ovejas. Es la perseverancia del Hijo al recibir a todos aquellos cuyos oídos han sido así abiertos. Y, finalmente, es la perseverancia del Padre al guardar, en su propio nombre y en la palma de su eterna mano, el rebaño comprado por la sangre de su Hijo.

Esto está demasiado claro. Debemos o bien admitir la verdad —la verdad consoladora y sustentadora de la perseverancia final—, o bien ceder a la blasfema proposición que atribuye al enemigo de Dios y del hombre el poder de proseguir, con éxito y hasta el fin, la lucha que sostiene contra la santa y eterna Trinidad. No existe término medio entre estas dos posibilidades. “La salvación es de Jehová” (Jonás 2:9), desde el principio hasta su consumación. Es una salvación gratuita, incondicional y eterna.

Desciende a las partes más bajas hasta alcanzar al pecador, en toda su culpa, su ruina y su degradación, para elevarlo allá arriba donde Dios habita en toda su santidad, su verdad y su justicia; y esta salvación es eterna. Dios el Padre es la fuente; Dios el Hijo es el canal; y el Espíritu Santo es el poder por el cual esta salvación se aplica al alma y se goza. Todo es de Dios, del principio al fin; desde el fundamento del edificio hasta la piedra más alta, desde la eternidad hasta la eternidad. Si así no fuese, sería una presuntuosa necedad hablar de perseverancia final; pero, puesto que es así, sería una incredulidad presuntuosa pensar en otra cosa.

Es cierto que, tanto antes como después de la conversión, diversas y numerosas dificultades se presentan en el camino. Tenemos muchos adversarios poderosos; pero precisamente por esta razón debemos mantener la doctrina de la perseverancia final enteramente libre del yo y de todo lo que pertenece a él, y hacerla reposar simplemente en Dios. Cualesquiera que sean las dificultades, y no obstante todos los adversarios, la fe puede siempre decir triunfante: “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?” Y más todavía: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?

Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; Somos contados como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:31; 35-39).

En estos pasajes, de nuevo, la perseverancia final se enseña de la manera más clara y fuerte posible. “Ninguna cosa creada nos podrá separar.” Ni el yo, bajo ninguna de sus formas; ni Satanás, con todos sus artificios y maquinaciones; ni el mundo, con todos sus atractivos o sus desprecios, podrán jamás separar el “nos” de Romanos 8:39 del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro. Sin ninguna duda, hay personas que pueden ser engañadas, y ellas engañar a otras.

Casos de conversiones simuladas pueden presentarse. Puede haber personas que parecen correr bien durante un tiempo, y después fallar. Las flores de la primavera pueden no venir acompañadas de los frutos maduros y dulces del otoño. Todas estas cosas pueden ocurrir y, además, los verdaderos creyentes pueden faltar en muchas cosas. Pueden tropezar y caer en su marcha. Pueden tener más de un motivo para juzgarse a sí mismos y para humillarse en los detalles de la vida práctica.

Pero, dejando el mayor margen posible para todas estas cosas, la importante y preciosa doctrina de la perseverancia final permanece, no obstante, inquebrantable e intacta sobre su eterno y divino fundamento: “Yo les doy (a mis ovejas) vida eterna (no temporaria ni condicional); y no perecerán jamás.” Y leemos también: “Sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mateo 16:18).

La gente puede razonar según sus propias ideas y basar sus argumentos, en casos que se presentan de vez en cuando, en la historia de los cristianos profesantes; mas, en cuanto a nosotros, considerando el tema desde un punto de vista divino, y basando nuestras convicciones en la segura e infalible Palabra de Dios, sostenemos que todos aquellos que pertenecen al “nos” de Romanos 8, a las “ovejas” de Juan 10, y a “la Iglesia” de Mateo 16, están tan seguros como Cristo puede hacer que lo estén, y nosotros creemos que ésta es la suma y la sustancia de la doctrina de la perseverancia final.

Respuestas breves y puntuales a preguntas planteadas

En segundo lugar, querido amigo, responderemos breve y puntualmente a las preguntas que nos plantea.

1. «¿Podrá un creyente ser salvo, sin importar en qué camino de pecado pueda vivir y morir?» Un verdadero creyente será infaliblemente salvo; pero consideramos que la salvación incluye, no solamente una plena liberación de las consecuencias futuras del pecado, sino también del poder y de la práctica del pecado en el tiempo presente. Por eso si nos encontramos con alguno que vive en el pecado, y, sin embargo, presume de su seguridad de salvación, lo consideramos como un antinomiano, y de ningún modo como una persona salva.

“Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad” (1.ª Juan 1:6). El creyente puede caer, pero será levantado; puede se sorprendido, pero será restaurado; puede errar, pero será traído de vuelta, porque Cristo “puede salvarlo hasta lo sumo”, y ninguno de sus pequeños perecerá.

2. «¿Puede el Espíritu Santo morar en un corazón que se entrega sin restricciones al mal y a pensamientos impuros?» El cuerpo del creyente es el templo del Espíritu Santo (1.ª Corintios 6:19). Esta importante verdad es el fundamento sólido sobre el cual reposa toda exhortación a la pureza y a la santidad del corazón y de la vida. Somos exhortados a no contristar al Espíritu Santo (Efesios 4:30). «Entregarse» al mal y a pensamientos impuros, no es en absoluto la marcha cristiana. El cristiano puede verse asaltado, afligido y acosado por malos pensamientos y, en tales, casos, sólo tiene que mirar a Cristo para obtener la victoria.

La marcha que conviene al cristiano está expresada de la siguiente manera en la primera epístola de Juan: “Sabemos que todo aquel que ha nacido de Dios, no practica el pecado, pues Aquel que fue engendrado por Dios le guarda, y el maligno no le toca” (1.ª Juan 5:18). Éste es el lado divino de la cuestión. ¡Lamentablemente, sabemos que también está el lado humano! Pero juzgamos el lado humano por el divino. No rebajamos el punto de vista divino al nivel del punto de vista humano, sino que tenemos siempre por punto de mira el lado divino a pesar del lado humano.

No deberíamos jamás estar satisfechos con nada que sea inferior a 1.ª Juan 5:18. Sólo teniendo siempre en vista el verdadero modelo, podremos esperar alcanzar una altura moral más elevada. Hablar de tener el Espíritu, y, no obstante, «entregarse» al mal y a pensamientos impuros es, a nuestro juicio, el antiguo nicolaitismo (Apocalipsis 2:6, 15), o el moderno antinomianismo.

2. «Si es así, ¿no dirán los demás entonces que cada uno puede vivir como bien le parece?» Ahora bien, ¿cómo le gusta a un verdadero cristiano vivir? Como Cristo, tanto como sea posible. Si alguien hubiese dirigido esta pregunta a Pablo, ¿cuál habría sido su respuesta?: 2.ª Corintios 5:14-15 y Filipenses 3:7-14 nos proporcionan la respuesta. Es de temerse que aquellos que hacen este tipo de preguntas, no conocen sino poco de Cristo.

Comprendemos que una persona pueda hallarse atrapada en los lazos de un sistema teológico que no contempla más que un solo lado de la verdad, y que esté perpleja por los dogmas opuestos de la teología sistemática; pero creemos que aquel que saca de la libertad, de la soberanía y de la firmeza eterna de la gracia de Dios, una excusa para vivir en el pecado, no conoce nada del cristianismo, ni tiene “parte ni suerte en este asunto”, sino que se encuentra en una condición peligrosa y verdaderamente horrible.

En cuanto al caso que usted aduce de un joven que oyó a un ministro declarar en su sermón que «una vez niño, uno es siempre niño», y que tomó ocasión de eso para entregarse y vivir abiertamente en el pecado, no es más que un ejemplo entre mil. Creemos que el ministro tenía razón en lo que dijo, y que el joven estuvo equivocado en lo que hizo. Juzgar las palabras del primero por los actos del último sería un grave error. ¿Qué pensaría yo de mi hijo, si él dijese: «una vez hijo, siempre hijo» y, por tanto, puedo proceder a romper los vidrios de mi padre y a cometer todo tipo de desmanes?

Juzgamos el enunciado del ministro por la Palabra de Dios, y lo declaramos verdadero; juzgamos la conducta del joven por la misma regla, y declaramos que es mala. El asunto es muy simple. No tenemos ninguna razón para creer que el desdichado joven haya realmente gustado alguna vez la verdadera gracia de Dios, porque, si así hubiese sido, él habría amado, cultivado y practicado la santidad.

El cristiano tiene que luchar contra el pecado, pero luchar contra el pecado y revolcarse en el pecado, son dos cosas totalmente opuestas. En el primer caso, podemos contar con la simpatía y la gracia de Cristo para nuestra ayuda; en el otro, se blasfema de hecho el nombre de Cristo por el hecho de que tal conducta hace a Cristo ministro de pecado.

Consideramos que es un grave error juzgar la verdad de Dios por las acciones de los hombres. Todos los que lo hacen deberán llegar a una falsa conclusión. Precisamente se requiere hacer lo contrario para estar en la verdad. Echemos mano de la verdad de Dios primero, y después juzguemos todas las cosas por esta verdad.

Tomemos la regla divina, y que ella sea para nosotros la medida de todas las cosas. Tomemos la balanza del santuario, y midamos el peso de todas las cosas y de cada uno. No debemos regular la balanza según el peso de cada uno, sino que el peso justo de cada uno debe ser juzgado tal como lo marca la balanza divinamente calibrada. Aunque diez mil profesantes renunciaran a su profesión para vivir y morir abiertamente en el pecado, ello no sacudiría nuestra confianza en la doctrina divina de la perseverancia final.

La misma Palabra que prueba la verdad de esta doctrina, prueba también la falsedad de la profesión de los tales. “Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros” (1.ª Juan 2:19). “El fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo” (2.ª Timoteo 2:19).

Explicación de pasajes generalmente aducidos por aquellos que procuran destruir la doctrina de la perseverancia final

Vamos, en tercer lugar, a examinar los diversos pasajes de las Escrituras que, como Ud. dice, habitualmente aducen aquellos que quieren hacer zozobrar la doctrina de la perseverancia final. Pero, antes de hacerlo, consideramos importante establecer un principio fundamental que, a nuestro juicio, es de gran utilidad en la interpretación de la Escritura en general. Este principio es muy simple: Ningún pasaje de la Escritura puede, bajo ningún concepto, contradecir otro.

Si se diera el caso, pues, de alguna contradicción aparente, ella no podría provenir sino de nuestra falta de inteligencia espiritual. Si, por ejemplo, alguien fuese a citar Santiago 2:24 en defensa de la doctrina de la justificación por las obras, podría ser que yo no fuera capaz de responder. Es muy posible que millares de personas, como Lutero, se hayan visto tristemente perplejas por este pasaje.

Ellas han podido experimentar la más clara y plena seguridad de su justificación, no por alguna obra que hayan hecho, sino simplemente “por la fe en Jesucristo”, y, sin embargo, ser completamente incapaces de explicar estas palabras de Santiago: “Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe” (Santiago 2:24).

Ahora bien, ¿cómo debe uno enfrentar una dificultad como ésa? No se entiende realmente al apóstol Santiago. Uno se encuentra muy perplejo por la aparente contradicción entre Santiago y Pablo. ¿Qué se puede hacer? Nada más que aplicar el principio recién mencionado: que ningún pasaje de la Escritura puede, bajo ningún concepto, contradecir otro.

Podríamos también considerar que no es posible una colisión entre dos cuerpos celestiales que circulan cada uno en su órbita asignada por el Creador, como tampoco ver dos autores inspirados contradecirse en sus aserciones. Ahora bien, leo en Romanos 4:5 palabras tan claras como éstas: “Mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia.”

Aquí encontramos que las obras quedan completamente excluidas como fundamento de la justificación, y la fe sola es reconocida. Asimismo en el capítulo 3:28, leemos: “Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin (o, aparte de) las obras de la ley” (griego: χωρις εργων νομον). Y de nuevo: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios” (Romanos 5:1).

En la epístola a los Gálatas, tenemos una enseñanza enteramente similar, expresada en estas palabras: “Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros (los judíos) también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo (griego: εκ πιστεως) y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado” (Gálatas 2:16).

En todos estos pasajes, y en muchos otros más, las obras son cuidadosamente excluidas como fundamento de la justificación, y el lenguaje de estos textos es tan simple y claro que aun “el que anduviere en este camino, por torpe que sea, no se extraviará” (Isaías 35:8). Si, pues, no podemos explicar Santiago 2:24, debemos o bien negar la inspiración del pasaje, o bien recurrir a nuestro principio, a saber, que ningún pasaje de la Escritura puede jamás contradecir otro, y con una confianza inquebrantable y una tranquilidad perfecta, continuar en nuestro gozo en la gran verdad fundamental de la justificación por la fe sola, completamente aparte de toda obra de ley.

Después de haber llamado la atención de mi lector respecto del famoso pasaje de Santiago 2:24, no será superfluo quizá añadir de paso algunas palabras que podrán facilitarle la comprensión. El versículo 14 contiene una pequeña palabra que nos proporciona la clave de todo el pasaje. “¿De qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras?”, pregunta el inspirado apóstol (Santiago 2:14).

Si él hubiese dicho: «¿De qué aprovechará si alguno tiene fe»?, la dificultad sería insuperable, y el desconcierto desesperado. Pero esta importante palabra —“dice”— remueve toda dificultad, y expone, de la manera más simple, la doctrina que el apóstol tiene en vista. Podríamos también preguntar: «¿De qué aprovechará si alguno dice que posee cien mil dólares de renta anual, si no los posee?»

Ahora bien, sabemos que la palabra “dice” es constantemente omitida por aquellos que citan de memoria Santiago 2:14. Algunos hasta se han atrevido a afirmar que esta palabra no se halla en el original. Pero cualquiera que tiene nociones de griego, no tiene más que leer el pasaje para verificar que la palabra λέγη (legue = dice) ha sido puesta allí por el Espíritu Santo, y que todos nuestros principales críticos y editores del Nuevo Testamento la han dejado; apenas podríamos concebir, en un pasaje, una palabra de más vital importancia.

Creemos que la influencia de esta palabra se hace sentir de un extremo al otro en todo este contexto donde aparece. No sirve de nada que un hombre diga meramente que tiene fe; pero si realmente la tiene, hay para él “provecho” para el tiempo y para la eternidad, ya que la fe lo une a Cristo y lo pone en posesión plena e inalienable de todo lo que Cristo ha hecho y de todo lo que Él es para nosotros delante de Dios.

Esto nos conduce a otro aspecto del tema que contribuirá más a desvanecer las aparentes contradicciones entre los dos inspirados apóstoles, Pablo y Santiago. Hay una diferencia muy sustancial entre las obras de la ley y las obras de la fe. Pablo, con un santo celo, excluye las primeras; mientras que Santiago recomienda con insistencia las últimas.

Pero nótese con cuidado que son sólo las primeras las que Pablo excluye, así como son sólo las últimas las que Santiago recomienda. Las obras de Abraham y de Rahab no fueron obras de ley, sino obras de fe, de la vida divina en ellos. Ellas eran el fruto natural y genuino de la fe, aparte de la cual, ellas no habrían poseído absolutamente ninguna virtud justificadora.

Es digno de notar que, en la historia de cuatro mil años antes de Cristo, el Espíritu Santo, por el apóstol, haya hecho elección de obras tales como las de Abraham en Génesis 22 y la de Rahab en Josué capítulo 2, más que alegar algunos de los numerosos actos de caridad o de benevolencia, si bien seguramente pudo haber seleccionado fácilmente muchos de ellos a partir de de la inmensa masa de materiales que tenía a su disposición.

Parece que, previendo el uso que el enemigo haría del pasaje que ahora estamos considerando, el Espíritu Santo eligió con cuidado dos ejemplos similares en apoyo de su tesis, que prueban, sin lugar a ninguna duda, que él insiste a favor de las obras de fe, y no a favor de las obras de ley; de manera que la inapreciable doctrina de la justificación por la fe, aparte de las obras de la ley, permanezca enteramente intacta.

Finalmente, si alguno deseara saber cuál es la diferencia entre las obras legales y las obras de la fe, podemos decir simplemente que las obras de ley son aquellas que se llevan a cabo con el objeto de obtener la vida; las obras de fe, en cambio, son el fruto natural y genuino de la vida divina que uno posee.

Pero, ¿qué se debe hacer para obtener la vida? “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna” (Juan 5:24). Es menester que tengamos la vida antes de poder hacer la obra más insignificante; y obtenemos la vida, no “diciendo” que tenemos fe, sino que, teniéndola realmente, obtenemos la vida; y cuando tenemos la vida, seguramente manifestaremos los preciosos frutos de la fe, para la gloria de Dios.

Así pues, podemos no solamente creer implícitamente que Pablo y Santiago deben estar de acuerdo, sino que claramente vemos que lo están.

Habiendo así procurado definir nuestro principio e ilustrarlo mediante ejemplos, dejamos que Ud., querido amigo, lo aplique en los diferentes casos difíciles y desconcertantes que se le puedan presentar al estudiar la Escritura, mientras que nosotros intentaremos explicar, en la medida que el Señor nos dé la capacidad, los importantes pasajes de la Escritura que Ud. nos ha presentado.

La primera cita está tomada de la segunda Epístola de Pedro: “Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina” (capítulo 2:1). La dificultad de este pasaje surge, probablemente, de estas palabras: “Negarán al Señor que los rescató”. Pero no existe realmente ninguna dificultad en estas palabras.

El Señor tiene un doble derecho sobre cada uno, hombre, mujer y niños, bajo la bóveda celeste. Un derecho basado en la Creación (Juan 1, Colosenses 1 y Hebreos 1), y un derecho basado en la redención, como Hijo del hombre, por el cual compró todo (en Mateo 13:44 se ve que el campo es comprado para obtener el tesoro que está en él, y previamente en el v. 38 se dice que el campo es el mundo).

A esto último se refieren las palabras del apóstol. Los falsos maestros no solamente negarán al Señor que los hizo, sino también al Señor que los compró. Es importante prestar atención a este punto; ello nos ayudará a aclarar más de una dificultad. El Señor Jesús ha adquirido un derecho sobre todos los miembros de la familia humana. El Padre le dio poder sobre toda carne (Juan 5:27-27). De ahí el pecado de aquellos que lo niegan.

Sería un pecado que se lo negara como Creador. Es un pecado mayor negarle como Redentor. No se trata en absoluto de una cuestión de regeneración o nuevo nacimiento. El apóstol no dice que «negarán al Señor que los hizo nacer de nuevo». En este caso, ciertamente habría una dificultad; pero tal como el pasaje está construido, deja enteramente intacta la doctrina de la perseverancia final.

El segundo pasaje se encuentra al final del mismo capítulo (v. 20-22). “Ciertamente, si habiéndose ellos escapado de las contaminaciones del mundo, por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, enredándose otra vez en ellas son vencidos, su postrer estado viene a ser peor que el primero… Pero les ha acontecido lo del verdadero proverbio: El perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno.”

La difusión del conocimiento de las Escrituras y de la luz del Evangelio puede ejercer —y ejerce frecuentemente— una asombrosa influencia sobre la conducta y el carácter de personas que jamás han conocido y experimentado el poder salvador, vivificador y liberador del evangelio de Cristo. Es casi imposible que una Biblia abierta circule o que un evangelio gratuito sea predicado, sin que sean acompañados de resultados sorprendentes, en los que, sin embargo, se verá que falta por completo el gran resultado esencial: el nuevo nacimiento.

Se pueden dejar muchos hábitos groseros, renunciar a diversos actos de impureza, bajo la influencia de un “conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo” puramente intelectual, sin que el corazón haya sido jamás realmente alcanzado para salvación. Ahora bien, se verá siempre que aquellos que escapan de la influencia de la luz evangélica —si bien esta influencia nunca se extendió más allá de su conducta exterior— se hunden en el mal mucho más profundamente que antes de haber sufrido esta influencia, y se entregan más que nunca a excesos de mundanalidad y de insensatez; “su postrer estado viene a ser peor que el primero” (v. 20).

El diablo halla todo su deleite en arrastrar al otrora profesante en un fango más profundo que aquel en el cual se revolcaba en los días de su ignorancia y de su indiferente necedad. De ahí la urgente necesidad de insistir, a todos aquellos con quienes nos relacionamos, sobre la importancia de volver segura su profesión, de tal manera que el conocimiento de la verdad no actúe solamente sobre su conducta exterior, sino que alcance el corazón y comunique esa vida que, una vez que se la posee, jamás se puede perder.

No hay nada en este pasaje que pueda horrorizar a la oveja de Cristo, sino que hay más bien serias advertencias para aquellos que, aunque hayan revestido por un tiempo la apariencia exterior de ovejas, jamás han sido interiormente diferentemente que como el perro y la puerca.

Ezequiel 18:24, 26: “Mas si el justo se apartare de su justicia y cometiere maldad, e hiciere conforme a todas las abominaciones que el impío hizo, ¿vivirá él? Ninguna de las justicias que hizo le serán tenidas en cuenta; por su rebelión con que prevaricó, y por el pecado que cometió, por ello morirá… Apartándose el justo de su justicia, y haciendo iniquidad, él morirá por ello; por la iniquidad que hizo, morirá.” Con esto podemos relacionar su alusión a 2.º Crónicas 15:2: “Jehová estará con vosotros cuando vosotros estéis con él.

Si le buscáis, él se dejará hallar; pero si le abandonáis, él os abandonará.” Nos sentimos constreñidos, querido amigo, a decir que aquellos que aducen pasajes de la Escritura tales como éstos, como si afectaran en alguna medida la verdad de la perseverancia final de los miembros de Cristo, dan evidencias de una triste falta de inteligencia espiritual. Estos pasajes, así como otros innumerables textos análogos del Antiguo Testamento, al igual que muchos pasajes similares del Nuevo, nos exponen el tema profundamente importante del gobierno moral de Dios. Ahora bien, ser simplemente un objeto del gobierno de Dios es una cosa, y ser un objeto de su gracia inmutable, es otra.

Nunca debemos confundirlos. Tratar a fondo este tema, desarrollando y haciendo referencia a los diversos pasajes que lo ilustran y le dan vigor, demandaría un volumen. Aquí sólo nos limitaremos a añadir que, según nuestra íntima persuasión, ninguno que no distinga correctamente entre el hombre bajo el gobierno y el hombre bajo la gracia, podría comprender la Palabra de Dios. En el primer caso, el hombre es considerado como marchando aquí abajo en una posición de responsabilidad y de peligro; en el segundo caso, es considerado como asociado con Cristo en lo alto, en una posición de privilegios inalienables y de eterna seguridad. Los dos pasajes del Antiguo Testamento a los que Ud. nos remitió, se relacionan enteramente con el gobierno de Dios y, en consecuencia, no tienen absolutamente nada que ver con la cuestión de la perseverancia final.

Mateo 12:45: “Entonces va, y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entrados, moran allí; y el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero. Así también acontecerá a esta mala generación.” La última frase de este pasaje explica todo el contexto. Nuestro Señor describe la condición moral del pueblo judío.

El espíritu de idolatría había salido de ellos, pero sólo por un tiempo, y para volver de nuevo con una fuerza y una energía siete veces mayores, de manera que su postrer estado vendrá a ser infinitamente peor que todo lo que habrá tenido lugar hasta entonces en su maravillosa historia. Este pasaje, tomado en una acepción secundaria, bien puede aplicarse a un individuo que, habiendo sufrido cierto cambio moral y manifestado un grado de mejora en su conducta exterior, luego retrocede y se vuelve más abiertamente corrompido y más vicioso que nunca.

2.ª Juan 8-9: “Mirad por vosotros mismos, para que no perdáis el fruto de vuestro trabajo, sino que recibáis galardón completo. Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ése sí tiene al Padre y al Hijo.” En el versículo 8 el apóstol exhorta a la señora elegida y a sus hijos a que miren por sí mismos, de manera de no perder nada del fruto de su ministerio. La señora y sus hijos debían ser una parte de su recompensa en el día de gloria venidero, y el apóstol deseaba ardientemente presentarlos exentos de faltas en presencia de esta gloria, a fin de recibir su plena recompensa.

El versículo 9 no requiere ninguna explicación. Es de una simplicidad solemne. Si alguno no permanece en la doctrina de Cristo, él no posee nada. Dejemos escurrir la verdad en cuanto a Cristo, y no tendremos ninguna seguridad respecto de nada. El cristiano tiene con toda seguridad necesidad de andar con vigilancia para escapar de las múltiples trampas y tentaciones que lo rodean; pero ¿cómo será esta vigilancia mejor obtenida o mantenida: poniendo su pie sobre la arena movediza de sus propias obras, o fijándolos firmemente sobre la roca de la salvación eterna de Dios? ¿Cuál es la posición más favorable para el ejercicio de la vigilancia y de la oración: aquella en la cual uno vive en la duda y el temor perpetuos, o aquella en la cual uno reposa con una confianza ingenua en el inmutable amor de un Dios salvador? Creemos poder anticipar su respuesta, querido amigo.

Apocalipsis 3:11: “He aquí, yo vengo pronto; retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona.” En este pasaje hay dos cosas que deben considerarse: primero, que se trata de un mensaje dirigido a una asamblea, y, segundo, no dice: «Que ninguno tome tu vida.» Un siervo puede perder su recompensa; pero un hijo no puede jamás perder su vida eterna. Se evitarían una multitud de dificultades si se prestase atención a esto. Una cosa es la relación de hijo; y muy otra es la relación de discípulo. Una cosa es la seguridad en Cristo, y muy otra el testimonio para Cristo. Si nuestra seguridad fuese a depender de nuestro testimonio, o nuestra relación de hijos dependiese de nuestra fidelidad como discípulos, ¿dónde estaríamos? Es cierto que cuanto más conozco mi seguridad y más gozo de mi relación de hijo, tanto más también mi testimonio será efectivo, y más fiel seré como discípulo; pero éstas son dos cosas que no deben jamás confundirse.

En fin, querido amigo, Ud. dice: «Todos los textos que hablan de perseverar hasta el fin, y de vencer, significan, se piensa, que porque existe la posibilidad de no perseverar y de no vencer, es también posible no ser finalmente salvo.» A esto respondemos simplemente que siempre será un placer para nosotros examinar de cerca con Ud. cada uno de los pasajes a los cuales ha hecho alusión de una manera general, y de probar, por la gracia de Dios, que ninguno de estos pasajes, rectamente interpretados, militan en el menor grado contra la preciosa verdad de la perseverancia final; sino que, al contrario, cada uno de ellos contiene en sí mismo o en su contexto inmediato, la prueba que armoniza perfectamente con la verdad de la seguridad eterna del más débil cordero de todo el rebaño que Cristo compró con su propia sangre.

¡Quiera el Señor establecer siempre más firmemente nuestras almas en su verdad, y “preservarnos para su reino celestial”, para la gloria de su santo nombre!