La perseverancia final. La seguridad eterna del creyente

El tema de la perseverancia final, si bien, a nuestro juicio, es un tema muy simple, ha dejado perplejas a muchas personas; y las cuestiones que Ud. trae a nuestra consideración, así como los pasajes de la Escritura que aduce, prueban abundantemente que su mente no está del todo clara ni definida acerca de este punto. Sin embargo, es posible que Ud. tenga por objeto más bien ser útil a otros que instruirse a sí mismo, provocando una discusión de esta doctrina, a la luz de la Palabra.

En cualquier caso, siempre será una bendición para nosotros compartir con nuestros lectores y con nuestros corresponsales la luz que el Señor, en su gracia, ha tenido a bien comunicarnos sobre temas que son de interés común para todos aquellos que aman la verdad.

Al intentar responder su interesante carta, tenemos que hacer tres cosas, a saber: En primer lugar, establecer la doctrina de la perseverancia final o, en otros términos, la doctrina de la seguridad eterna de todos los miembros de Cristo. En segundo lugar, responder las preguntas que nos presentó, y que, lo reconocemos, los oponentes de la doctrina de la perseverancia final habitualmente esgrimen.

Y en tercer lugar, explicar los pasajes que ha citado y que parecen presentarle grandes dificultades. ¡Quiera el Espíritu Santo enseñarnos y darnos una mente enteramente sumisa a la autoridad de las Escrituras, a fin de que seamos capaces de formar un sano juicio sobre el tema que ahora habremos de examinar!

La doctrina de la perseverancia final o la seguridad eterna del creyente

Primeramente, pues, en cuanto a la doctrina de la perseverancia final, nos parece extremadamente clara y simple si uno la considera en su relación inmediata con Cristo, como, por cierto, toda doctrina debiera ser considerada. Cristo es el alma, el centro y la vida de toda doctrina. Una doctrina separada de Cristo, no es más que un dogma sin vida y sin poder, una mera idea en la mente, un simple artículo en un credo. Ésta es, pues, la razón por la cual debemos considerar cada verdad en sus relaciones con Cristo. Debemos hacer de Él siempre nuestro punto de vista y nuestro punto de partida.

Sólo si nos mantenemos cerca de Cristo, y si desde este gran punto central consideramos todos los demás puntos, podremos formarnos una idea verdaderamente correcta y justa de ellos. Si, por ejemplo, hago del yo mi punto de vista, y desde este punto considero la cuestión de la perseverancia final, puedo estar seguro de que no arribaremos sino a una visión enteramente falsa del tema, puesto que, de esta manera, se tratará de una cuestión de mi perseverancia final, y todo lo que dependa de mí, debe ser necesariamente incierto.

Pero si Cristo es mi punto de partida, y si, desde este centro, examino el tema, la vista que tendré —puedo estar seguro— será correcta, puesto que entonces se tratará de una cuestión de la perseverancia de Cristo; pues bien, yo estoy perfectamente seguro de que él perseverará y de que ningún poder del mundo, de la carne o del diablo podrán jamás impedir que Cristo persevere hasta el fin para la salvación de aquellos a quienes compró con su propia sangre, porque él “puede también salvar perpetuamente (literalmente: ‘hasta lo sumo’, completa o perfectamente) a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (Hebreos 7:25). Ésta es seguramente la perseverancia final, independientemente de cuáles puedan ser las dificultades o los poderes hostiles que surjan contra ella: “Él puede salvar hasta lo sumo”.

El mundo con sus miles de trampas está contra nosotros; pero, afirma la Palabra, “Él puede”. El pecado en nosotros con sus miles de operaciones está contra nosotros; pero, “Él puede”. Satanás con sus miles de maquinaciones, está contra nosotros; pero, “Él puede”. En una palabra, se trata del poder de Cristo, no del nuestro; se trata de la fidelidad de Cristo, no de la nuestra; se trata de la perseverancia final de Cristo, no de la nuestra. Todo depende de Él en este importante asunto.

Él compró sus ovejas, y seguramente las guardará lo mejor que pueda; y, si tenemos en cuenta que “toda potestad le es dada en el cielo y en la tierra” (Mateo 28:18), sus ovejas deben estar perfectamente y para siempre seguras. Si alguna cosa pudiese tocar la vida del más débil cordero de su rebaño, entonces no podría decirse de Cristo, que tiene “Toda potestad”.

Es, pues, de la mayor importancia considerar la cuestión de la perseverancia final como inseparablemente ligada a Cristo. Entonces, las dificultades desaparecen; las dudas y los temores se desvanecen; el corazón es afirmado, la conciencia aliviada, el entendimiento iluminado. Es imposible que uno que forma parte del cuerpo de Cristo perezca jamás; y el creyente es parte de este cuerpo: “Somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos” (Efesios 5:30).

Cada uno de los miembros del cuerpo de Cristo estaba escrito en el libro del Cordero que fue inmolado, desde antes de la fundación del mundo, y nada ni nadie puede borrar lo que está escrito en ese libro. Oigamos lo que nuestro Señor Jesucristo dijo de aquellos que son Suyos: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie (hombre, diablo o cualquier otro) las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre” (Juan 10:27-29).

Con toda seguridad, pues, la perseverancia final se halla comprendida en estas palabras; y, adviértase, además, que no es la perseverancia de los santos solamente, sino la del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Sí, querido amigo, ésta es la manera en que quisiéramos que Ud. considerase el tema en cuestión. Es la perseverancia final de la santa Trinidad. Es la perseverancia del Espíritu Santo al abrir los oídos de las ovejas. Es la perseverancia del Hijo al recibir a todos aquellos cuyos oídos han sido así abiertos. Y, finalmente, es la perseverancia del Padre al guardar, en su propio nombre y en la palma de su eterna mano, el rebaño comprado por la sangre de su Hijo.

Esto está demasiado claro. Debemos o bien admitir la verdad —la verdad consoladora y sustentadora de la perseverancia final—, o bien ceder a la blasfema proposición que atribuye al enemigo de Dios y del hombre el poder de proseguir, con éxito y hasta el fin, la lucha que sostiene contra la santa y eterna Trinidad. No existe término medio entre estas dos posibilidades. “La salvación es de Jehová” (Jonás 2:9), desde el principio hasta su consumación. Es una salvación gratuita, incondicional y eterna.

Desciende a las partes más bajas hasta alcanzar al pecador, en toda su culpa, su ruina y su degradación, para elevarlo allá arriba donde Dios habita en toda su santidad, su verdad y su justicia; y esta salvación es eterna. Dios el Padre es la fuente; Dios el Hijo es el canal; y el Espíritu Santo es el poder por el cual esta salvación se aplica al alma y se goza. Todo es de Dios, del principio al fin; desde el fundamento del edificio hasta la piedra más alta, desde la eternidad hasta la eternidad. Si así no fuese, sería una presuntuosa necedad hablar de perseverancia final; pero, puesto que es así, sería una incredulidad presuntuosa pensar en otra cosa.

Es cierto que, tanto antes como después de la conversión, diversas y numerosas dificultades se presentan en el camino. Tenemos muchos adversarios poderosos; pero precisamente por esta razón debemos mantener la doctrina de la perseverancia final enteramente libre del yo y de todo lo que pertenece a él, y hacerla reposar simplemente en Dios. Cualesquiera que sean las dificultades, y no obstante todos los adversarios, la fe puede siempre decir triunfante: “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?” Y más todavía: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?

Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; Somos contados como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:31; 35-39).

En estos pasajes, de nuevo, la perseverancia final se enseña de la manera más clara y fuerte posible. “Ninguna cosa creada nos podrá separar.” Ni el yo, bajo ninguna de sus formas; ni Satanás, con todos sus artificios y maquinaciones; ni el mundo, con todos sus atractivos o sus desprecios, podrán jamás separar el “nos” de Romanos 8:39 del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro. Sin ninguna duda, hay personas que pueden ser engañadas, y ellas engañar a otras.

Casos de conversiones simuladas pueden presentarse. Puede haber personas que parecen correr bien durante un tiempo, y después fallar. Las flores de la primavera pueden no venir acompañadas de los frutos maduros y dulces del otoño. Todas estas cosas pueden ocurrir y, además, los verdaderos creyentes pueden faltar en muchas cosas. Pueden tropezar y caer en su marcha. Pueden tener más de un motivo para juzgarse a sí mismos y para humillarse en los detalles de la vida práctica.

Pero, dejando el mayor margen posible para todas estas cosas, la importante y preciosa doctrina de la perseverancia final permanece, no obstante, inquebrantable e intacta sobre su eterno y divino fundamento: “Yo les doy (a mis ovejas) vida eterna (no temporaria ni condicional); y no perecerán jamás.” Y leemos también: “Sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mateo 16:18).

La gente puede razonar según sus propias ideas y basar sus argumentos, en casos que se presentan de vez en cuando, en la historia de los cristianos profesantes; mas, en cuanto a nosotros, considerando el tema desde un punto de vista divino, y basando nuestras convicciones en la segura e infalible Palabra de Dios, sostenemos que todos aquellos que pertenecen al “nos” de Romanos 8, a las “ovejas” de Juan 10, y a “la Iglesia” de Mateo 16, están tan seguros como Cristo puede hacer que lo estén, y nosotros creemos que ésta es la suma y la sustancia de la doctrina de la perseverancia final.

Respuestas breves y puntuales a preguntas planteadas

En segundo lugar, querido amigo, responderemos breve y puntualmente a las preguntas que nos plantea.

1. «¿Podrá un creyente ser salvo, sin importar en qué camino de pecado pueda vivir y morir?» Un verdadero creyente será infaliblemente salvo; pero consideramos que la salvación incluye, no solamente una plena liberación de las consecuencias futuras del pecado, sino también del poder y de la práctica del pecado en el tiempo presente. Por eso si nos encontramos con alguno que vive en el pecado, y, sin embargo, presume de su seguridad de salvación, lo consideramos como un antinomiano, y de ningún modo como una persona salva.

“Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad” (1.ª Juan 1:6). El creyente puede caer, pero será levantado; puede se sorprendido, pero será restaurado; puede errar, pero será traído de vuelta, porque Cristo “puede salvarlo hasta lo sumo”, y ninguno de sus pequeños perecerá.

2. «¿Puede el Espíritu Santo morar en un corazón que se entrega sin restricciones al mal y a pensamientos impuros?» El cuerpo del creyente es el templo del Espíritu Santo (1.ª Corintios 6:19). Esta importante verdad es el fundamento sólido sobre el cual reposa toda exhortación a la pureza y a la santidad del corazón y de la vida. Somos exhortados a no contristar al Espíritu Santo (Efesios 4:30). «Entregarse» al mal y a pensamientos impuros, no es en absoluto la marcha cristiana. El cristiano puede verse asaltado, afligido y acosado por malos pensamientos y, en tales, casos, sólo tiene que mirar a Cristo para obtener la victoria.

La marcha que conviene al cristiano está expresada de la siguiente manera en la primera epístola de Juan: “Sabemos que todo aquel que ha nacido de Dios, no practica el pecado, pues Aquel que fue engendrado por Dios le guarda, y el maligno no le toca” (1.ª Juan 5:18). Éste es el lado divino de la cuestión. ¡Lamentablemente, sabemos que también está el lado humano! Pero juzgamos el lado humano por el divino. No rebajamos el punto de vista divino al nivel del punto de vista humano, sino que tenemos siempre por punto de mira el lado divino a pesar del lado humano.

No deberíamos jamás estar satisfechos con nada que sea inferior a 1.ª Juan 5:18. Sólo teniendo siempre en vista el verdadero modelo, podremos esperar alcanzar una altura moral más elevada. Hablar de tener el Espíritu, y, no obstante, «entregarse» al mal y a pensamientos impuros es, a nuestro juicio, el antiguo nicolaitismo (Apocalipsis 2:6, 15), o el moderno antinomianismo.

2. «Si es así, ¿no dirán los demás entonces que cada uno puede vivir como bien le parece?» Ahora bien, ¿cómo le gusta a un verdadero cristiano vivir? Como Cristo, tanto como sea posible. Si alguien hubiese dirigido esta pregunta a Pablo, ¿cuál habría sido su respuesta?: 2.ª Corintios 5:14-15 y Filipenses 3:7-14 nos proporcionan la respuesta. Es de temerse que aquellos que hacen este tipo de preguntas, no conocen sino poco de Cristo.

Comprendemos que una persona pueda hallarse atrapada en los lazos de un sistema teológico que no contempla más que un solo lado de la verdad, y que esté perpleja por los dogmas opuestos de la teología sistemática; pero creemos que aquel que saca de la libertad, de la soberanía y de la firmeza eterna de la gracia de Dios, una excusa para vivir en el pecado, no conoce nada del cristianismo, ni tiene “parte ni suerte en este asunto”, sino que se encuentra en una condición peligrosa y verdaderamente horrible.

En cuanto al caso que usted aduce de un joven que oyó a un ministro declarar en su sermón que «una vez niño, uno es siempre niño», y que tomó ocasión de eso para entregarse y vivir abiertamente en el pecado, no es más que un ejemplo entre mil. Creemos que el ministro tenía razón en lo que dijo, y que el joven estuvo equivocado en lo que hizo. Juzgar las palabras del primero por los actos del último sería un grave error. ¿Qué pensaría yo de mi hijo, si él dijese: «una vez hijo, siempre hijo» y, por tanto, puedo proceder a romper los vidrios de mi padre y a cometer todo tipo de desmanes?

Juzgamos el enunciado del ministro por la Palabra de Dios, y lo declaramos verdadero; juzgamos la conducta del joven por la misma regla, y declaramos que es mala. El asunto es muy simple. No tenemos ninguna razón para creer que el desdichado joven haya realmente gustado alguna vez la verdadera gracia de Dios, porque, si así hubiese sido, él habría amado, cultivado y practicado la santidad.

El cristiano tiene que luchar contra el pecado, pero luchar contra el pecado y revolcarse en el pecado, son dos cosas totalmente opuestas. En el primer caso, podemos contar con la simpatía y la gracia de Cristo para nuestra ayuda; en el otro, se blasfema de hecho el nombre de Cristo por el hecho de que tal conducta hace a Cristo ministro de pecado.

Consideramos que es un grave error juzgar la verdad de Dios por las acciones de los hombres. Todos los que lo hacen deberán llegar a una falsa conclusión. Precisamente se requiere hacer lo contrario para estar en la verdad. Echemos mano de la verdad de Dios primero, y después juzguemos todas las cosas por esta verdad.

Tomemos la regla divina, y que ella sea para nosotros la medida de todas las cosas. Tomemos la balanza del santuario, y midamos el peso de todas las cosas y de cada uno. No debemos regular la balanza según el peso de cada uno, sino que el peso justo de cada uno debe ser juzgado tal como lo marca la balanza divinamente calibrada. Aunque diez mil profesantes renunciaran a su profesión para vivir y morir abiertamente en el pecado, ello no sacudiría nuestra confianza en la doctrina divina de la perseverancia final.

La misma Palabra que prueba la verdad de esta doctrina, prueba también la falsedad de la profesión de los tales. “Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros” (1.ª Juan 2:19). “El fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo” (2.ª Timoteo 2:19).

Explicación de pasajes generalmente aducidos por aquellos que procuran destruir la doctrina de la perseverancia final

Vamos, en tercer lugar, a examinar los diversos pasajes de las Escrituras que, como Ud. dice, habitualmente aducen aquellos que quieren hacer zozobrar la doctrina de la perseverancia final. Pero, antes de hacerlo, consideramos importante establecer un principio fundamental que, a nuestro juicio, es de gran utilidad en la interpretación de la Escritura en general. Este principio es muy simple: Ningún pasaje de la Escritura puede, bajo ningún concepto, contradecir otro.

Si se diera el caso, pues, de alguna contradicción aparente, ella no podría provenir sino de nuestra falta de inteligencia espiritual. Si, por ejemplo, alguien fuese a citar Santiago 2:24 en defensa de la doctrina de la justificación por las obras, podría ser que yo no fuera capaz de responder. Es muy posible que millares de personas, como Lutero, se hayan visto tristemente perplejas por este pasaje.

Ellas han podido experimentar la más clara y plena seguridad de su justificación, no por alguna obra que hayan hecho, sino simplemente “por la fe en Jesucristo”, y, sin embargo, ser completamente incapaces de explicar estas palabras de Santiago: “Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe” (Santiago 2:24).

Ahora bien, ¿cómo debe uno enfrentar una dificultad como ésa? No se entiende realmente al apóstol Santiago. Uno se encuentra muy perplejo por la aparente contradicción entre Santiago y Pablo. ¿Qué se puede hacer? Nada más que aplicar el principio recién mencionado: que ningún pasaje de la Escritura puede, bajo ningún concepto, contradecir otro.

Podríamos también considerar que no es posible una colisión entre dos cuerpos celestiales que circulan cada uno en su órbita asignada por el Creador, como tampoco ver dos autores inspirados contradecirse en sus aserciones. Ahora bien, leo en Romanos 4:5 palabras tan claras como éstas: “Mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia.”

Aquí encontramos que las obras quedan completamente excluidas como fundamento de la justificación, y la fe sola es reconocida. Asimismo en el capítulo 3:28, leemos: “Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin (o, aparte de) las obras de la ley” (griego: χωρις εργων νομον). Y de nuevo: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios” (Romanos 5:1).

En la epístola a los Gálatas, tenemos una enseñanza enteramente similar, expresada en estas palabras: “Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros (los judíos) también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo (griego: εκ πιστεως) y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado” (Gálatas 2:16).

En todos estos pasajes, y en muchos otros más, las obras son cuidadosamente excluidas como fundamento de la justificación, y el lenguaje de estos textos es tan simple y claro que aun “el que anduviere en este camino, por torpe que sea, no se extraviará” (Isaías 35:8). Si, pues, no podemos explicar Santiago 2:24, debemos o bien negar la inspiración del pasaje, o bien recurrir a nuestro principio, a saber, que ningún pasaje de la Escritura puede jamás contradecir otro, y con una confianza inquebrantable y una tranquilidad perfecta, continuar en nuestro gozo en la gran verdad fundamental de la justificación por la fe sola, completamente aparte de toda obra de ley.

Después de haber llamado la atención de mi lector respecto del famoso pasaje de Santiago 2:24, no será superfluo quizá añadir de paso algunas palabras que podrán facilitarle la comprensión. El versículo 14 contiene una pequeña palabra que nos proporciona la clave de todo el pasaje. “¿De qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras?”, pregunta el inspirado apóstol (Santiago 2:14).

Si él hubiese dicho: «¿De qué aprovechará si alguno tiene fe»?, la dificultad sería insuperable, y el desconcierto desesperado. Pero esta importante palabra —“dice”— remueve toda dificultad, y expone, de la manera más simple, la doctrina que el apóstol tiene en vista. Podríamos también preguntar: «¿De qué aprovechará si alguno dice que posee cien mil dólares de renta anual, si no los posee?»

Ahora bien, sabemos que la palabra “dice” es constantemente omitida por aquellos que citan de memoria Santiago 2:14. Algunos hasta se han atrevido a afirmar que esta palabra no se halla en el original. Pero cualquiera que tiene nociones de griego, no tiene más que leer el pasaje para verificar que la palabra λέγη (legue = dice) ha sido puesta allí por el Espíritu Santo, y que todos nuestros principales críticos y editores del Nuevo Testamento la han dejado; apenas podríamos concebir, en un pasaje, una palabra de más vital importancia.

Creemos que la influencia de esta palabra se hace sentir de un extremo al otro en todo este contexto donde aparece. No sirve de nada que un hombre diga meramente que tiene fe; pero si realmente la tiene, hay para él “provecho” para el tiempo y para la eternidad, ya que la fe lo une a Cristo y lo pone en posesión plena e inalienable de todo lo que Cristo ha hecho y de todo lo que Él es para nosotros delante de Dios.

Esto nos conduce a otro aspecto del tema que contribuirá más a desvanecer las aparentes contradicciones entre los dos inspirados apóstoles, Pablo y Santiago. Hay una diferencia muy sustancial entre las obras de la ley y las obras de la fe. Pablo, con un santo celo, excluye las primeras; mientras que Santiago recomienda con insistencia las últimas.

Pero nótese con cuidado que son sólo las primeras las que Pablo excluye, así como son sólo las últimas las que Santiago recomienda. Las obras de Abraham y de Rahab no fueron obras de ley, sino obras de fe, de la vida divina en ellos. Ellas eran el fruto natural y genuino de la fe, aparte de la cual, ellas no habrían poseído absolutamente ninguna virtud justificadora.

Es digno de notar que, en la historia de cuatro mil años antes de Cristo, el Espíritu Santo, por el apóstol, haya hecho elección de obras tales como las de Abraham en Génesis 22 y la de Rahab en Josué capítulo 2, más que alegar algunos de los numerosos actos de caridad o de benevolencia, si bien seguramente pudo haber seleccionado fácilmente muchos de ellos a partir de de la inmensa masa de materiales que tenía a su disposición.

Parece que, previendo el uso que el enemigo haría del pasaje que ahora estamos considerando, el Espíritu Santo eligió con cuidado dos ejemplos similares en apoyo de su tesis, que prueban, sin lugar a ninguna duda, que él insiste a favor de las obras de fe, y no a favor de las obras de ley; de manera que la inapreciable doctrina de la justificación por la fe, aparte de las obras de la ley, permanezca enteramente intacta.

Finalmente, si alguno deseara saber cuál es la diferencia entre las obras legales y las obras de la fe, podemos decir simplemente que las obras de ley son aquellas que se llevan a cabo con el objeto de obtener la vida; las obras de fe, en cambio, son el fruto natural y genuino de la vida divina que uno posee.

Pero, ¿qué se debe hacer para obtener la vida? “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna” (Juan 5:24). Es menester que tengamos la vida antes de poder hacer la obra más insignificante; y obtenemos la vida, no “diciendo” que tenemos fe, sino que, teniéndola realmente, obtenemos la vida; y cuando tenemos la vida, seguramente manifestaremos los preciosos frutos de la fe, para la gloria de Dios.

Así pues, podemos no solamente creer implícitamente que Pablo y Santiago deben estar de acuerdo, sino que claramente vemos que lo están.

Habiendo así procurado definir nuestro principio e ilustrarlo mediante ejemplos, dejamos que Ud., querido amigo, lo aplique en los diferentes casos difíciles y desconcertantes que se le puedan presentar al estudiar la Escritura, mientras que nosotros intentaremos explicar, en la medida que el Señor nos dé la capacidad, los importantes pasajes de la Escritura que Ud. nos ha presentado.

La primera cita está tomada de la segunda Epístola de Pedro: “Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina” (capítulo 2:1). La dificultad de este pasaje surge, probablemente, de estas palabras: “Negarán al Señor que los rescató”. Pero no existe realmente ninguna dificultad en estas palabras.

El Señor tiene un doble derecho sobre cada uno, hombre, mujer y niños, bajo la bóveda celeste. Un derecho basado en la Creación (Juan 1, Colosenses 1 y Hebreos 1), y un derecho basado en la redención, como Hijo del hombre, por el cual compró todo (en Mateo 13:44 se ve que el campo es comprado para obtener el tesoro que está en él, y previamente en el v. 38 se dice que el campo es el mundo).

A esto último se refieren las palabras del apóstol. Los falsos maestros no solamente negarán al Señor que los hizo, sino también al Señor que los compró. Es importante prestar atención a este punto; ello nos ayudará a aclarar más de una dificultad. El Señor Jesús ha adquirido un derecho sobre todos los miembros de la familia humana. El Padre le dio poder sobre toda carne (Juan 5:27-27). De ahí el pecado de aquellos que lo niegan.

Sería un pecado que se lo negara como Creador. Es un pecado mayor negarle como Redentor. No se trata en absoluto de una cuestión de regeneración o nuevo nacimiento. El apóstol no dice que «negarán al Señor que los hizo nacer de nuevo». En este caso, ciertamente habría una dificultad; pero tal como el pasaje está construido, deja enteramente intacta la doctrina de la perseverancia final.

El segundo pasaje se encuentra al final del mismo capítulo (v. 20-22). “Ciertamente, si habiéndose ellos escapado de las contaminaciones del mundo, por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, enredándose otra vez en ellas son vencidos, su postrer estado viene a ser peor que el primero… Pero les ha acontecido lo del verdadero proverbio: El perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno.”

La difusión del conocimiento de las Escrituras y de la luz del Evangelio puede ejercer —y ejerce frecuentemente— una asombrosa influencia sobre la conducta y el carácter de personas que jamás han conocido y experimentado el poder salvador, vivificador y liberador del evangelio de Cristo. Es casi imposible que una Biblia abierta circule o que un evangelio gratuito sea predicado, sin que sean acompañados de resultados sorprendentes, en los que, sin embargo, se verá que falta por completo el gran resultado esencial: el nuevo nacimiento.

Se pueden dejar muchos hábitos groseros, renunciar a diversos actos de impureza, bajo la influencia de un “conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo” puramente intelectual, sin que el corazón haya sido jamás realmente alcanzado para salvación. Ahora bien, se verá siempre que aquellos que escapan de la influencia de la luz evangélica —si bien esta influencia nunca se extendió más allá de su conducta exterior— se hunden en el mal mucho más profundamente que antes de haber sufrido esta influencia, y se entregan más que nunca a excesos de mundanalidad y de insensatez; “su postrer estado viene a ser peor que el primero” (v. 20).

El diablo halla todo su deleite en arrastrar al otrora profesante en un fango más profundo que aquel en el cual se revolcaba en los días de su ignorancia y de su indiferente necedad. De ahí la urgente necesidad de insistir, a todos aquellos con quienes nos relacionamos, sobre la importancia de volver segura su profesión, de tal manera que el conocimiento de la verdad no actúe solamente sobre su conducta exterior, sino que alcance el corazón y comunique esa vida que, una vez que se la posee, jamás se puede perder.

No hay nada en este pasaje que pueda horrorizar a la oveja de Cristo, sino que hay más bien serias advertencias para aquellos que, aunque hayan revestido por un tiempo la apariencia exterior de ovejas, jamás han sido interiormente diferentemente que como el perro y la puerca.

Ezequiel 18:24, 26: “Mas si el justo se apartare de su justicia y cometiere maldad, e hiciere conforme a todas las abominaciones que el impío hizo, ¿vivirá él? Ninguna de las justicias que hizo le serán tenidas en cuenta; por su rebelión con que prevaricó, y por el pecado que cometió, por ello morirá… Apartándose el justo de su justicia, y haciendo iniquidad, él morirá por ello; por la iniquidad que hizo, morirá.” Con esto podemos relacionar su alusión a 2.º Crónicas 15:2: “Jehová estará con vosotros cuando vosotros estéis con él.

Si le buscáis, él se dejará hallar; pero si le abandonáis, él os abandonará.” Nos sentimos constreñidos, querido amigo, a decir que aquellos que aducen pasajes de la Escritura tales como éstos, como si afectaran en alguna medida la verdad de la perseverancia final de los miembros de Cristo, dan evidencias de una triste falta de inteligencia espiritual. Estos pasajes, así como otros innumerables textos análogos del Antiguo Testamento, al igual que muchos pasajes similares del Nuevo, nos exponen el tema profundamente importante del gobierno moral de Dios. Ahora bien, ser simplemente un objeto del gobierno de Dios es una cosa, y ser un objeto de su gracia inmutable, es otra.

Nunca debemos confundirlos. Tratar a fondo este tema, desarrollando y haciendo referencia a los diversos pasajes que lo ilustran y le dan vigor, demandaría un volumen. Aquí sólo nos limitaremos a añadir que, según nuestra íntima persuasión, ninguno que no distinga correctamente entre el hombre bajo el gobierno y el hombre bajo la gracia, podría comprender la Palabra de Dios. En el primer caso, el hombre es considerado como marchando aquí abajo en una posición de responsabilidad y de peligro; en el segundo caso, es considerado como asociado con Cristo en lo alto, en una posición de privilegios inalienables y de eterna seguridad. Los dos pasajes del Antiguo Testamento a los que Ud. nos remitió, se relacionan enteramente con el gobierno de Dios y, en consecuencia, no tienen absolutamente nada que ver con la cuestión de la perseverancia final.

Mateo 12:45: “Entonces va, y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entrados, moran allí; y el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero. Así también acontecerá a esta mala generación.” La última frase de este pasaje explica todo el contexto. Nuestro Señor describe la condición moral del pueblo judío.

El espíritu de idolatría había salido de ellos, pero sólo por un tiempo, y para volver de nuevo con una fuerza y una energía siete veces mayores, de manera que su postrer estado vendrá a ser infinitamente peor que todo lo que habrá tenido lugar hasta entonces en su maravillosa historia. Este pasaje, tomado en una acepción secundaria, bien puede aplicarse a un individuo que, habiendo sufrido cierto cambio moral y manifestado un grado de mejora en su conducta exterior, luego retrocede y se vuelve más abiertamente corrompido y más vicioso que nunca.

2.ª Juan 8-9: “Mirad por vosotros mismos, para que no perdáis el fruto de vuestro trabajo, sino que recibáis galardón completo. Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ése sí tiene al Padre y al Hijo.” En el versículo 8 el apóstol exhorta a la señora elegida y a sus hijos a que miren por sí mismos, de manera de no perder nada del fruto de su ministerio. La señora y sus hijos debían ser una parte de su recompensa en el día de gloria venidero, y el apóstol deseaba ardientemente presentarlos exentos de faltas en presencia de esta gloria, a fin de recibir su plena recompensa.

El versículo 9 no requiere ninguna explicación. Es de una simplicidad solemne. Si alguno no permanece en la doctrina de Cristo, él no posee nada. Dejemos escurrir la verdad en cuanto a Cristo, y no tendremos ninguna seguridad respecto de nada. El cristiano tiene con toda seguridad necesidad de andar con vigilancia para escapar de las múltiples trampas y tentaciones que lo rodean; pero ¿cómo será esta vigilancia mejor obtenida o mantenida: poniendo su pie sobre la arena movediza de sus propias obras, o fijándolos firmemente sobre la roca de la salvación eterna de Dios? ¿Cuál es la posición más favorable para el ejercicio de la vigilancia y de la oración: aquella en la cual uno vive en la duda y el temor perpetuos, o aquella en la cual uno reposa con una confianza ingenua en el inmutable amor de un Dios salvador? Creemos poder anticipar su respuesta, querido amigo.

Apocalipsis 3:11: “He aquí, yo vengo pronto; retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona.” En este pasaje hay dos cosas que deben considerarse: primero, que se trata de un mensaje dirigido a una asamblea, y, segundo, no dice: «Que ninguno tome tu vida.» Un siervo puede perder su recompensa; pero un hijo no puede jamás perder su vida eterna. Se evitarían una multitud de dificultades si se prestase atención a esto. Una cosa es la relación de hijo; y muy otra es la relación de discípulo. Una cosa es la seguridad en Cristo, y muy otra el testimonio para Cristo. Si nuestra seguridad fuese a depender de nuestro testimonio, o nuestra relación de hijos dependiese de nuestra fidelidad como discípulos, ¿dónde estaríamos? Es cierto que cuanto más conozco mi seguridad y más gozo de mi relación de hijo, tanto más también mi testimonio será efectivo, y más fiel seré como discípulo; pero éstas son dos cosas que no deben jamás confundirse.

En fin, querido amigo, Ud. dice: «Todos los textos que hablan de perseverar hasta el fin, y de vencer, significan, se piensa, que porque existe la posibilidad de no perseverar y de no vencer, es también posible no ser finalmente salvo.» A esto respondemos simplemente que siempre será un placer para nosotros examinar de cerca con Ud. cada uno de los pasajes a los cuales ha hecho alusión de una manera general, y de probar, por la gracia de Dios, que ninguno de estos pasajes, rectamente interpretados, militan en el menor grado contra la preciosa verdad de la perseverancia final; sino que, al contrario, cada uno de ellos contiene en sí mismo o en su contexto inmediato, la prueba que armoniza perfectamente con la verdad de la seguridad eterna del más débil cordero de todo el rebaño que Cristo compró con su propia sangre.

¡Quiera el Señor establecer siempre más firmemente nuestras almas en su verdad, y “preservarnos para su reino celestial”, para la gloria de su santo nombre!

Calvinismo y arminianismo

El error de una teología torcida que muestra un solo lado de la verdad

Hace poco hemos recibido una larga carta que proporciona una muy sorprendente prueba de los desconcertantes efectos de una teología torcida que muestra un solo lado de la verdad, y que pretende que sea la verdad completa. Nuestro corresponsal se halla evidentemente bajo la influencia de lo que se denomina «la alta escuela de doctrina». En consecuencia, no puede ver lo correcto de llamar a los inconversos a que «vengan», a que «oigan», a que «se arrepientan» o a que «crean». Para él ello es como decirle a un árbol silvestre que produzca dulces manzanas a fin de que se convierta en un manzano.

Ahora bien, creemos plenamente que la fe es don de Dios, y que ella no es conforme a la voluntad del hombre ni por su poder. Además, creemos que ninguna alma vendría jamás a Cristo si no fuere atraída —forzada— por la gracia divina a hacerlo; por lo tanto, todos los que son salvos tienen que dar gracias a Dios por su gracia libre y soberana al respecto. Su cántico es, y siempre será: «No a nosotros, oh Señor, no a nosotros, sino a tu Nombre damos gloria, por tu misericordia, y por amor a tu verdad.»

Y nosotros creemos esto, no como parte de un determinado sistema de doctrina, sino como la verdad revelada de Dios. Pero, por otro lado, también creemos, y de igual manera, en la solemne verdad de la responsabilidad moral del hombre, puesto que la Escritura lo enseña claramente, aunque no lo encontremos entre lo que se denomina «los cinco puntos de la fe de los escogidos de Dios».

Creemos en estos cinco puntos, hasta donde están escritos; pero distan muchísimo de abarcar toda la fe de los escogidos de Dios. Hay extensas áreas de la revelación divina que ni remotamente son contempladas, y ni siquiera aludidas, por este sistema teológico defectuoso y mal desarrollado. ¿Dónde hallamos el llamamiento celestial? ¿Dónde está la gloriosa verdad de la Iglesia como cuerpo y esposa de Cristo? ¿Dónde está la preciosa esperanza santificadora de la venida de Cristo para recibir a los suyos en el aire?

¿Dónde vemos que el vasto campo de la profecía se abra a la visión de nuestras almas en lo que tan pomposamente ha venido a llamarse «la fe de los escogidos de Dios»? En vano buscaremos la menor traza de ello en todo el sistema con el cual nuestro amigo está vinculado.

Ahora bien, ¿podríamos suponer por un momento que el bendito apóstol Pablo aceptaría como «la fe de los escogidos de Dios» un sistema que excluye el glorioso misterio de la Iglesia de la cual él fue hecho ministro de una manera especial?

Supongamos que alguien le hubiera mostrado a Pablo «los cinco puntos» del calvinismo como una declaración de la verdad de Dios, ¿qué habría dicho? ¡¿Qué?! ¡«Toda la verdad de Dios»; «la fe de los escogidos de Dios»; «todo aquello que es esencial para la fe»!; ¡pero ni una sílaba acerca de la verdadera posición de la Iglesia, de su llamamiento, de su esperanza y de sus privilegios!

¡Tampoco se hace ninguna mención del futuro de Israel! Vemos una completa ignorancia o, en el mejor de los casos, un despojamiento de las promesas hechas a Abraham, Isaac, Jacob y David. Las enseñanzas proféticas en su conjunto son relegadas a un sistema espiritualizante o alegorizante —falsamente así llamado— de interpretación, mediante el cual a Israel se lo priva de su propia porción, y los cristianos son rebajados a un nivel terrenal; ¡y esto nos es presentado con la elevada pretensión de ser «la fe de los escogidos de Dios»!

¡Gracias a Dios que ello no es así! Él —bendito sea su Nombre— no se ha confinado dentro de los estrechos límites de ninguna escuela teológica, alta, baja o moderada. Se ha revelado a sí mismo. Ha declarado los profundos y preciosos secretos de su corazón. Ha hecho manifiestos sus eternos consejos con respecto a la Iglesia, a Israel, a los gentiles y a toda la Creación.

Los hombres si quieren pueden tratar de confinar el vasto océano dentro de un balde que ellos mismos han formado, de la misma manera que pretenden confinar el vasto rango de la revelación divina dentro de los débiles cercos de los sistemas de teología humanos. No es posible hacer esto, ni se debiera intentar hacerlo.

Es muchísimo mejor hacer a un lado los sistemas teológicos y las escuelas de teología, y venir, cual un niño, a la eterna fuente de la Santa Escritura, para beber de ella las vivas enseñanzas del Espíritu de Dios.

Nada es más nocivo para la verdad de Dios, más desecante para el alma ni más subversivo para el crecimiento y el progreso espiritual que la mera teología, ya alta o calvinista, ya baja o arminiana. Es imposible que el alma progrese más allá de los límites del sistema con el que está relacionada.

Si se me enseña a considerar «los cinco puntos» como «la fe de los escogidos de Dios», no me interesará mirar más allá de ellos; y entonces un glorioso conjunto de verdades celestiales quedará vedado a mi vista.

Resultaré atrofiado y estrecho de miras, con una visión meramente parcial de la verdad. Correré peligro de caer en ese estado de alma frío y endurecido que resulta de estar ocupado con meros puntos de doctrina en vez de estarlo con Cristo.

Un discípulo de la alta escuela de teología —o calvinista— no quiere oír acerca de un Evangelio para el mundo entero; del amor de Dios hacia el mundo; de las buenas nuevas para toda criatura debajo del cielo. Él sólo ha conseguido un Evangelio para los escogidos. Por otra parte, un discípulo de la baja escuela —o arminiana— no quiere oír acerca de la eterna seguridad de los que creen.

Su salvación —alegan— depende en parte de Cristo y en parte de ellos mismos. Conforme a este sistema, el cántico de los redimidos debería sufrir una modificación: En lugar de cantar simplemente: «Digno es el Cordero», deberíamos agregar: «Y dignos somos también nosotros.» Podemos ser salvos hoy, y perdernos mañana. Todo esto deshonra a Dios, y priva al cristiano de toda paz verdadera.

Al escribir así no pretendemos ofender al lector. Nada estaría más lejos de nuestros pensamientos. No estamos tratando con las personas, sino con escuelas de doctrina y sistemas de teología, procurando con toda vehemencia que nuestros amados lectores logren abandonarlos de una vez para siempre.

Ningún sistema teológico comprende toda la verdad de Dios. Todos, es verdad, contienen ciertos elementos de verdad; pero la verdad siempre resulta anulada por el error; y aun cuando hallemos algún sistema que, en lo que va de él, no contenga más que la verdad, con todo, si no comprendiera toda la verdad, su efecto sobre el alma sería pernicioso, por cuanto llevaría a una persona a vanagloriarse de tener toda la verdad de Dios, cuando, en realidad, lo que tiene no es más que un sistema humano que no considera más que un solo lado de la verdad.

Además, es raro encontrar un solo discípulo de cualquier escuela de doctrina que pueda enfrentar a la Escritura en su conjunto. Siempre se citarán ciertos textos preferidos que serán reiterados continuamente; pero no se apropiará de una vasta porción de la Escritura.

Tómense, por ejemplo, pasajes tales como los siguientes: “Pero Dios… ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (Hechos 17:30). “El cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1.ª Timoteo 2:4). “El Señor… es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2.ª Pedro 3:9). Y, en la última página del inspirado Volumen, leemos: “Y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Apocalipsis 21:17).

¿Hemos de tomar estos pasajes tal como están o hemos de introducir palabras que modifiquen su sentido de manera de adaptarlos a nuestro particular sistema teológico? El hecho es que los tales ponen de manifiesto la grandeza del corazón de Dios, las acciones de su naturaleza de gracia y el vasto aspecto de su amor. No es conforme al amante corazón de Dios que ninguna de sus criaturas perezca.

No hay tal cosa en la Escritura como ciertos decretos de Dios que relegan a un determinado número de hombres a la eterna condenación. Algunos pueden ser judicialmente entregados a la ceguera por su deliberado rechazo de la luz (véase Romanos 9:17; Hebreos 6:4-6; 10:26-27; 2.ª Tesalonicenses 2:11-12; 1.ª Pedro 2:8). Pero todos los que perecen, sólo se echarán la culpa a sí mismos; mientras que los que alcanzan el cielo, darán gracias a Dios.

Si hemos de ser enseñados por la Escritura, debemos creer que todo hombre es responsable conforme a su luz. El gentil es responsable de oír la voz de la Creación. El judío es responsable sobre la base de la ley. La cristiandad es responsable sobre la base de una revelación completa que se halla contenida en toda la Palabra de Dios. Si Dios manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan, ¿quiere decir lo que afirma, o simplemente se refiere a todos los escogidos? ¿Qué derecho tenemos de agregar, alterar, recortar o acomodar la Palabra de Dios? ¡Ninguno!

Tomemos la Escritura tal como está, y rechacemos todo lo que no pueda resistir la prueba. Bien podemos poner en duda la solidez de un sistema que no es capaz de soportar toda la fuerza de la Palabra de Dios en su conjunto. Si los pasajes de la Escritura parecen contradecirse, sólo lo es a causa de nuestra ignorancia. Reconozcamos humildemente esto, y esperemos en Dios para una mayor luz.

Éste —bien podemos estar seguros de ello— es el firme terreno moral que debemos ocupar. En vez de tratar de reconciliar aparentes discrepancias, inclinémonos a los pies del Maestro y justifiquémosle en todos sus dichos. Así cosecharemos abundantes frutos de bendición, y creceremos en el conocimiento de Dios y de su Palabra en conjunto.

Unos pocos días atrás, un amigo puso en nuestras manos un sermón que había sido predicado recientemente por un eminente clérigo perteneciente a la alta escuela de doctrina. Hemos hallado en este sermón, al igual que en la carta de nuestro corresponsal, los efectos de una teología torcida que muestra un solo lado de la verdad. Por ejemplo, al referirse a esa magnífica declaración de Juan el Bautista, en Juan 1:29, el predicador la cita de la siguiente manera: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado de todo el mundo del elegido pueblo de Dios.»

Pero en el pasaje no se dice ni una sola palabra acerca del «elegido pueblo de Dios». Se refiere a la gran obra propiciatoria de Cristo, en virtud de la cual toda traza de pecado será borrada de toda la creación de Dios. Nosotros veremos la plena aplicación de ese bendito texto de la Escritura solamente en los cielos nuevos y la tierra nueva, en los cuales mora la justicia. Limitar el pasaje al pecado de los escogidos de Dios, sólo puede ser considerado como fruto del prejuicio teológico, que tuerce la verdad.

La doctrina de la eleccion puesta fuera de su lugar

“No reducirás los límites de la propiedad de tu prójimo, que fijaron los antiguos” (Deuteronomio 19:14).

“Quitad los tropiezos del camino de mi pueblo” (Isaías 57:14).

¡Qué tiernos cuidados y qué benigna consideración exhalan de estos pasajes! Los antiguos límites no debían ser movidos de su lugar; pero los tropiezos sí debían ser quitados. La heredad del pueblo de Dios debía permanecer enteramente y sin modificación alguna, mientras que los tropiezos debían ser diligentemente removidos de su camino. La porción que Dios le había dado a cada uno debía ser gozada, mientras que, al mismo tiempo, el camino en que cada uno era llamado a andar, debía mantenerse libre de toda ocasión de tropiezo.

Ahora bien, creemos que, a juzgar por las recientes comunicaciones, somos llamados a prestar atención al espíritu de esos antiguos preceptos. Algunos de nuestros lectores nos han escrito comentándonos de sus dudas y temores, de sus dificultades y peligros, de sus conflictos y ejercicios espirituales, y deseamos ser instrumentos en las manos de Dios para ayudarles a determinar los límites que Él, por el Espíritu Santo, ha fijado, y remover así los tropiezos que el enemigo pone en su camino.

Podemos ver cómo el enemigo ha estado usando manifiestamente como tropiezo la doctrina de la elección fuera de su lugar. La doctrina de la elección, en su lugar correcto, en vez de ser un tropiezo en la senda de las almas deseosas de escudriñar más la verdad, se verá que más bien constituye un límite establecido desde antiguo, incluso por los mismos apóstoles inspirados de nuestro Señor Jesucristo, en la heredad del Israel espiritual de Dios.

Pero todos sabemos que una verdad puesta fuera de su lugar, es más peligroso que un positivo error. Si un hombre se levanta y declara temerariamente que la doctrina de la elección es falsa, sin duda rechazaríamos sus palabras; pero tal vez no estemos bien preparados para hacer frente a uno que, si bien admite que la doctrina de la elección es cierta e importante, la pone fuera de su lugar divinamente designado. Y esto último es justamente lo que tanto suele hacerse, lo cual causa daño a la verdad de Dios y echa un manto de oscuridad sobre las almas de los hombres.

¿Cuál es, pues, el verdadero lugar de la doctrina de la elección? Su verdadero lugar, su lugar divinamente asignado es éste: esta doctrina está dirigida exclusivamente para aquellos dentro de la casa; para el establecimiento de los verdaderos creyentes. En lugar de esto, el enemigo la pone fuera de la casa, para tropiezo de las almas ansiosas por descubrir la verdad. Prestad atención a las siguientes palabras pronunciadas por un alma profundamente ejercitada: «Si tan sólo supiera que soy uno de los elegidos, sería plenamente feliz, porque entonces podría aplicar con absoluta confianza los beneficios de la muerte de Cristo a mí mismo.».

Éste, sin duda, sería el lenguaje de muchos si sólo fuesen a dejarse llevar por sus propios sentimientos. Están haciendo un mal uso de la doctrina de la elección, la cual es una doctrina bienaventuradamente cierta en sí misma —un muy valioso “límite”—, pero que el enemigo ha convertido en un “tropiezo”. Es sumamente necesario que uno deseoso de conocer la verdad tenga en cuenta que puede aplicarse a sí mimo los beneficios de la muerte de Cristo únicamente como un pecador perdido, y no como «uno de los elegidos».

El punto de vista correcto desde el cual obtenemos un panorama salvador de la muerte de Cristo, no es la elección, sino la conciencia de nuestra ruina. Gracia inefable es ésta, puesto que yo sé que soy un pecador perdido; pero no sé que soy uno de los escogidos hasta no haber recibido, mediante el testimonio y la enseñanza del Espíritu, las buenas nuevas de salvación por la sangre del Cordero. A mí se me predica la salvación —una salvación tan libre como los rayos del sol, tan plena como el océano y tan permanente como el trono del Dios eterno—, no como uno de los elegidos, sino como un pecador completamente perdido, culpable y arruinado; y cuando he recibido esta salvación, hay una prueba concluyente de mi elección.

“Porque conocemos, hermanos amados de Dios, vuestra elección; pues nuestro evangelio no llegó a vosotros en palabras solamente, sino también en poder, en el Espíritu Santo y en plena certidumbre” (1.ª Tesalonicenses 1:4-5). La elección no es mi garantía para aceptar la salvación; sino que la recepción de la salvación constituye la prueba de la elección. Pues ¿cómo sabe un pecador que es uno de los elegidos? ¿Dónde ha de indagar? Si no es asunto de fe, entonces tendría que ser un asunto de revelación divina.

Pero ¿dónde se halla revelado? ¿Dónde consta que el conocimiento de la elección sea un requisito previo e indispensable para la aceptación de la salvación? En ningún lugar de la Palabra de Dios. Mi único título para la salvación, lo constituye el hecho de que soy un pobre pecador culpable que merece el infierno. Si espero por algún otro título, sólo me veré removiendo un muy valioso límite de su propio lugar, y poniéndolo como tropiezo en mi camino. ¡Qué insensato es hacer esto!

Pero en realidad es más que insensato; es una positiva oposición a la Palabra de Dios; no sólo a las citas que aparecen al principio de este artículo, sino al espíritu y a la enseñanza de todas las Escrituras. Oigamos la comisión que el Salvador resucitado dio a sus primeros heraldos: “Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15). ¿Hay acaso alguna insinuación en estas palabras, algún punto, sobre el cual basar una cuestión acerca de la elección? ¿Acaso habrá alguno de los que se les predica este glorioso evangelio, llamado a resolver una cuestión previa acerca de la elección? Seguramente que no.

“Todo el mundo” y “toda criatura” son expresiones que ponen a un lado toda dificultad, y vuelven la salvación tan libre como el aire, y tan amplia como la familia humana. No se dice: “Id a una determinada parte del mundo, y predicad el evangelio a cierto número de gente.” No; esto no estaría en armonía con esa gracia que debiera ser proclamada al mundo en toda su extensión. Cuando se trataba de la ley, ella se dirigió a un cierto número de personas, dentro de un determinado sector; pero cuando el Evangelio debía ser proclamado, su poderoso alcance debía ser “Todo el mundo”, y su objeto “Toda criatura”.

De nuevo, oigamos lo que el Espíritu Santo dice mediante el apóstol Pablo: “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” (1.ª Timoteo 1:15). ¿Hay algún margen aquí que permita suscitar una cuestión acerca del título de uno a la salvación? En absoluto. Si Cristo Jesús vino al mundo a salvar pecadores, y si yo soy un pecador, luego tengo el derecho de aplicar a mi propia alma los beneficios del precioso sacrificio de Cristo.

Antes de que pueda excluirme de esto, yo debería ser algo más que un pecador. Si en alguna parte de las Escrituras se declarase que Cristo Jesús vino a salvar únicamente a los elegidos, entonces es claro que, de una u otra manera, yo debería demostrarme a mí mismo que pertenezco a ese número, antes que pueda hacer míos los beneficios de la muerte de Cristo. Pero, gracias a Dios, no hay nada de esto, absolutamente nada que se le parezca, en todo el esquema del Evangelio.

“El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10). Y ¿no es eso lo que precisamente soy? Por cierto que sí. Pues bien, ¿no es desde el punto de vista de uno perdido que debo considerar la muerte de Cristo? Sin duda que sí. ¿No puedo acaso, mientras contemplo ese precioso misterio desde allí, adoptar el lenguaje de la fe, y decir: “el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20)? Sí, un amor sin reservas, absolutamente incondicional, tanto como si yo fuese el único pecador sobre la faz de la tierra.

Nada puede ser de mayor alivio y consuelo para el espíritu de uno que busca ansiosamente descubrir la verdad, que reparar en la manera en que la salvación le es ofrecida en la misma condición en que está, y sobre el mismo fundamento en que se encuentra. No hay un solo tropiezo a lo largo de toda la senda que conduce a la gloriosa herencia de los santos, herencia establecida por límites que ni los hombres ni los demonios pueden jamás remover.

El Dios de toda gracia no ha dejado nada sin hacer, nada sin decir, que pudiese dar pleno reposo, perfecta seguridad y absoluta satisfacción al alma. Él ha puesto de manifiesto la condición y el carácter de aquellos por quienes Cristo murió, en términos tales que no dejan el menor lugar a la duda ni a la objeción. Atendamos a estas ardientes palabras: “Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos.” “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” “Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo” (Romanos 5:6, 8, 10).

¿Puede haber algo más claro o más explícito que estos pasajes? ¿Se hace uso acaso de algún término que pudiese suscitar alguna duda en el corazón de un pecador en cuanto a su pleno e indisputable título a los beneficios de la muerte de Cristo? ¡No! ¿Soy “impío”? Por ellos Cristo murió. ¿Soy “pecador”? A los tales Dios encomienda su amor. ¿Soy “enemigo”? A ellos Dios los reconcilia por la muerte de su Hijo.

Todo así resulta tan claro como un rayo de sol; y queda así enteramente removido el tropiezo teológico causado por el hecho de poner fuera de su propio lugar la doctrina de la elección. Yo obtengo los beneficios de la muerte de Cristo como pecador. Como uno que está totalmente perdido obtengo una salvación libre y permanente.

Todo lo que necesito para aplicar a mí mismo el valor de la sangre de Jesús, es conocerme como un pecador culpable. No me ayudará en lo más mínimo en este asunto el hecho de que se me diga que soy uno de los elegidos, puesto que Dios no se dirige a mí en ese carácter en el Evangelio, sino en un carácter totalmente distinto, a saber, como un pecador perdido.

Pero entonces, algunos pueden sentirse dispuestos a preguntar: «¿Quiere usted poner a un lado la doctrina de la elección?» ¡Dios no lo permita! Sólo queremos verla en su justo lugar. Queremos verla como un límite, no como un tropiezo. Creemos que el evangelista no debe ocuparse en predicar la elección. Pablo nunca predicó la elección. Enseñó la elección, pero predicó a Cristo. Esto marca toda la diferencia. Creemos que nadie que se halle de alguna manera impedido por la doctrina de la elección puesta fuera de su lugar, puede ser un verdadero evangelista.

Hemos notado que se han causado serios daños a dos clases de gente por el hecho de predicar la elección en lugar de Cristo: a los pecadores descuidados se los ha descuidado aún más, mientras que a las almas ansiosas tras la verdad se las ha puesto aún más ansiosas. Tristes resultados son éstos, por cierto, y deberían bastar para despertar muy serios pensamientos en las mentes de aquellos que desean ser predicadores exitosos de esa libre y plena salvación que brilla en el evangelio de Cristo, y que deja a todos los que lo oyen sin la menor excusa. La principal ocupación del evangelista en su predicación, es la de presentar el perfecto amor de Dios, la eficacia de la sangre de Cristo y el fiel registro inspirado que ha dejado el Espíritu Santo.

Su espíritu debiera estar enteramente libre de toda traba, y el Evangelio que predica, tan claro como el horizonte sin nubes. Debe predicar una salvación presente, libre para todos, y firme como las columnas que sostienen el trono de Dios. El Evangelio muestra el corazón de Dios abierto, que halla expresión en la muerte de su Hijo, puesto por escrito mediante el Espíritu Santo.

Si se atendiera a esto con más cuidado, habría mayor poder para responder a las tan reiteradas objeciones de los descuidados, así como para calmar las profundas ansiedades de las almas ejercitadas y cargadas. Los primeros no tendrían ningún motivo justo de objeción; los últimos, ninguna razón de temor. Cuando las personas rechazan el Evangelio alegando los eternos decretos de Dios, rechazan lo que está revelado apoyándose en lo que está oculto. ¿Qué pueden ellos saber acerca de los eternos decretos de Dios? Simplemente nada.

¿Cómo puede entonces lo que es secreto alegarse como razón para rechazar lo que está revelado? ¿Por qué rechazar lo que puede conocerse, apoyándose en lo que no se puede? Es obvio que los hombres no actúan así en los casos en que desean creer un asunto. Dejemos simplemente que alguien quiera creer algo, y no lo veremos ansioso por hallar un motivo de objeción. Pero, lamentablemente, los hombres no quieren creer a Dios. Ellos rechazan Su precioso testimonio que es tan claro como el sol del mediodía, y arguyen como pretexto, los divinos decretos que se hallan envueltos en impenetrables tinieblas. ¡Cuánta insensatez, ceguera y culpabilidad!

Y en cuanto a las almas ansiosas que se atormentan con cuestiones acerca de la elección, anhelamos mostrarles que no es conforme al pensamiento de Dios que susciten semejantes dificultades. Dios se dirige a ellas exactamente en el mismo estado en que él las ve y en que ellas pueden verse a sí mismas. Se dirige a ellas como pecadores, y esto es precisamente lo que son. Desde el momento en que un pecador asume su lugar como tal, lo que hay para él no es sino salvación. Esto es demasiado simple para una alma simple. Suscitar cuestiones acerca de la elección, no es sino pura incredulidad. Es rechazar lo que está revelado basándose en lo que está oculto. Es rechazar lo que puedo saber basándome en lo que no puedo.

Dios se ha revelado en la faz de Jesucristo, a fin de que le conozcamos y confiemos en él. Además, él ha hecho plena provisión mediante la expiación en la cruz para todas nuestras necesidades y culpas. De ahí que, en vez de aturdirme con la pregunta: «¿Seré uno de los elegidos?», tengo el bendito privilegio de descansar en el perfecto amor de Dios, en la plena suficiencia de Cristo, y en las fieles letras que el Espíritu Santo nos dejó en la Biblia.

Debemos terminar este artículo, aunque existen otros tropiezos que anhelamos verlos removidos de la senda de los hijos de Dios, así como otros tantos límites que son lamentablemente perdidos de vista.